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DEFENSORES DE OVIEDO

Diario de operaciones del soldado MANUEL GONZÁLEZ CABEZA en la defensa de Oviedo (1936)

Diario de operaciones del soldado MANUEL GONZÁLEZ CABEZA en la defensa de Oviedo (1936)

  

Diario contenido en el libro "Sitio y defensa de Oviedo", obra del capitán de la 18ª de Asalto Óscar Pérez Solís. Valladolid 1937.

 

                                                            JULIO

El día 20, lunes, salí de casa, a las once de la mañana, próximamente, después de haberme despedido de varios vecinos falangistas y de darles algunos informes sobre mi paradero en Oviedo, por si también lograban pasar sin ningún peligro. Llegué a Oviedo luego de conversar con unos rojos que encontré en el trayecto, ya cerca de Lugones. Me creyeron de la C.N.T. por hablarles de esta organización. A las tres de la tarde, ya estaba junto al cuartel de Pelayo. En la calle de Uría no faltó quien acreditara mi personalidad, a pesar de no traer documentación alguna. Dos simpáticas señoritas se brindaron a acompañarme hasta el cuartel de Santa Clara, donde se despidieron de mí. Hice mi filiación y, puesto a elegir arma, me quedé con el mosquetón B. 132.212. Me ponen a las órdenes de un joven falangista apellidado Navarro. Poco después, un oficial del Ejército pide dos voluntarios para ir de guardia a la Catedral, y fui yo con otro muchacho de Oviedo que no conocía. Ya en la Catedral, subimos 183 escalones hasta llegar a nuestro puesto, situado entre grandes ventanales desde los que podía contemplar un hermoso panorama. Este puesto de guardia es el más culminante de Oviedo, y, por lo tanto éramos los más altos tiradores de la población. Desde allí observamos nutridos tiroteos, sobre todo por la noche, en los alrededores de la ciudad. Las mayores chamusquinas son, en estos días, por la parte de Buenavista y por la Argañosa, con fuego de fusilería y de artillería también. Asimismo hubo combate en San Esteban de las Cruces. Nuestra Artillería cañoneó mucho la falda del Naranco, a la derecha de la Corredoria.

Día 22. A eso de las diez de la mañana, llegan tres aviones. Dan unas vueltas sobre la ciudad. Vuelan bajo, y se ve como los aviadores saludan a la población. Dejan caer unos paquetes de correspondencia y siguen luego hacia Gijón, dónde según se dice han bombardeado los rojos. La guardia de la Catedral es de unos 16 hombres, entre los que hay tres guardias de Asalto. Nos dividimos en dos grupos: uno, para vigilar abajo, y otro, arriba, con señales de combinación.

Día 25. – Se agregó, para hacer guardia con nosotros, el señor cura de Quirós. Se llama don Joaquín, y viste, como nosotros, traje de faena. Viene voluntario, habiendo estado ya en el frente de San Esteban de las Cruces.

Día 27. – Nos avisa un oficial del Ejército de que a las tres de la tarde será el entierro del camarada Hevia, natural de Noreña, primero de nuestros héroes que ha caído en la línea de fuego. Fui al entierro; una verdadera manifestación de duelo. Formaron armadas todas las fuerzas de Falange. El cementerio es el del Salvador, cerca de San Esteban de las Cruces, y está algo batido por el fuego enemigo. Al regresar a Oviedo, vamos cantando nuestro himno, siendo muy aplaudidos por el público en algunas calles.

Día 28. – Estuve mirando con unos prismáticos cómo nuestra artillería cañoneaba los alrededores de los sanatorios del Naranco, en los cuales están parapetados los zurdos.

Día 29. – Por la tarde se vio venir un trimotor rojo, tirando varias bombas, de las cuales cayeron dos en las proximidades del cuartel de Pelayo, sin más resultado que el derrumbamiento de un muro y una fosa en un prado. El trimotor volaba a gran altura, y, al comprenderse que se trataba de un avión enemigo, se abrió contra él un nutridísimo fuego de fusilería y ametralladoras, que causó gran alarma. Duró la fiesta unos cuarenta minutos hasta que el trimotor se fue. Según referencias era de pasajeros y de la línea Madrid – Barcelona. Al llegar la noche, hubo fuerte tiroteo en las afueras de la ciudad, hacia la parte de La Argañosa, donde también funcionó la artillería.

Día 30. – A primera hora de la mañana, subimos a unos camiones; pero no vamos hacia Trubia, sino en sentido contrario, al frente de Colloto. Bajamos en la Tenderina y continuamos a pie, sin apenas tirar un tiro, hasta el alto de la carretera, frente a la Fundación "Pepín Rodríguez". Entre ciertos silbidos que cruzaban la carretera, encontrando escasa resistencia, logramos dominar varias trincheras que el enemigo tenía bien fortificadas. Durante el avance, recogimos cajas de dinamita, mecha y fulminante, y, en una casa donde había estado el comité rojo encontramos, entre otras cosas, unos papeles en los que figuraban los nombres de las personas de derecha a quienes habían de juzgar en juicio sumarísimo. En esta pequeña operación tuvimos que lamentar dos bajas: un guardia de Asalto, muerto, y un falangista, herido. Al pasar por el cuartel de Pelayo, cantando todos, vimos al coronel Aranda y le vitoreamos, y ya en la ciudad fuimos muy ovacionados por el público.

Día 31. – A eso de las dos de la tarde, nos forman para ir al frente por la parte del Cristo de las Cadenas. En Olivares, la pelea, durante varias horas, resultó dura, y, gracias a la artillería que llevábamos, fueron nuestras bajas más reducidas que las del enemigo. Hicimos la retirada a Oviedo sobre las siete de la tarde. Parece ser que tuvimos un oficial muerto, el teniente de Artillería señor Mayoral, y cuatro heridos, y tres soldados muertos y treinta y siete heridos entre soldados y voluntarios. Un aparato enemigo voló muy temprano sobre las proximidades de Oviedo, dejando caer seis bombas en las inmediaciones del Cementerio. Se ha hecho patente la eficacia de la defensa antiaérea, organizada a base de ametralladoras con montajes especiales. Tres aparatos al servicio del Ejército volaron durante la mañana bombardeando Trubia. Casi todos los días disparan los rojos desde Sograndio algún cañonazo contra Oviedo.

 

                                                          AGOSTO

Día 1º. – Sábado. Se habla de que los rojos han emplazado un cañón en la cumbre del Naranco, diciéndose que con él han hecho varios disparos sobre la población.

Día 2. – Por la mañana, desde el Campo de San Francisco, pude presenciar con qué eficacia cañoneaba nuestra artillería, desde el alto de Buenavista, el alto del Naranco. Por la tarde (serían las tres) vuelve a volar sobre Oviedo el aparato comercial rojo, tirando bombas hacia el cuartel de la Guardia civil. Una cayó en un edificio particular, causando muchos destrozos y matando vacas y otros animales domésticos que allí había; otra cayó más lejos junto a un carro tirado por una mula, que resultó muerta, y en el que iban varios soldados, uno de los cuales quedó herido gravemente. Parece ser que otra estalló frente a un café y produjo víctimas. Por la noche, en previsión de un ataque por Buenavista, fuimos unos cuantos guardias y voluntarios de la 18ª a pernoctar en el chalet de don Melquíades Álvarez.

Día 3. – Al amanecer regresamos a nuestro cuartel del Gobierno civil. Hoy se corrió la noticia de que había llegado a Oviedo varios soldados del destacamento que había en Trubia al estallar el movimiento nacional, los cuales informaron sobre la situación en que se halla aquella localidad. Dicen que los rojos obligan a muchas personas a coger las armas y que han fusilado a algunos que se resistieron. También afirman que la fábrica está ardiendo todavía por el bombardeo de la aviación leonesa y que esto tiene desesperado a los rojos.

Día 4. – Salió una columna, compuesta de guardias civiles y de Asalto, soldados voluntarios, al mando del coronel Aranda. Llegó hasta las inmediaciones de Luganes, consiguiendo una victoria más, sin más bajas que unos pocos heridos leves, y apoderándose de una ametralladora. Hoy ha salido de nuevo el periódico "La Voz de Asturias". Esta noche se sintieron grandes explosiones lejanas. Unos decían que eran de dinamita, y otros, que disparos del "Almirante Cervera" en Gijón. También se notó algún tiroteo por los alrededores de Oviedo.

Día 5. – A las once y media de la mañana se presentó un avión enemigo, causando su bombardeo algunas víctimas cerca del cuartel de Artillería. Creo que hubo cuatro artilleros muertos y varios heridos cuando volvían de dar agua al ganado, en el que hubo algunos mulos muertos. Cayeron otras bombas, sin que yo sepa resultado.

