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DEFENSORES DE OVIEDO

Retablo heróico (1)

Retablo heróico (1)

Por José Antonio Cepeda 

En el ánimo de quienes estaban en el juego, aquel domingo 19 de Julio de 1936, el toque de diana en el Regimiento de Infantería de línea Milán 32 o en el Grupo de Artillería de Montaña, situado en Rubín, tenía un especial significado.

En cuanto el Coronel Antonio Aranda Mata, Jefe de la Comandancia Militar Exenta de Asturias, diese la orden clave, todo se desarrollaría de acuerdo con lo previsto. Había que salir a las calles y plazas de la ciudad de Oviedo y tomar posiciones, de indiscutible valor táctico, en torno a la plaza.

Lo más natural es que la diana hubiese sido floreada, pero hubiese resultado un tanto extraña para los que no estaban en un juego que iba a florecer en una de las gestas más señaladas de la historia de España.

Ni el número de combatientes ni la situación topográfica de la plaza de Oviedo podían hacer pensar que la defensa, frente un adversario más fuerte, iba a ser tan encendida y tan práctica. Millares de hombres que, por el contrario, estaban en condiciones de caer sobre la Meseta de Castilla, permanecieron “entretenidos” por obra del talento estratégico y táctico del Coronel Aranda, ante un conjunto de posiciones que, en ningún caso, ofrecían facilidades para ser tomadas. Oviedo fue la esponja que retuvo a millares de hombres, salvando así la retaguardia de los contingentes nacionales de Somosierra, La Granja y Balsaín, el Alto de los Leones, Robledo de Chavela o la destacada y abulense altura de Nuestra Señora de Sonsoles.

 AUN ESTÁ POR SABER.

Aún está por saber cómo un pelotón de requetés, al mando del oficial Jesús Evaristo Casariego, fue capaz de alcanzar -en una mañana de bajas brumas- el llamado Boquerón de Brañes.

Salieron por la parte de la Argañosa, cruzaron La Lloral, pasaron por Loriana y treparon al Boquerón. Varias horas después, caída ya la tarde, regresaron a la ciudad y, sin darle más importancia a la cosa, penetraron en el cuartel de Pelayo, cenaron y durmieron como benditos hasta bien entrada la mañana del día siguiente. No creo equivocarme, pero entre ellos iba también el oficial de requetés Leopoldo Prada que, además de portarse como un valiente durante el sitio de Oviedo, tenía tiempo para formar pequeños grupos corales.

Estos requetés que llegaron hasta Brañes fueron, sin duda, el fermento que hizo posible la constitución del Tercio de Nuestra Señora de Covadonga, citado en varias ocasiones durante la ofensiva adversaria del 21 de febrero de 1937. Estaban de posición, en ese trance, en lo que hoy es la Plaza de la Gesta. Su flanco izquierdo se apoyaba, días más tarde, en la III Bandera de la Legión, de posición en el bombardeado Hospital, que a su vez se daba la mano por su flanco derecho con una centuria de Falange, situada en la Plaza de América, debajo del puente de la denominada en aquella época calle de Fuertes Acevedo, hoy Avenida de Galicia.

 

SANGRE INOCENTE.

En verdad, la aviación enemiga, que despegaba de una base improvisada en el Valle de Guimarán, en el concejo de Carreño, era raro que bombardease las posiciones establecidas en la plaza de Oviedo. Los pilotos, en un alarde de valor que no tenía nada de tal, volaban sobre el interior de la ciudad, a bastante altura, y soltaban sus artefactos a voleo.

Como era de esperar, centenares y centenares de civiles -mujeres, niños, ancianos, enfermos- pagaban las consecuencias de aquellos bombardeos que en ningún caso bajaban la moral de los defensores.

A mí, por desgracia, me tocó participar en la tremenda tarea de sacar un elevado número de cadáveres de la casa que hace esquina entre Foncalada y Caveda. Una bomba, de espoleta retardada, perforó el tejado y descendió hasta el sótano por el hueco de la escalera. Estaba, en aquel instante, en el cuartel de Santa Clara, en el que acababa de entregar un parte recibido del Jefe de Milicias. Pronto se escucharon gritos que, por momentos, se convertían en alaridos de pobres criaturas que, aunque heridas, desgarradas por la metralla, habían sobrevivido. Aquellos desgraciados seres pronto fueron evacuados, en camiones del 10º Grupo de Asalto, a los hospitales.

Pero lo que resulta difícil de describir era el espectáculo que ofrecía lo que quedaba en la profundidad del sótano: niños sin cabeza, muchachas con las piernas amputadas de raíz, ancianos con el pecho hundido, mujeres jóvenes que nadie era capaz de reconocer...

En dos camiones que acaso perteneciesen al Parque de Bomberos, fueron cargándose no sólo cuerpos destrozados, sino miembros sueltos, trozos de carne; una mano, un brazo, la parte suelta de una rodilla, una cabeza en la que llamaban la atención unos ojos abiertos que expresaban asombro, sorpresa. No había tiempo para lamentarse o percibir repulsión alguna.

Un deber cristiano y militar impulsaba a rescatar, hasta con paciencia, lo que allí quedaba entre los escombros.

Quede claro que hechos como éste se produjeron en otros lugares de la ciudad mientras duró la defensa. ¿Cuántos millares de personas, no combatientes, murieron en Oviedo desde Julio de 1936 a Octubre de 1937?. No es fácil, ni mucho menos, obtener así por las buenas datos fiables.

Sobre el bombardeo de Guernica ya existen estudios dignos de todo crédito y por ello se sabe que el número de víctimas no responde a las cifras ofrecidas por el adversario. Fueron muchos menos los muertos y heridos; y eso que en el reducido espacio de Guernica existían dos fábricas de armas y estaban de guarnición dos batallones de guardias, sin contar con las unidades que se retiraban a posiciones más propicias después de abandonar Marquina y Durango.

Mejor hubiera sido que Picasso continuase pintando el cuadro sobre los toros ibéricos y no haber puesto en circulación, debidamente recompuesto, un cuadro que no vale cinco duros de los de ahora.

Lo que sucede es que el papanatismo alcanza grados inconcebibles a nivel de masa, hábilmente dirigida e intoxicada por atrevidos pedantes.

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