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DEFENSORES DE OVIEDO

¡Arriba España! en el café Peñalba

¡Arriba España! en el café Peñalba

Por F. A.

El día 19 de julio de 1936, que era domingo, Oviedo se incorporaba al levantamiento militar iniciado en Marruecos el día 17. Durante la mañana, poco soleada y más bien gris, de aquella histórica jornada, las calles y paseos se vieron menos concurridos que de costumbre en estas festividades semanales porque la mayoría de los ciudadanos presentían con justificado temor que los acontecimientos iban a precipitarse de forma imprevisible según se deducía de los diversos criterios que sustentaban los seguidores políticos de la izquierda o de la derecha, tratando en vano de resolver la común incógnita de si el Coronel Aranda acataria las órdenes del Gobierno o se uniría a la causa del alzamiento militar. La entrega de armas a los mineros procedentes de las cuencas de Mieres y Langreo en la tarde y noche anteriores parecía despejar cualquier duda en cuanto a la decisión que adoptaría el Comandante Militar de la Plaza. Pero lo que resultó ser más tarde una baza jugada con premeditada estrategia para alejar hacia Madrid a aquellos grupos de voluntarios -fogueados en la revolución de octubre del 34, que con su intervención en la capital asturiana podrían desarticular su bien estudiado plan de acción-, produjo, en cambio, el desánimo y la indignación entre los falangistas y simpatizantes que esperaban con ansiedad que Aranda se sumara al alzamiento antigubernamental.

Sin embargo, aquella mañana transcurrió con esa inquieta calma que precede a las tormentas. En todas las parroquias se celebraron las Misas de ritual con más afluencia de fieles madrugadores temerosos de lo que pudiera ocurrir más tarde, y que en su mayoría regresaban presurosos a sus hogares después de los oficios para esperar los acontecimientos escuchando las noticias de la radio. A la hora de la sobremesa, el famoso café Peñalba, frecuentado de ordinario por sectores sociales de la clase media y un simbólico objetivo final de los atacantes durante el asedio a la ciudad, se vio muy concurrido por personas identificadas con los militares sublevados, en número mayor a lo habitual por haberse desplazado a Oviedo muchas gentes de la provincia que habían padecido en sus localidades la experiencia del octubre revolucionario y que se consideraban más protegidas en la capital. En aquel ambiente, caldeado por el nerviosismo y la excitación, nadie se recataba en hacer comentarios en alta voz que corrían de mesa en mesa y en los que se difundían noticias «de muy buena tinta» plenas de optimismo sobre la marcha de los acontecimientos en el resto de España, aventurándose pronósticos sobre el rápido triunfo de la insurrección, hasta que, con una potencia que retumbó en todos los ámbitos del local, sonaron dos estentóreos gritos de «¡Arriba Españal» que hicieron enmudecer a los contertulios, provocando el desconcierto, seguido de una desbandada general que dejó el local casi vacío.

Los autores de aquella vibrante y provocativa exclamación en las tensas circunstancias del momento permanecían de pie, brazo en alto y con gesto más bien de asombro que de jaztancia, contemplando aquella fuga atropellada que habían provocado.

Ellos, al parecer, se habían propuesto poner en disposición guerrera a la clientela del famoso café, y su intento se frustró de aquella forma pintoresca y decepcionante. Por tratarse de un miembro de nuestra familia y de un amigo íntimo, mi hermano Juan y yo nos acercamos a ellos para alejarles rápidamente de aquel lugar, porque en el Paseo de los Álamos se había estacionado un grupo de personas, algunas armadas, cuyas intenciones eran totalmente opuestas a las nuestras y que, afortunadamente, no se percataron de lo ocurrido dentro del establecimiento, aunque no les pasó inadvertida su acelerada evacuación, que contemplaban con curiosidad y seguramente haciendo conjeturas de aquel espectáculo un tanto insólito.

Nosotros, más tranquilos, emprendimos el paso hacia la calle de Argüelles, pero cuando llegamos a la altura del bar La Paloma, los dos presuntos «inductores a la rebelión» se despidieron diciéndonos en tono irónico que ya tenían bien decidido lo que iban a hacer, y así lo demostraron más tarde, porque acudieron puntualmente a la hora de empuñar un fusil, comportándose como bravos combatientes durante el asalto a Oviedo y en la Campaña Nacional. Nuestro pariente resultó herido de gravedad, clasificado como mutilado absoluto de guerra asimilado a oficial, y el otro lució en el pecho la estrella de Alférez Provisional; pero lo realmente sorprendente es que jamás se les pasó por la imaginación que las revoluciones planeadas en una sidrería, entre culetes y cantarinos, están siempre condenadas al fracaso.

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