Día 6. – Son las nueve de la mañana cuando aparece el pajarraco rojo de los otros días. No suelta más que unas pocas bombas porque tiene que huir al presentarse dos aparatos de la base de León, uno de los cuales deja caer un paquete de periódicos de Zaragoza y Valladolid. Durante la tarde, un cañón enemigo disparó varias veces sobre la población. Muchas de las granadas no estallaron por no traer espoleta, siendo recogidas y entregadas en el Gobierno civil por el público, lo mismo que en día anteriores.

Día 7. – En el Gobierno civil, fue presentado, como detenido, entre otros, el médico Rasa, de Noreña, que a los pocos días fue libertado por comprobarse que es un hombre de bien. Todos los días ingresan en el calabozo hombres y mujeres. También se hacen registros en algunas casas sospechosas, siendo encontradas muchas armas. Esta tarde una granada enemiga lanzada desde La Manzaneda causó la muerte a dos mujeres en la calle Campomanes.

Día 8. – En las primeras horas de la mañana, sin apenas desayunar, forma toda la Compañía y nos llevan en camiones hasta las proximidades del Manicomio. Allí se organiza una columna que sale para la Corredoría. A los de la 18ª nos corresponde avanzar por la izquierda. Mi sección, la tercera, va en vanguardia.

El capitán Curiel, que va al frente de la Compañía, nos ordena saltar a un prado que hay a la izquierda del camino. Emprendemos la macha de uno en uno, comenzando de pronto el enemigo a hacernos fuego. Le contestamos en posición de cuerpo a tierra, sin otra protección que una cuarta de hierba. El enemigo nos tira desde la falda del Naranco. A la derecha del pinar hay mucho tiroteo, aunque distante. No cabe duda de que nos veían por estar nosotros en campo raso.

Al cabo de media hora de continuo fuego se nos hizo volver a la derecha, al camino de antes; pero yo me había quedado tan lejos de éste, cumpliendo la orden de avanzar todo lo posible a la izquierda, que tuve que buscar la protección de un pajar y meterme luego por una tierra de maíz, el cual tendría como medio metro de alto. Arrastrándome, sin hacer fuego para que el enemigo no me advirtiera, pude al fin llegar hasta una zarza o "sebe", desde donde pude observar las posiciones enemigas. Allí hice varios disparos contra los pinares y un barrio de casas, frente al camino general, donde se veían perfectamente los parapetos.

A mi izquierda habían caído unos cables de una línea de alta tensión, sin duda cortados por una ametralladora nuestra que desde la ventana de una cuadra hacía fuego contra los rojos de las casas de enfrente. De vez en cuando tenía que agacharme porque los tiros de ametralladora pasaban raspando por la parte alta del zarzal. Seguí por detrás de la zarza hasta la derecha para llegar al camino donde suponía estaba mi sección. Hasta cerca del camino todo me fue bien, pero ya a lo último me encontré con que resguardado tras una pared estaba un guardia esperando a que cesase el fuego de una ametralladora enemiga que batía completamente el camino. Al otro lado de éste había una casa donde estaba parte de nuestra fuerza.

Me eché junto a mi compañero detrás de un montón de tierra, sin que cesara el triquitraque de la ametralladora. Nos decidimos, por fin, a cruzar el camino, a la carrera, y lo conseguimos sin novedad. En la casa del otro lado me encontré con parte de mi compañía. La otra parte iba avanzando por la derecha. Un oficial pidió dos voluntarios para llevar municiones a la primera línea, y fui con otro compañero, corriendo y cubriéndonos todo lo que podíamos. Los paquetes que sobraron después del municionamiento los colocamos detrás de unos montones de hierba, y nosotros quedamos al abrigo de una zarza alta, pero metidos en un terreno muy húmedo. Eran unos "calderones". Al lado mío, el guardia Ramón Olivas chapoteaba en el agua, que le llegaba casi hasta las rodillas.

Desde allí se divisaba claramente la caída de las granadas de nuestra artillería, que disparaba desde junto al Manicomio y el cuartel de Pelayo. Hay un continuo tiroteo por ambas partes, pero no se ve un rojo ni por recomendación. Muy próximo a nosotros, como a unos cien metros, está la línea del Norte, cuyo terraplén sirve de parapeto al enemigo. Por encima de nosotros pasan silbando las balas, y se oye cerca el tableteo de una ametralladora, que no pudimos localizar. Hicimos varias descargas sobre la vía, algo por encima de ella, pues comprendíamos que los rojos estaban al otro lado. Ellos nos tiraron unos petardos de dinamita, y les seguimos tiroteando, por si se aproximaban, hasta que el capitán mandó cesar el fuego.

Permanecimos quietos un buen rato, y luego nos ordenó el capitán que desfiláramos de uno en uno hasta llegar a un maizal, donde habíamos de esperar la orden de retirada. Allí estuvimos sin hacer nada desde las dos de la tarde hasta el anochecer, pasando una tarde muy aburrida, mientras que por el ala derecha había un incesante tiroteo. El teniente Mayoral llegó con una ristra de chorizos enfilados en una vara y nos dio uno a cada uno. Antes el capitán nos había dado un traguito de vino blanco. Todo ello había sido requisado en un chigre de junto a la carretera.

Los chorizos olían bien, pero era difícil hincarles el diente. Metí en una cartuchera la mitad del que me habían dado, a ver si cuando llegase a Oviedo lo podía freír. Si embargo, al cabo de hora y media, me apretó el hambre, pues todos estábamos en ayunas, y decidí sacar el jugo al trozo de chorizo ya que masticarle era de todo punto imposible.

Al caer la tarde se nos avisa para la retirada, desfilando de uno a uno. En un corto trayecto, antes de llegar a unas huertas con árboles frutales, tuvimos que pasar de prisa por ser un espacio al descubierto. Ya en la carretera de Gijón, formamos, y, entre otras instrucciones se nos previno que durante la marcha no fumásemos ni cantáramos, por si algún raposo de los que no vemos por el día apareciese en el camino por la noche.

Hasta este momento no pude enterarme de que el principal motivo de la lucha tan prolongada, como que duró todo el santo día, había sido el de recoger a los guardias civiles que estaban en el puerto de Lugones, y que desde unos días antes veían dificultadas sus comunicaciones con Oviedo. A última hora de la tarde, y después de una eficaz intervención de nuestra infantería, pudieron los guardias incorporarse a la columna, si bien pasando alguna fatiga, pues los ojos habían recibido refuerzos, y el tiroteo se hizo muy intenso. Quizá creerían los rojos que nos proponíamos avanzar sobre Gijón. Pero, de cualquier forma que ellos lo pinten, las fuerzas del coronel Aranda siempre llegaron adonde hubiese que ir. La disciplina y la firme voluntad del Ejército brillaron en todo momento a la luz del día.

Marchamos formados, carretera adelante, y, después de andar unos doscientos pasos, nos metimos por unas huertas de la izquierda para resguardarnos de las picaduras de algunas chinches rojas, que no cesaban de hacer fuego sobre la carretera. Al fin llegamos a Oviedo, entre una densa niebla, y, aunque un poquito cansados, orgullosos de haber salido triunfantes en todos los sentidos, pues habíamos luchado contra los rojos, contra el hambre y contra la sed. En esta jornada tuvimos tres heridos graves y doce leves, entre ellos, el capitán Ibarreta, de Ingenieros, y el teniente Gastesi, de Infantería.

Día 18 de agosto. - Por no haber noticias importantes, he estado unos días sin escribir nada. Hoy, martes, me ha tocado ir de patrulla al Hospital para conducir luego a la cárcel a varios detenidos que estaban allí curándose y han sido dados de alta. Entre ellos, figuraba un maestro de la "Fundación Rionda", de Noreña. En lo alto de Buenavista se está haciendo un campo de aterrizaje para aviones nuestros en caso de avería.

