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DEFENSORES DE OVIEDO

Al cabo Javier Alonso Sádaba

Al cabo Javier Alonso Sádaba

 

Al principio del asedio el mando había decidido mantener una avanzadilla en el cuartel de la Guardia Civil de Lugones, formada por un retén de treinta y cinco guardias civiles al mando de un brigada.

Su misión era el control del importante nudo de comunicaciones que hay en dicha localidad entre Oviedo, Gijón y Avilés.

A los pocos días las milicias rojas pusieron cerco al cuartel, y aunque los guardias lo defendieron con gran heroismo, se consideró que el riesgo de defender la avanzadilla era superior a la misión que cumplía, por lo que se decidió al repliegue de las fuerzas defensoras.

Para facilitar dicho repliegue se montó una operación consistente en la salida, desde Oviedo, de una columna de socorro que avanzaría por la carretera Oviedo-Lugones hasta el enlace con los sitiados en esta última localidad.

A tal fin, el día 8 de agosto, a primeras horas de la mañana, salió en dirección a Lugones una columna formada por dos compañías del Regimiento Milán, a las órdenes de los capitanes Bruzo y Sánchez Herrero. Dos compañías de la Guardia de Asalto a las órdenes de los capitanes Ibarrieta y Curiel y un acompañamiento de Artillería.

Ya a las afueras de Oviedo, la resistencia opuesta al avance de la columna fue tan considerable que, rebasada La Corredoria, a la altura del río Nora, tuvo que detenerse.

Vista la situación y para que la columna no estuviera a merced del fuego del enemigo que procedía de ambas márgenes de la carretera se decidió atrincherarse en dicho lugar y enviar un enlace con la misión de comunicar a la Guardia Civil que iniciase el repliegue para reunirse con las fuerzas que les estarían esperando.

El capitán Sánchez Herrero pidió un voluntario, y sin que terminara de expresar la petición, un cabo del Regimiento Milán, Javier Alonso Sádaba, de 17 años, dio un paso al frente y cuadrándose ante el capitán le dijo:

«¡A sus órdenes, mi capitán, yo me ofrezco para tal misión!».

El capitán lo miró y dándose cuenta de los pocos años del cabo tardó unos momentos en decidirse, pero viendo en la mirada del cabo su decisión y su arrojo le dijo:

«¡Muy bien, tú serás el que lleve la orden de repliegue al puesto de la Guardia Civil para que vengan a reunirse con la columna en este lugar!».

El cabo, cuadrándose nuevamente: «A sus órdenes, mi capitán».

A continuación, agachándose, se deslizó por la ladera derecha del río Nora. A los pocos metros, el enemigo lo vio y, con tiro cruzado, empezó la «caza del hombre». El cabo siguió avanzando aprovechando los accidentes del terreno para ofrecer el menor blanco posible al enemigo.

Mientras tanto, el capitán y el resto de las fuerzas le seguían con la mirada y cada vez que se hacía visible repetían casi al unísono.

¡Ahí está! ¡Ahí está!

En ocasiones, tardaba en aparecer y todos tristemente pensaban que había sido abatido por alguna bala enemiga. Pero no, poco después aparecía más lejos. Entonces, el júbilo de las fuerzas de la columna era casi inenarrable, y gritaban:

«¡Allí está, mi capitán, ¿no lo ve? Allí, cerca de aquel árbol!».

De esta forma nuestro cabo llegó a pocos pasos del cuartel. Los guardias civiles, al percatarse de la presencia de un intruso cerca del acuartelamiento, empiezan a disparar sobre el cabo, viéndose entre dos fuegos, repetía a gritos:

«¡No tiréis, soy un cabo del Regimiento Milán!».

Hasta que en un momento, un guardia civil pudo oír, aunque no muy claramente, lo que decía el cabo y, acercándose al jefe del puesto, le dijo:

«Mi brigada, me parece que dice que es un cabo del Regimiento Milán».

El brigada mandó que cesase un momento el fuego, para poder oír claramente lo que el intruso decía y, a tal efecto, gritó: «¡Identifícate!: ¿Quién eres?».

El cabo, al comprender que había sido oído, repitió: «Un cabo del Regimiento Milán que trae un mensaje para el jefe del puesto».

Le ordenaron que lo más cautelosamente posible y, siempre con las manos en alto, avanzara sobre el cuartel. Así lo hizo y, al entrar, se presentó al brigada y, cuadrándose, le dijo:

«Mi brigada, la columna se quedó en el puesto de La Corredoria. El mando de la misma les comunica que dejen el cuartel y se replieguen para contactar con la fuerza que les está esperando».

Una vez organizado el repliegue e inutilizadas las armas que no podían llevarse, la Guardia Civil salió tras el cabo, el cual había tomado buena nota de las veredas más propicias para el regreso, llegando sin novedad hasta las tropas que les estaban esperando.

Una vez ante su capitán, el cabo, con las manos y el rostro ensangrentados por los obstáculos que había tenido que superar hasta llegar al cuartel sitiado, llevándose la mano al gorro saludó militarmente y dijo: «Mi capitán, misión cumplida».

El capitán lo miró y lo abrazó emocionado y, después de un momento, pudo decir: «¡Gracias, muchacho, muchas gracias!».

El resto de las tropas que habían estado esperando lo abrazaban y felicitaban por aquel hecho heroico del que había sido protagonista.

El cabo Alonso Sádaba fue citado en el «Orden del día» y propuesto para la Medalla Militar Individual y para el ascenso a sargento por méritos de guerra.

La operación fue un éxito y las fuerzas sólo tuvieron una treintena de bajas, todos ellos heridos.

El cabo Alonso Sádaba no pudo lucir la Medalla Militar Individual ni los galones de sargento ya que, un mes después, el día 8 de septiembre, encontró la muerte en la batalla de San Esteban de las Cruces. Durante todo el combate el cabo había permanecido en primera línea defendiendo la posición con espíritu de verdadero héroe.

A mi hermano Javier, a los 75 años de su heroica muerte.

 

Fermín Alonso Sádaba, presidente de la Hermandad de Defensores de Oviedo

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