Día 22. – A las cinco de la mañana forma la Compañía. Cada individuo recibe una lata de sardinas, y para cada dos nos dan un melocotón en conserva. Vamos al Cristo de las Cadenas, por donde se ha de operar. Hacemos alto, a mitad del camino, junto al asilo del Fresno. Como a la media hora, llegaron la 42ª compañía de Asalto y fuerzas del regimiento de Infantería. Después de un corto descanso, salimos todos para el pequeño campo que hay detrás de la ermita de Cristo. Allí, detrás de los carros de combate, que son tres, forman la 42ª y la Infantería, por haberles correspondido ir en vanguardia. Empieza un fuerte cañoneo contra las trincheras del Campón. Al cabo de un rato avanzan los carros blindados, la 42ª, los soldados de Infantería y los guardias civiles, y en pocos minutos llegan a la más avanzada de las trincheras rojas que por cierto estaban muy bien hechas. Casi en un abrir y cerrar de ojos quedó en nuestro poder todo el Campón. Avanzamos después los de la 18ª, yendo en cabeza la tercera sección al mando del capitán que fue de Artillería don Óscar Pérez Solís, que se ofreció a mandar solamente una sección, del que estamos agradecidísimos por ser un hombre de alto prestigio y lo que se llama todo un buen español, como tantos que defendieron con la honra y la vida a la nueva España. Llegamos sin obstáculo hasta el último parapeto. Tenemos como misión construir trincheras, llenando infinidad de sacos terreros. Durante este trabajo, tuvimos que lamentar algunas bajas, mientras los que habían avanzado antes no tuvieron novedad. Una vez terminada esta tarea, formamos para regresar a Oviedo, adonde llegamos a las cuatro de la tarde, no sin antes nos mandaran los rojos algunos cañonazos, cayendo un proyectil en medio de la carretera cuando íbamos formados. Afortunadamente no estalló, causando solo el espanto de una mula de la sección de ametralladoras que iba delante de nosotros.

Día 23. – Domingo. Salimos de mañana para el Campón a relevar a la compañía 42ª de Asalto. Veo pasar una camilla en que va un soldado casi moribundo. Poco después cae herido un falangista de la 42ª. El enemigo aprovecha todo momento de descuido para hacernos fuego con fusil ametrallador. A eso de las nueve y durante unas tres horas, nos zumba la artillería enemiga, que dispara desde las proximidades de Trubia. Nos cañoneaba de tal forma que no sabíamos donde cobijarnos, por no estar hecho aún los abrigos necesarios. Nos pusimos a hacerlos al terminar el cañoneo, pero tuvimos que suspender el trabajo por volar sobre nosotros un avión enemigo, que fue a tirar bombas sobre Oviedo y los alrededores. Al principio de la tarde hubo que evacuar a un voluntario de mi sección llamado Francisco Fernández de Tiñana (Siero), que tenía un fuerte ataque cardiaco. Fue llevado al Hospital, pero a las dos o tres horas su buen espíritu le hizo volver él solo a la posición. Nos dijo que el avión rojo había tirado una bomba sobre el Hospital.

Día 24. – A pesar de algún que otro cañonazo, lo pasamos bastante tranquilos. Por la noche, estando de centinela en un parapeto que tiene delante un maizal, sentí ruido entre el sembrado y di el <<¡quién vive?>>, sin que contestara nadie. No quise hacer fuego porque más allá del maizal había un puesto de la Guardia civil; pero más tarde volví a sentir ruido y avisé a mi cabo. Nos pareció que debía tratarse de un perro y no le hicimos caso. A los pocos días, cuando nos relevaron los guardias de la 42ª, me enteré de que entre el maizal se habían encontrado ocultos dos niños de corta edad, abandonados allí hacía días y escondidos por miedo a los tiros.

Día 27. – Habíamos sido relevados el 25 por la 42ª, y hoy la relevamos nuevamente nosotros. A mi sección, que es la tercera, le toca estar en el parapeto más avanzado. Hay muy pocos tiros. A eso de las ocho de la mañana, los rojos empezaron a llamarnos desde sus trincheras. <<¡Camaradas! ¿Queréis que cambiemos nuestra prensa por la vuestra?>>. Un guardia civil que ya otras veces había hecho de parlamentario les contestó que sí. Poco después volvieron a llamarnos los rojos: <<¡Camaradas! ¿Cómo tardáis tanto?>>. Un oficial nuestro les preguntó si querían que saliesen dos parlamentarios o uno solo, y ellos contestaron que uno solo, el guardia. (El capitán Curiel, a grandes voces, les dijo que estaba allí don Oscar Pérez Solís, a quien debían conocer, y que si ellos querían les hablaría. Primero dijeron que sí, y luego, después de cuchichear un rato, dijeron que no. "No, eso no"). Salió por fin, el guardia, y, al mismo tiempo, del lado de allá, un "camarada", sin que se disparase un tiro en toda la línea, como era lo convenido. Ellos se asomaron a los parapetos, y nosotros también. Cuando los parlamentarios se encontraron, a la mitad de la distancia entre unas y otras trincheras, se saludaron, cambiaron los respectivos paquetes de periódicos, y estuvieron hablando unos cinco minutos. Al marchar, se despidieron, dándose palmadas en el hombro, como buenos amigos.

Cuando llegó el guardia, le preguntó el capitán de nuestra compañía que impresiones había recogido. "Empezaron por decirme que Gijón ya se había rendido a ellos, y que solo quedaba Oviedo por rendirse; pero que pronto nos tendríamos que entregar porque estábamos bloqueados y porque las columnas de Galicia, que habían estado cerca, tuvieron que dar la vuelta. Yo les indiqué que se fijaran, si no creían en la veracidad de nuestras radios, en lo que decían las extranjeras, de acuerdo con lo publicado en nuestros periódicos, y que tuvieran en cuenta que, en llegando aquí las columnas, iban a verse entre dos fuegos. A esto me replicó el parlamentario rojo que, mientras Madrid no se rindiera, ellos seguirían la lucha".

Los periódicos que entregaron eran "Heraldo de Madrid", "El Noroeste", de Gijón, y "Mundo Obrero"; los nuestros, "La Voz de Asturias" y "Región". El parlamentario rojo, al marcharse, dijo que mañana cambiaríamos la prensa otra vez. Después de esta conferencia ocurrió que, al aparecer un avión que por la ruta que traía debía de ser enemigo, ellos mismos gritaron: "Camaradas, esconderse, que viene un avión nuestro". A lo que uno de nosotros contestó. "Pierdan cuidado, y gracias". El avión era, en efecto, de ellos porque apenas se acercó a Oviedo oímos el toque de alarma de las campanas de la Catedral.

El día lo pasamos bastante bien, debido a que no tiró la artillería enemiga. Durante el pequeño tiroteo que hubo por la noche, resultó herido en una mano, estando al lado mío, el cabo de mi escuadra Juan Manuel Gómez, que estaba en la trinchera a cargo de una ametralladora. Nosotros lanzamos por encima del parapeto algunas bombas de mano y dinamita, procedentes de las que abandonó el enemigo al perder el Campón. Se me olvidó anotar que en la tarde de ayer encontramos dos mosquetones, un fusil y una gran cantidad de dinamita y granadas de mano. Al mediodía, nos mandaron de Oviedo una exquisita paella, pasteles y vino. El arroz fue hecho por unas damas de Oviedo, y con la comida vino un papel que decía: "Para los bravos defensores del Campón". Tengo preparado, para cuando volvamos a Oviedo, un saco de patatas, arrancadas por mí en una huerta cercana el día anterior. Lo he escondido entre los sacos terreros de la trinchera.

Día 28. – Al amanecer nos relevan del servicio de avanzada los pelotones que habían estado de retén por la noche en un chalet junto a la ermita de Cristo. Yo me fui presuroso a recoger mi saco de patatas. Cuando llegué al chalet me di cuenta de que me había equivocado. Traía un saco de tierra. Como es natural, el caso armó gran algazara entre mis compañeros. Claro que volví a buscar el saco bueno, que por cierto ya no estaba donde yo lo había dejado.

Pasamos tranquilamente la mañana. Volaron sobre Oviedo, aviones nuestros, que echaron unos paquetes en paracaídas. Uno de éstos tuvo la mala sombra de ir a caer a la falda del Naranco, cayendo entre nuestras trincheras y las enemigas. Unos guardias civiles y falangistas salieron a recogerle y lo consiguieron sin sufrir bajas, a pesar de que se armó un gran tiroteo. El coronel Aranda les gratificó por su hazaña. Los paquetes contenían medicamentos, correspondencia y periódicos. La tarde fue también tranquila, aunque tuvimos la desgracia de que nos mataron un guardia civil, hasta que a eso de las seis empezó el enemigo a cañonearnos de un modo que no estábamos seguros en ningún sitio. Lo mismo tiraban contra la población que contra las posiciones.Duró el cañoneo una hora y media. A la noche volvió la tranquilidad.

Día 29. – Supimos que había muerto en el Campón, víctima de un accidente de guerra, el teniente de la 42ª de Asalto, don Mariano Flores. Era director de la fábrica de cervezas de Colloto y estaba retirado del servicio al estallar el movimiento. Se ofreció como voluntario en la lucha por la salvación de la Patria, y fue destinado a la 42ª. Era muy bueno para todo el mundo. El accidente ocurrió al caerse una bomba de dinamita, dispuesta para ser arrojada por el lanzabombas. Como llevaba encendida la mecha, el teniente Flores fue a cogerla para impedir que estallara. Pero la explosión se produjo y le cogió de lleno.

Día 30. – Amanece un gran domingo de sol. Muy temprano pasan sobre nosotros dos aviones de la base de León. Después de oír misa con un amigo de Tiñana, me entero de que, de ahora en adelante, se puede circular por la calle los domingos hasta las diez de la noche. Durante todo el día no se notó nada de tiroteo. Al caer la tarde, la calle de Uría estaba muy concurrida, sin temor a que la artillería enemiga nos zumbase como en días anteriores. Los cines estuvieron abarrotados de gente, y en la capital asturiana, como si no pasase nada. Por la noche se oyeron muchas explosiones de dinamita y bombas de mano lanzadas por uno y otro bando. Si antes eran solamente los rojos los afamados dinamiteros, hoy quizá somos los azules más famosos que ellos en esta materia. Aparte de que se creó un grupo especial de dinamiteros para hacer emboscadas por las noches. Por su arriesgado comportamiento, tienen gratificación especial.

Día 31. – Me ponen de centinela en una ventana del Gobierno civil desde las cinco menos veinte de la mañana hasta las siete. Durante este tiempo, cayeron muy cerca del Gobierno dos granadas de artillería; una, sobre el tejado del Hospicio, y otra en un patio de éste, sin más consecuencias que los destrozos materiales. A las doce forma la Compañía para hacer honores a la nueva (y vieja) bandera bicolor, que es izada en el balcón del Gobierno civil, así como en los demás centros oficiales. Presentamos armas, y después pronunció un vibrante alocución el comandante don Gerardo Caballero, terminando con tres fuertes vivas a España, que fueron contestados por todos los allí presentes. Por la tarde, a eso de las cinco, dieron varias vueltas sobre Oviedo dos aviones nacionales (con medicamentos y botes de leche condensada) y paquetes de periódicos. De media noche en adelante, cayeron varias granadas de artillería sobre la población y los alrededores. Son frecuentes los cañoneos nocturnos, quizá porque de día los rojos tienen temor a nuestra artillería. En la madrugada, fuerzas de Falange y de Asalto, al mando del capitán Santiago, ocuparon a los rojos una buena posición situada a la derecha del Cementerio, mirando a la Manjoya.

 

                                                      SEPTIEMBRE

Día 1º. – Hoy, martes, nos dieron machetes a los de la tercera sección. Así tendremos de todo en el primer combate que se tercie. Por cierto que debe corresponder a la 18ª ir en vanguardia, y a su tercera sección en cabeza.

Día 2.- A las seis de la tarde nos mandan a pasar la noche en San Esteban de las Cruces. Se viene haciendo esto de unos días a esta parte porque parece que los rojos tantean la posibilidad de tomar la posición.

Día 3 .- Hace una hermosa mañana. A las siete bajamos de San Esteban, al mando del capitán Pérez Solís, y, ya en San Lorenzo, nos damos cuenta de que vienen volando en dirección nuestra dos grandes aviones. Como no habíamos sentido tocar las campanas, íbamos confiados, creyendo que no eran enemigos, cuando de pronto sentimos la explosión de una bomba hacia el cuartel de Pelayo. Sin pérdida de tiempo deshicimos la formación, metiéndonos unos en las casas del barrio, y la mayoría en la planta baja de una obra en construcción destinada a escuelas. Poco después, tomando las debidas precauciones, reanudamos la marcha y podemos llegar sin otra novedad al cuartel. Los pájaros habían desaparecido. Hace ya días que los rojos habían anunciado la llegada a Oviedo de unos quince aviones que vendrían a bombardearnos. A las once de la mañana, vuela sobre nosotros un aparato amigo, dejando caer, entre otras cosas, periódicos de Castilla. Más tarde, a eso de las doce y media, volvió uno de los aviones rojos. Se cuenta que una de las bombas que tiró fue a caer en el cuartel de Pelayo, matando a unos militares que estaban arrestados en el calabozo. Otra cayó junto al Gobierno civil, adonde van dirigidas muchas. No tuvimos novedad. Sobre las siete de la tarde empezó a llover, lo que estaba haciendo mucha falta, pues llevábamos varios días de riguroso verano, y, a consecuencias de ello, se ven los árboles medio secos en el Campo de San Francisco. También las alcantarillas estaban necesitadas de agua corriente. Por la noche, algunos zambombazos. Los cañones vuelven a despertar a la población.

Día 4 .- Ha amanecido un día muy despejado. Pero bien temprano nos llegan con un buen desayuno nada menos que tres aviones enemigos. Durante media hora nos rocían con abundante metralla. Muy cerca del Gobierno en el jardín de un palacio próximo. Hace explosión una potente bomba. Treinta minutos después, vuelve otro pájaro a rematar la fiesta y así toda la mañana, yendo y viniendo aviones rojos. A eso de las dos, vuelve otro con la misma canción. Aparece de nuevo a las cuatro, soltándonos una buena merienda, que también alcanza a las avanzadillas, y continúa el festejo hasta el anochecer. Un avión se iba y otro venía, todos por la parte del Naranco. Se cuenta que cayeron unas 300 bombas, tiradas en doce viajes, con un peso total de cinco mil kilos. Día memorable para Oviedo.

Día 5. – Desde las diez de la mañana, lo mismito que el día anterior, corregido y aumentado. Los aviadores piratas, por la mañana y tarde, se van y vuelven, bombardeando a la población civil. Es un diluvio de bombas el que cae sobre Oviedo. Al anochecer se formó una gran manifestación pública, con la banda de música del Regimiento de Milán al frente, como contestación a los criminales rojos, recorriendo las principales calles de la ciudad, entre grandes vivas a España, al Ejército y al coronel Aranda. Al llegar la manifestación al Gobierno civil, hizo alto, y el comandante Caballero, desde el balcón central, pronunció una vibrante arenga, elogiando la entereza de la población civil y el tesón que las tropas y los voluntarios ponían en la lucha. Luego, al son de la música, se cantó el himno de Falange, y, en medio de aclamaciones patrióticas y gritos de <<¡no pasarán!>>, la manifestación reanudó su marcha, desfilando por los cuarteles de Santa Clara, de la Guardia civil y de Pelayo hasta la fábrica de Armas, donde se dio por terminada después de tocar retreta la banda de música. Como nota simpática, diré que en la manifestación iban muchas mujeres. La noche se pasó tranquila.

Día 6. – Domingo. Mucho sol y cielo despejado. Madrugan los acostumbrados pájaros rojos. A las siete de la mañana están ya tirando bombas. Y continúan tirándolas hasta cerca del mediodía. En una de las incursiones, alguien los confunde con los de León. Claro que el error se deshace pronto a bombazo limpio. Los de León vienen más tarde. Parece ser que vuelan hacia Llaneras; deben de estar bombardeando aquello, por las explosiones lejanas que se oyen. Pasan dos muy altos en dirección a León, y siguen otros tres volando sobre Llanera, acabando por tomar la misma ruta que los dos primeros. Mientras han estado a la vista todo ha sido paz en Oviedo.

Se han sorteado una entradas para el cine, de las que se regalan a los soldados y voluntarios. Me ha tocado una que es para el Principado. Son las cinco y media de la tarde, y antes de ir al cine quiero dar unas vueltas por la calle de Uría, que empieza a estar muy concurrida. Pero, en esto, suena un cañonazo, y luego otro más. ¡Adiós paseo! Todo el mundo busca donde cobijarse. Un proyectil ha caído en la Iglesia de San Juan. Voy a ver qué ha hecho. Está casi anocheciendo. Un grupo aprieta a correr porque ha visto aparecer un avión rojo por encima del Naranco. Decido meterme en el bajo del chigre "Cabo Peñas", donde hay mujeres y chiquillos. Estábamos animando a las mujeres cuando cae una bomba sobre la casa. Menos más que no causa víctimas. El edificio se llena de polvo. Hay los consiguientes gritos de espanto. Prefiero salir de allí. En la calle de Uría ayudo a tranquilizar a algunas personas que están llenas de miedo y las acompaño a su domicilio. Luego me voy a cenar, como de costumbre, a Asturias, 12, donde comemos los voluntarios de la 18ª. Después, al cuartel. La noche es de "verbena", con un intenso cañoneo, como remate de un día de tracas y "corridas".

Durante los bombardeos de la aviación se han dado casos muy curiosos. Al pasar un avión rojo, sus "amigos" salen a la calle a aplaudirle. <<¡Es nuestro!>>, dicen. Cae una bomba y hace víctimas sobre los "amigos". Como este caso, ha habido varios. Bien es verdad que los aviones rojos lo mismo bombardean los barrios de gente de izquierda como las casas de vecinos derechistas. Tiran a bulto. Digno de mención es lo sucedido con una bomba caída en el chalet de doña Concha Eres, frente al gobierno civil. Es de enorme tamaño, y sus cascos entraron por todos los balcones, causando grandes desperfectos. Pero, en una habitación, muy destrozada por la explosión, quedó intacta una imagen, alrededor de la cual está acribillada la pared. Otro milagro es el de una bomba que entra por la claraboya de una casa y va a caer al sótano, que está lleno de gente. No estalla. En este sótano se encontraba la familia de un falangista, militarizado como yo, que es de Llanera.

Los rojos suelen celebrar estos bombardeos armando por la noche grandes jaranas en las trincheras. Las bombas hacen víctimas y daños materiales y, desde luego, no dejan cristal sano, pero sobre los edificios oficiales no tienen eficacia hasta ahora, sin duda porque los aviones vuelan a mucha altura por miedo a las ametralladoras antiaéreas, y mucha gente les ha perdido el respeto. Aquí, en el cuartel del Gobierno, gastamos bromas a costa de Camilo, que es el avión, como el cañón de Felipe, no sé por qué.

Día 7. – La mañana es tranquila. A las ocho y media nos hacen una visita los aviadores de León, que vuelan sobre la capital a pesar de que el día esté nublado. Como coincidiendo con su paso por encima de las posiciones enemigas se oyen buenos zambombazos, suponemos que ahora no se reirán los ocupantes de ellas. El día transcurre pacífico. A primera hora de la tarde, un grupo de guardias civiles y paisanos pasó por la calle de Uría, entre el entusiasmo del público, arrastrando por el suelo una bandera roja cogida a los marxistas frente a una posición nuestra, llamada del Bosque, que está junto al Cementerio.

Día 9. – Tras de la tempestad viene la calma. En San Esteban sólo hay al amanecer un ligero tiroteo. La aviación enemiga vuelve a bombardear la población por la mañana y por la tarde, aunque menos que otros días. La noche, sin novedad, en esta posición.

Día 10. – Otra vez está la aviación roja sobre Oviedo. Son tres aviones. A los pocos minutos, ataca de nuevo el enemigo nuestras posiciones de San Esteban, aunque no se acerca. Eso de dar el pecho sólo queda para los españoles. La escuadra a que yo pertenezco, que es la del cabo Torralba, acaba de ser elevada por otra de la 42ª, que llega de Oviedo a reemplazar en San Esteban a la 18ª. Vamos a reunirnos con la fuerza de retén que está en una casa frente adonde sale el camino del Cementerio.

Viene un avión rojo a saludarnos. Cada uno se esconde donde puede, entre los árboles cercanos o en los sembrados de maíz. El avión nos suelta unas cuantas bombas, sin que, por fortuna, tengamos consecuencias que lamentar. Llegamos a la casa de que he hablado. Otra vez el avión encima. Una de las bombas que nos tira cae sobre el lagar de la casa. Milagrosamente no hace más destrozos materiales. El tiroteo había cesado ya; pero tuvimos que esperar, para volver a Oviedo, a que la aviación roja se fuera por unos momentos. Marchamos por grupos, sin formación, para evitar aglomeraciones, pues el enemigo bate con ametralladora un trozo de carretera, en la parte del Caño del Águila. Ya abajo, en San Lorenzo, oímos la señal de alarma en la Catedral, anunciando la presencia de aviones rojos. Buscamos los refugios más próximos, y al cabo de una media hora, sin que todavía las campanas hubiesen avisado la desaparición del pájaro, formamos de a tres y, cantando el himno de Falange, nos dirigimos al cuartel, entre vivas a España y aplausos al público.

No habíamos hecho nada más que llegar al cuartel y se nos manda formar por orden superior. Llega el comandante Caballero y nos dirige la palabra, felicitándonos en nombre del coronel Aranda y diciéndonos que está satisfecho y orgulloso de nosotros por nuestro comportamiento en San Esteban de las Cruces. Hace un sentido elogio de los caídos por España en aquel combate y en particular del valiente capitán Curiel, a quien sustituirá en el mando de la Compañía don Oscar Pérez Solís. Habla de que la 18ª es la solera del 10º grupo de Asalto, poniendo en ella la confianza de que seguirá respondiendo brillantemente a cuanto se le pida por la Patria. Acabó dando vivas al capitán Curiel, a la 18ª compañía y a España.

Día 11. – A primera hora de la mañana vuela el Camilo sobre Oviedo y nos da el desayuno. Pero a poco aparece la aviación nacional, y el breve Camilo toma las de Villadiego, sin atreverse a volver en todo el día. En cambio, por la noche, estando ya dormidos, nos despierta el estruendo de varias granadas del Felipe que estallaron cerca.

Día 12. – Por la mañana formamos en el patio del cuartel. En breves palabras nos saluda el capitán Pérez Solís, diciendo que se siente orgulloso de mandarnos y que, como las horas no son para hablar, sino para hacer, está seguro que la 18ª de Asalto seguirá mostrándose digna de la gloria que ya ha ganado al frente del enemigo. Terminó con un viva a España. Yo dí un viva al capitán Pérez Solís, siendo contestado por todos; pero él dijo que sólo a España debía vitorearse. Leemos en la prensa local relatos sobre el combate de San Esteban, elogiándonos mucho. Se nos llama "el Tercio Azul".

Día 13. – Domingo. A las seis de la mañana estamos en La Argañosa para relevar a la 10ª Compañía. Hemos ido por la vía férrea del Norte desde la Estación hasta el Depósito de máquinas, casi siempre a cubierto, pues la carretera es batida con frecuencia por el enemigo. Mi sección, la primera, al mando del teniente Collado, va a los parapetos que hay en el barrio de San Antonio, a la izquierda del ferrocarril y de la carretera. Para cruzarlos, hay que agacharse y correr porque los enfila una ametralladora de los rojos. En esta parte de la posición, a retaguardia de ella, hay unos areneros con cuevas, muy a propósito para resguardarse de los bombardeos aéreos, y pozos de agua bastante buena. Nuestros compañeros de la 10ª han construido un buen abrigo cubierto con viguetas de hierro y tierra en gran cantidad. Nosotros, desde que llegamos, nos ponemos a perfeccionar algunas trincheras y abrir otras, aunque hasta hace pocos días no hubo por aquí ningún intento serio de ataque. No lo pasamos mal en la posición. En los ratos libres, charlamos con los vecinos de esta barriada que no han querido abandonar sus hogares. No están muy lejos las baterías con que los rojos disparan, unas veces, las más, contra la población, y, otras, contra las posiciones del sector de la Loma del Canto. Tienen dos baterías a uno y otro lado de los Sanatorios del Naranco, y más allá de éstos, a unos mil y pico metros, a la izquierda, mirando desde nuestra posición, otras piezas. Creo que en total son nueve. Nuestro flanco izquierdo está guardado por una pequeña posición, en el extremo del alto de Buenavista, donde hay guardias civiles con una ametralladora. La noche de hoy ha sido tranquilísima, sin duda por no haber parado de llover.

Día 14. – Lluvioso y con mucha niebla. Algún pequeño tiroteo. Por ejemplo, cuando nos trae un coche la comida del mediodía. Viene por la carretera, donde los rojos llevan causadas varias bajas, entre ellas, mujeres y niños. El día no da nada de sí. Y tampoco la noche.

Día 15. – Por la mañana, algunos cañonazos contra Oviedo. A mediodía pasa sobre nosotros un avión enemigo que parecía venir de la parte de Trubia. Descarga sobre Oviedo, rápidamente, un verdadero rosario de bombas; da varias vueltas por estos alrededores y se va en dirección de Santander. Por la tarde, serían las cuatro, llega la aviación nacional, evolucionando sobre los Sanatorios del Naranco, sin duda para localizar a la artillería enemiga. La noche, tranquila, oyendo los cañonazos que los rojos, como de costumbre, disparan contra la ciudad, y los discursos que nos echan, invitándonos a rendirnos. Lo curioso es que alguna vez dieron vivas a España y llegaron a decir que la bandera bicolor era la verdadera "por su gloriosa historia". Claro que trataban de engatusarnos. A renglón seguido, soltaban palabras soeces e insultos al Ejército español. No faltaba tampoco un rato de cánticos. Algún fandanguillo y otras canciones estaban bien Anunciaban a los cantadores, entre ellos, a uno de Siero, que cantó una asturianada.

Día 16. – Buena mañana de sol. A las seis, vuelven los de la 10ª a relevarnos. Llegamos al cuartel sin novedad. Más tarde, un pájaro rojo suelta unas cuantas bombas, por no perder la costumbre y no vuelve en todo el día. Es que andan por aquí los aviones de León. Pasamos el día tranquilos. Por la noche algunos cañonazos enemigos para no dejar dormir a la población y de madrugada una nube de truenos y relámpagos.

Día 17. – Lluvioso. Durante la mañana el enemigo cañonea con intensidad en dirección al Cristo, y nuestra artillería le contesta con vigor hasta hacerle callar. Tranquilidad por la tarde y noche.

Día 18. – Un día claro de sol. A primera hora de la mañana, ruido de motores aéreos. Se trata de la aviación al servicio de España. Cinco potentes aviones volaron sobre nosotros. Dos de ellos arrojaron sobre las posiciones rojas del Naranco algún bocadillo de esos que la aviación enemiga echa sobre la población civil de Oviedo. Luego, nuestros aviones se van a pasar la mañana por Trubia y otros puntos. Lo cual basta para que aparezca un avión rojo. Pero sólo tiró unos pasquines, que fueron quemados o rotos sin apenas leerlos, invitándonos a rebelarnos contra nuestros jefes. Horas más tarde vuelve otro avión rojo, y éste sí tiró bombas, dos de las cuales cayeron en el edificio de "La Voz de Asturias", causando grandes destrozos, en el momento de refugiarse allí un guardia de mi compañía que llamamos Blimea por ser de este pueblo. Milagrosamente no le pasó nada. La noche es tranquila. Belarmino Tomás vocifera desde Sama, anunciando represalias contra las personas de derechas si la aviación nuestra continuaba haciendo daño a los rojos. ¿Qué tendríamos que hacer con la gente de izquierda en Oviedo? Radio Coruña nos entera de que, entre los víveres del convoy preparado por los gallegos para la fuerza y la población civil de Oviedo, hay 23 toneladas de arroz y judías cogidas a los rojos en un barco que se dirigía a Gijón. Como dice un periódico local, no contábamos con este regalo de los rojos.

Día 19. – Nublado y húmedo. Lluvia lenta y menuda. Todo el día sin oír un tiro. Un día de paz en medio de la guerra. La noche fue más divertida, con nutridos tiroteos en el Campón y otros puntos, sobresaliendo el ruido de la dinamita.

Día 20. – Domingo. Amanece nublado, pero no tarda en salir el sol. Zumbido de aviones. Son nuestros y vuelan por la parte de Trubia. También nos parece sentir los cañonazos de las columnas que vienen de Galicia y apoyadas por la aviación avanzan triunfadoramente sobre Oviedo. Aquí se habla de la preparación de camiones que habrán de salir para Galicia a buscar víveres apenas hayan entrado las columnas. Todas las fuerzas de Oviedo están preparadas para enlazar con las libertadoras.

He oído misa de nueve. Llega el avión pirata y bombardea. Se va; pero en seguida vuelve y da unas vueltas sobre la ciudad, tirando proclamas llenas de bulos. Por la tarde, se divisa la aviación nacional volando sobre San Claudio y alrededores de Trubia, protegiendo a las columnas gallegas, que al parecer habían sido atacadas por aviones rojos, aprovechando, claro está, una ausencia de nuestra aviación, que en cuanto se presenta pone en fuga a la enemiga. En lo restante del día y por la noche, hay tranquilidad.

Día 21. – San Mateo. Precioso día de sol. Para que la festividad resulte más lucida, nos mandaron los rojos un avión encargado de hacer las salvas. Tiró quince bombas. Más tarde pasan los nuestros y dejan caer correspondencia. Los rojos nos visitan otras dos veces, una de ellas al anochecer. Hemos tenido las tres salvas reglamentarias. Por la noche, nada más que algún cañonazo que otro.

Día 22. – También de sol. Mañana tranquila. Por la tarde, serían las cuatro, el consabido avión rojo suelta una carga de bombas. Yo había entrado a afeitarme a una barbería de la calle de la Independencia, y todos los que en ella estábamos tuvimos que salir a refugiarnos en el sótano del almacén de Valentín Gutiérrez. Una bomba cayó en la misma calle, hiriendo gravemente a una vieja, que recogimos y llevamos en coche al Hospital. Por fin pude afeitarme con tranquilidad, sin que me pasara lo de la otra vez que tuve que salir afeitado a medias.

Según referencias de gente que conocía al herido, éste era un espía de los rojos, con los cuales tenía varios hijos. Creo que se le encontró una documentación interesante. Murió a la hora de entrar en el Hospital, habiendo pedido los Santos Sacramentos. El avión volvió a las siete, a lo de siempre. La artillería roja largó por la noche unas píldoras a la población.

Día 23. – Algún ligero cañoneo. Y, en vista de que reina tranquilidad, estamos libre hasta las cinco de la tarde. Pero a las tres y media llega la orden de que salga la compañía a una operación que va a hacerse en Abulí, más allá del Marcadín. La "Harka"de Falange y la 18ª de Asalto ocuparon con facilidad las posiciones rojas. La parte más dura correspondió a los falangistas, que tuvieron que lamentar cuatro bajas: un muerto y tres heridos. El muerto fue el sargento Bueto, perteneciente a una familia ovetense que ya había dado por la Patria a un hermano de aquél, habiendo tenido también otro gravemente herido. A mi sección le tocó ocupar la parte del flanco derecho, en el cual no se encontró resistencia alguna, por lo que pudimos llegar un trecho más allá de las trincheras enemigas, sin que viéramos de qué color eran los bravos del Frente Popular.

Las posiciones fueron tomadas por sorpresa, aprovechando la ocasión de que los rojos, por lo visto, habían retirado fuerza de estos sitios para llevarla a Trubia y otros puntos por donde atacan las fuerzas que vienen de Galicia. Durante el avance, cogimos manzanas y otras frutas que hace tiempo eran para nosotros artículos de lujo. Se hizo un registro en todas las casas que los rojos habían ocupado, y en ellas se encontró infinidad de botellas, de cerveza principalmente, y algunas de diversos licores. Las había de coñac y de ron. E incluso aparecieron unas cuantas de champán de lo caro. Se encontraron también cigarrillos habanos, latas de conserva y muchas cosas más que no vinieron mal a los nuevos ocupantes de aquellas posiciones. La segunda sección de mi compañía ocupó la llamada finca de Labra, propiedad del distinguido izquierdista señor Barcia. Frente a ella, estaba muy estropeada la iglesia de este barrio de Abulí. Algunas de las imágenes habían sido puestas por los rojos en las trincheras.

Ya al caer la tarde, cuando la tercera sección, al mando del alférez Céspedes, inicia el repliegue después de haber reconocido los últimos parapetos rojos, aparece sobre nosotros un avión enemigo, y tenemos que jugar con él al escondite, pero se limita a bombardear la población. Llega la noche y reina la más completa tranquilidad. La pasamos en compañía de los guardias civiles que hace tiempo andan por este sector sin perder un milímetro del terreno conquistado. Benigno Rodríguez, mi compañero de Falange y de la 18ª, y yo, dormimos unas horas. Nuestra alcoba es la habitación desmantelada de una casa medio en ruinas. Tenemos por colchón el suelo de tabla; por almohada, el mosquetón, por manta, el capote, y por sobrecama, el cielo.

Día 24. – Después de tomar el café, que acaba de subirnos una camioneta de Asalto, y a eso de las nueve, vemos que llega el "Camilo", con el propósito de siempre. Pero aquí no pasa nada. Volvió a última hora de la tarde, con las inevitables bombas, y, también como siempre, las dedicó a la población civil.

Después del mediodía, notamos que sale un globo de la parte de nuestras trincheras que dan frente a Colloto. Al mismo tiempo que se elevaba, metía un ruido como de motor. Cesó el ruido al pararse el globo en el aire. Luego continuó la marcha, viniendo hacia nosotros, que le mirábamos con recelo por si traía algún petardo. A los pocos minutos cayó cerca de donde estábamos. Resultó que era un globo de esos que sueltan en las romerías. Quisimos remontarle de nuevo; pero, cuando ya subía, se nos quemó al tocar con un cable.

A todo esto, llega un falangista de la 18ª compañía con una bonita colección de globos cogidos en el campo enemigo. ¿Los tendrían para celebrar la entrada en Oviedo? Nos pusimos a lanzarlos, y, menos uno que prefirió quemarse, todos salieron para arriba. El algunos, pegamos un papel que decía: <<18ª compañía de Asalto. ¡Viva España! ¡Arriba España! Jueves 24-9-36>>. Casi todos tomaron rumbo al Campón, alguno se fue hacia Colloto. El paso de estos globos sobre Oviedo llamó la atención de la gente, que no sabía de qué se trataba y se puso a mirarlos con prismáticos.

Cenamos muy bien, tomando ron y coñac, a cargo de unas pesetas dadas por el coronel Aranda para festejar la ocupación de las nuevas posiciones, visitadas por él y por el comandante Caballero. La fiesta estuvo animadísima. Pero a las nueve nos tuvimos que marchar a Oviedo. Formamos, y por orden del capitán Pérez Solís guardamos un minuto de silencio en honor a los muertos por la Patria. Luego se dan diversos vivas, y empezamos la marcha para la ciudad, donde entramos cantando el himno de Falange, saliendo a los balcones el vecindario (el rojo, no, claro) a aplaudirnos.

Día 25. – Cielo nublado, pero no tarda en salir el sol. Me corresponde salir de patrulla con dos guardias, y, estando frente a la cantina de los Económicos, vemos pasar dos trimotores de León, que al parecer llevaban una pareja de cazas. Siguieron hacia Trubia. También se fue para allá un caza que voló muy rápido sobre Oviedo a eso de las tres de la tarde. Con la presencia de estos aviones, la tranquilidad fue completa. La mayor parte del día se estuvo sintiendo el bombardeo de la aviación nacional y un gran cañoneo en las proximidades de Trubia, donde las milicias rojas luchan desesperadamente. A las cinco, en un parapeto de Abulí, es herido, no de gravedad, por fortuna, el comandante Castañón, jefe del sector. A las siete y media, desde el Naranco. La artillería enemiga cañonea a la población. Por la noche, mucha dinamita y nada más.

Día 26. – Espléndido de sol. La aviación española bien temprano, vuelve a volar en dirección a Trubia. Al anochecer, algún que otro cañonazo contra la población. Por la noche, ruido de petardos en los alrededores. Parece ser que nuestra aviación ha bombardeado el cuartel general que los rojos tienen en Sama. Recuerdos a Belarmino.

Día 27. – Hermoso domingo de otoño. Saludamos a nuestra aviación, que otra vez pasa en dirección a Trubia. Parece que algún aparato rojo trata de bombardear a las columnas nuestras que operan por allí; pero salió huyendo en cuanto asomaron los aviones nacionales. Se confirma la noticia de que éstos habían bombardeado el aeródromo de Carreño, destruyendo dos aparatos rojos de los que daban guerra a Oviedo.

En la tarde de hoy llegó, según él de Mieres, un chiquillo de doce años que fue presentado a las autoridades. Manifestó que los rojos habían cometido algunos asesinatos. También se presentaron, en las avanzadas del Campón, dos rojos con su correspondiente armamento. Dijeron que por la noche habían estado oyendo noticias por la radio, comprobando que San Sebastián se hallaba en poder del Ejército. Como no querían seguir engañados por más tiempo, se entregaban a nuestras fuerzas. Dijeron también que entre los rojos escaseaba el pan y no había aceite, y contaron algunos crímenes cometidos con gentes de derecha.

A primera hora de la noche, las radios españolas dan la noticia de haber entrado en Toledo las fuerzas nacionales, con la liberación de los defensores del Alcázar. La sensacional noticia se acogió con gran júbilo. Al atardecer había habido algún tiroteo por la parte del Mercadín, a la derecha del Palais. Sin duda por esto, a las nueve de la noche, formamos (la tercera sección) para ir de retén a dicho sitio y ayudar, en caso necesario, a los guardias civiles que están allí de puesto. Salimos al mando del alférez Céspedes. Por mediación de un embudo, a modo de bocina, un guardia civil comunicó a los rojos la para ellos triste noticia de la toma de Toledo por el Ejército salvador de España. Les debió de hacer poca gracia porque nos contestaron a tiros.

A media noche, mi escuadra y unos guardias civiles salen a cortar unos árboles y zarzas que nos ocultan el campo enemigo frente a los parapetos de la izquierda del camino. Trabajábamos una hora unos, mientras los otros vigilaban arma al brazo. Era una hermosa noche de luna. Como herramientas, utilizábamos dos hachas, una guadaña y una pequeña hoz. Junto a mí trabajaba un joven guardia civil, andaluz que encontraba muy extrañas aquellas herramientas. Para él, el hacha lo mismo podía cortar por un lado que por otro. Sin embargo, decía que era un artista cortando árboles. Daba risa oírle. Pero el caso es que con haberse tomado Toledo casi no acertábamos a dar golpe. Pasamos tranquilos la noche. A poco de amanecido, regresamos al cuartel. Y sin novedad en el frente.

Día 28. – Amanece nublado. A mediodía empieza a lloviznar; más tarde llueve de firme, y por fin a cántaros. Corre el agua por las calles y es aprovechada en algunas casas. Dícese que frente a San Esteban de las cruces, en una incursión de gente nuestra por el campo enemigo, se encontraron todavía cadáveres de rojos muertos en el combate del día ocho. Sigue el día, tranquilo, y va en aumento la lluvia. A pesar de ella, el buen humor de los de la "Harka" de Falange ha organizado un ruidoso cortejo, con gaitas y todo, que corre las calles celebrando la toma de Toledo. La noche tranquila y diluviando.

Día 29. – Cielo despejado. La aviación nacional ronda por los alrededores. La radio roja de Madrid suelta una infinidad de mentiras acerca de Oviedo. Sabemos que las columnas de Galicia están dando grandes palizas a los rojos, y éstos, como han requisado los aparatos de radio pertenecientes a particulares, no dejan oír las noticias que les son contrarias. Hoy es un día muy tranquilo. Por la noche, ya se empieza a sentir algo de fresco. Hasta la fecha, por lo general, hemos tenido un tiempo hermoso. Para prevenir un posible anticipo de días invernales, hay ropa y calzado en abundancia, y las mujeres patriotas de Oviedo se han puesto a hacer jerseys y otras prendas de punto. De esto no andaremos mal; de otras cosas, no tan bien.

Los comestibles que más escasean son la carne, las patatas, los huevos y el chocolate. Harina hay aún para una temporada. Se tienen que hacer colas para proveerse de algunos artículos y de agua. Nosotros, o sea la fuerza armada, no podemos quejarnos. Comemos arroz, lentejas, garbanzos, fabes, y tomamos café con leche en polvo. Escasea el vino; pero abunda el tabaco.

Día 30. – También luce bien el sol. Se ordena la incorporación a filas del reemplazo de 1934 y de los excedentes del cupo del 35. Con estos llamamientos se trata de formar nuevas unidades destinadas a colaborar con la guarnición y las columnas de Galicia en la reconquista de Asturias. El día de hoy transcurre en absoluta calma, salvo algún que otro "paco" por los alrededores. Por la noche, oímos a Radio Gijón y podemos comprender los apuros que los rojos están pasando frente a las columnas de Galicia y en la cuestión de comestibles. Desde sus parapetos el enemigo nos asegura que para el cinco de octubre desfilarán los rojos triunfalmente por las calles de Oviedo. Una sección de la 18ª, la primera, sale a estar de retén, frente al camino del cementerio, por si ocurriera algo en San Esteban de las cruces. Sin más novedad que un poco de frío, regresa el amanecer.

 

OCTUBRE

Día 1º. – El mes comienza con un buen día de sol. La aviación nacional vuela por las inmediaciones de Oviedo y más tarde pasa sobre la ciudad, lanzando paracaídas, en algunos de los cuales van periódicos de León, Valladolid y Sevilla. A las nueve se celebró en la iglesia de San Juan una misa, oficiada por el señor párroco de Cornellana, movilizado desde el primer momento, don José María Rodríguez, en sufragio de los guardias y voluntarios muertos del Cuerpo de Asalto.

A última hora de la tarde, para que viésemos que no nos había olvidado, se presentó el avión rojo a soltar las bombas reglamentarias. En cuanto se largó, salimos del cuartel varios individuos de la 18ª, con nuestro capitán, a ensayar en un local lleno de escombros por haber caído allí una bomba de aviación, el himno de los de Asalto. Lo acompaña en un armonium el autor de la música, que es el notable compositor asturiano, don Manuel del Fresno. La letra es del capitán de la Compañía. Los ensayos, si las circunstancias lo permiten, continuará en nuestro cuartel del Gobierno civil, adonde es llevado el armonium.

Son las diez de la noche, y sentimos un ruido extraño, como de motor. Es un avión rojo que vuela sobre Oviedo a favor de la luna llena. Dio varias vueltas sobre la población, tirando cajas de líquidos inflamables, sin producir más daño que un pequeño incendio, prontamente sofocado, en la Argañosa.

Día 2. – Mucho sol. Por la mañana, visita de la aviación leonesa. El día es tranquilo hasta que a la caída de la tarde aparece un avión pirata que combinándose con otro colega, yéndose el uno y viniendo el otro, nos bombardea por espacio de una hora. A las doce de la noche, segunda incursión del murciélago de la víspera. Ésta nos dejó caer sobre Oviedo unas diez bombas. La gente, escarmentada por lo de la noche anterior, se había ido con tiempo a dormir a los sótanos.

Día 3. – También muy soleado. Madrugaron dos aviones rojos, que salieron pitando al aparecer los de León. Al oscurecer, un avión, no sabemos de quién, dio unas vueltas muy rápidas sobre la ciudad, sin dejar ningún recado. Pero la gente se metió en los refugios por aquello de "no te fíes del avión, aunque sea de León". Y tiene razón.

Día 4. – Antes de las cinco de la mañana se pone a cañonear a Oviedo toda la artillería enemiga que hay alrededor de la ciudad. Así se pasa casi todo el día. En San Esteban de las Cruces se arma un formidable tiroteo. Fracasado allí, los rojos atacan por la carretera de La Manjoya, donde, además de la artillería, utilizaron un tanque, al que nuestros cañones impidieron avanzar. También fracasa este ataque de los rojos. La segunda sección de la 18ª intervino en el fregado.

Estoy de patrullas por la ciudad. Al volver del servicio, forma mi sección, y salimos para la Loma del Canto, en el Naranco. No hemos comido, pero no importa. Son las doce del día. Ya hace un rato que los rojos atacan furiosamente aquella posición, defendida tan sólo por unos treinta guardias civiles y algunos voluntarios. Al llegar nosotros sigue el ataque. No tengo tiempo para más.

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Días de lucha durísima. La defensa de Oviedo se hace con verdadero heroísmo. En las posiciones del Naranco, mueren el comandante Vallespín, el teniente Mayoral, el sargento Navarro, muchos más. Nos hacen fuego ocho o nueve cañones. Es el combate más encarnizado de todos los que ha habido hasta ahora en el sitio de Oviedo.

Día 10. – Sábado. Los rojos llevan seis días atacándonos. No entran en Oviedo. A pesar de la cerrazón del día, vuela un aparato nacional. Va muy bajo. Deja caer un paquete, y desaparece entre las nubes. Por la noche, ya acostados, nos tenemos que levantar, pues hemos de trasladarnos al Banco Herrero, donde provisionalmente se instala el Gobierno civil. Hay que llevarse todo el material, mantas y jergones inclusive.

Día 11. – Está despejado. Casi todo el día vuelan nuestros aviones sobre Oviedo y los alrededores. Bombardean y ametrallan a las posiciones enemigas. Hoy, a primera hora, se ha ordenado que los enfermos y heridos que podemos estar de pie pasemos como hospitalizados al cuartel de Santa Clara. Así es como pude dormir en una buena cama y, por consiguiente, como si estuviera en mi propia casa.

Día 12. – Amanece nublado. Durante varios horas, nada de tiroteo. Al atardecer, un fuerte ataque de los rojos, con intenso cañoneo, a la posición de San Pedro de los Arcos. No hay más remedio que abandonarla. Por este lado, el frente de Oviedo está en el puente de La Argañosa y las casas que miran a la Estación del Norte. Ésta es muy atacada; pero los rojos son rechazados varias veces. Los vecinos de las calles próximas a la Estación han evacuado sus domicilios. En todo el perímetro de la ciudad se combate con empeño. Ha habido que reducir la línea defensiva para poder resistir mejor.

Día 13. – Martes y trece. A pesar de esto (¡cualquiera se fía de agüeros!), viene nuestra aviación y hace una labor brillantísima no sólo atacando al enemigo, sino lanzándomos multitud de fardos que contienen medicamentos y municiones en gran cantidad. Una gran inyección de ánimos a la población, que desborda su entusiasmo al pasar los aviones nacionales. Al caer la tarde, suena el toque de alarma en la Catedral. Se divisa un avión rojo por encima del Naranco; pero no llega a volar sobre la ciudad. La artillería enemiga cañonea desde Buenavista, y la Catedral recibe algunos proyectiles. Después hay un ataque por aquel sector. De noche, muchas bombas de mano y dinamita.

Día 14. – Se nota a lo lejos mucho cañoneo. Están muy cerca, al parecer las columnas liberadoras. Nos sentimos muy animados. En las mismas puertas de la ciudad se hace por los nuestros una firme resistencia a los ataques del enemigo. Como la centralilla que nos suministraba fluido eléctrico ha caído en poder de los rojos, estamos sin luz y sin periódicos. Desde los altos de los alrededores de Oviedo, las ametralladoras enemigas tienen enfiladas varias calles.

Día 15. – Llueve a más mejor. Los rusos atacaron por La Argañosa con ayuda de un tanque. Fue inútil el intento. Nuestra artillería, economizando granadas, les cañoneó. Muchos edificios de la ciudad están defendidos con ametralladoras por si los rojos forzasen la línea exterior. Ataques nocturnos de los rojos con dinamita y bombas de mano. Arden algunas casas.

Día 16. – Por el extremo de la calle de González Besada intentan avanzar los rojos. Fueron rechazados, y nuestra artillería, desde las Adoratrices, les destruyó un camión cargado de explosivos. Próximamente al mediodía, a pesar de la niebla, pasa sobre nosotros un avión nacional. Después, conforme la niebla se disipa, van apareciendo otros, nuestros también, que bombardean las posiciones rojas. El día no transcurre mal. Por la noche, diversos ataques. Hay incendios por la parte de San Lázaro y Santo Domingo.

Día 17. – Magnífico día de sol. Y aún va a ser mucha más magnífico. Durante el día actúa sin descanso nuestra gloriosa aviación, metiendo en un puño al enemigo. A mediodía todas las miradas se vuelven a la cumbre del Naranco. Comprendemos que, al final están allí las fuerzas liberadoras. Gran alegría. Llegó un hermoso día para la ciudad mártir.

A eso de las cuatro de la tarde, se ve arder una casa en el Naranco, hacia las posiciones rojas, cerca de la Iglesia de San Miguel de Lillo. Al poco rato, se produce allí una enorme explosión. Algún polvorín que han volado los rojos en su retirada. Se ve a la aviación nacional volar muy bajo sobre el Naranco y cómo la saluda las fuerzas nuestras que van ocupando progresivamente las alturas del monte. Son muchos los aviones.

En las primeras horas de la noche, se oyen en la ciudad grandes vivas y se disparan cohetes. A pesar de estar las calles a oscuras, las llena el gentío. Los grupos abrazan y estrujan a unos guardias de Asalto. Son de La Coruña y han entrado a la cabeza de la columna gallega que acaba de llegar. Detrás vienen soldados, voluntarios y moros. El júbilo es inmenso. En el cuartel de Santa Clara, uno de esos guardias nos cuenta las peripecias pasadas. Dice que uno de los últimos combates duró cuarenta horas y fue tremendo. También refiere que, estando ya cerca de La Argañosa, aprisionaron a una mujer que trataba de hacerles frente con un fusil ametrallador. Buena pécora sería. Esta noche no hay quien duerma en Oviedo. Los rojos tirotean débilmente y tiraron dinamita a todo pasto, sin duda para celebrar mejor la verbena.

Día 18. – Domingo. Muy nublado. Tuvimos misa de campaña en Santa Clara, donde se aloja la tropa libertadora. Pronunció una alocución el magistral de Oviedo, ensalzando a las columnas de Galicia y poniendo en parangón nuestra defensa con la del Alcázar de Toledo.

Salen a operar las fuerzas, recuperando algunas de las posiciones que tuvimos que abandonar al replegarnos sobre la población. Hubo sitios en que los rojos hicieron mucha resistencia. Entran más fuerzas. Principalmente, de Regulares. Son ovacionados en las calles y hay quienes abrazan y besan a nuestros salvadores.

Por la tarde, llega un convoy de víveres, entre los aplausos del público. He visto personas que se descubrían y rezaban. Había lágrimas en muchos ojos. Lo menos hasta las diez de la noche están las calles de Oviedo tan animadas como en las fiestas de San Mateo. Hubo casa en que se pasó hambre para guardar algo con que obsequiar a los bravos soldados gallegos. Quizá sea hoy el día más grande que registre la historia de la capital asturiana.

Manuel González Cabeza

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