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DEFENSORES DE OVIEDO

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (2)

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (2)

 

EL ASALTO A OVIEDO Y LA ROTURA DEL CERCO (4 a 17 de octubre) 2ª parte.

El repliegue general y la amenaza por el Oeste. Días 9 a 14

A las nueve de la mañana del día 9 otro radio enviado por el general Aranda al general Mola señalaría: «Conservo población, replegando algunas posiciones»; pero este repliegue iba a continuar durante la jornada.

En efecto, a lo largo de ella el enemigo inicia la ocupación de La Argañosa, «combatiéndose a la desesperada en las casas, que se irán incendiando o volando, a medida que penetre en ellas el enemigo». Y a las tres y cuarto de la tarde Aranda anunciará que se está atacando muy duramente San Pedro de los Arcos, tras intensa preparación artillera y en medio de un fuerte temporal de lluvia.

Penetraciones y durísimos combates, más la anterior pérdida de Canto, obligarán al General a iniciar una que ya puede llamarse retirada completa, sobre la línea El Fresno-Plaza de Toros, retirada que se lleva a cabo de noche y sin que las fuerzas sean hostilizadas.

La mayoría de los puestos están mandados por suboficiales, clases e incluso soldados rasos, y las bajas son tan cuantiosas que incluso muchos de los voluntarios que tenían que defender la segunda línea pasan a la primera. Las municiones se agotan, los hombres se encuentran extenuados por falta de relevo y la reserva de Aranda se reduce ya a una sección de Infantería y otra de la Guardia Civil, sacadas del Sector Este, que es el más débilmente atacado. No nos extrañe, pues, que Belarmino Tomás anuncie en este día 9: «Nuestras fuerzas actúan en las calles de Oviedo y la situación es francamente buena.»

La penetración, a medida que disminuyen hasta límites increíbles los efectivos de Aranda se hará más profunda y múltiple. El 10 se pasa de La Manjoya a Catalanes y El Fresno, llegándose, más al Este, al barrio de San Lázaro, todo en medio de los más cruentos combates. Esta progresión obliga a retirar, a la noche, el puesto del Cementerio, fijándose la línea en Villafría. A la vez continúa la presión por La Argañosa, Plaza de Toros y finca La Maturria.

Aviones nacionales han volado los días 7, 8 y 10, arrojando municiones y medicamentos y bombardeando las posiciones del enemigo, pero sin que por ello puedan detener su avance lento pero continuo. Y Belarmino comunicará el último día: «Todo sigue muy bien.»

El 11 remite el ataque, extendiéndose sobre las doloridas ruinas de Oviedo una cierta calma, salvo en las posiciones de Villafría, que se sostienen difícilmente a costa de grandes pérdidas. «Se aprovecha la noche para abastecer los puestos y, en previsión de nuevos ataques se empieza a consumir en el interior de la ciudad reductos de resistencia, guarnecidos por voluntarios civiles con víveres para ocho días y algunas municiones, que escasean muchísimo».

El 12 se reanuda espectacularmente la ofensiva. Grandes masas presionan desde Canto sobre San Pedro de los Arcos y desde el Cementerio sobre Viilafría, avanzando a pesar de sus pérdidas cuantiosas, que se reponen continuamente. Dentro de la defensa no hay ya un hombre en la segunda línea, habiéndose terminado la munición de las ametralladoras.

Tremenda situación. «El combate se desarrolla a muy poca distancia, a base de fuego de fusil certero y gran empleo de bombas de dinamita, fabricadas un La Vega. La defensa de Oviedo se hace por momentos desesperada. Se ordena a todos mantenerse en su puesto hasta el límite que permitan los edificios, pasándose de la guerra de trincheras a la guerra de calles. Cuando la artillería enemiga deshace una casa, sus defensores pasan a la siguiente, sin pedir relevo y procurando establecer contacto por sus flancos. Salen de las hospitales todos los heridos y enfermos leves, que marchan a los puestos para reforzarlos, según sus posibilidades».

Se va a morir defendiendo las ruinas de una ciudad, sencillamente, y a la noche de este día 12 continúa el repliegue general sobre el casco urbano. El enemigo dispone ya de un frente continuo, que va desde San Lázaro, por La Pereda, al Cristo de las Cadenas y la barriada de Buenavista.

Belarmino Tomás comunica al Ministerio que «sigue todo muy bien», mas seguidamente muestra veladamente sus temores, al referirse a unos combates «por el Oeste». ¿Cuáles son? «La acción sobre los rebeldes de Galicia –dice- es dura.» Alusión expresa a una situación grave pero silenciada hasta ahora ¿Qué ocurre allí?

Ocurre que, alimentadas las fuerzas del coronel Martín Alonso con las unidades que van llegando de África, el 9 alcanzan las Columnas de Galicia los poblados de El Soto y Santullano, y el 10 el de Valsera, situado a unos nueve kilómetros en línea recta de Oviedo. Todo transcurre en medio de las más encarnizadas luchas, pero cuando el día 12 se amplía el frente de ataque, ocupándose Gurullés y amenazándose Trubia, el peligro exterior, el que viene por la espalda de las fuerzas que asedian Oviedo, se hace patente.

Con todo, aún tendrán lugar en la martirizada ciudad durísimos combates. Así, el día 13 los ataques se centran buscando la Estación del Norte y casas vecinas y sobre la carretera de Trubia, utilizándose la artillería y la aviación para provocar grandes incendios. En todo el frente se lucha sin cesar, disminuyendo los defensores en forma tal, que la mayoría de los puestos son de doce a catorce hombres. Belarmino falta a la verdad al decir que «se está combatiendo en las principales calles de la ciudad», pero a los avances de sus fuerzas anteriores hay que añadir en ésta una nueva conquista: el barrio de La Argañosa.

La pelea alcanza, en los lugares en disputa, violencias insospechadas, que bien podríamos calificar de inverosímiles. De una casa se pasa a otra, a través de los boquetes abiertos en las medianerías, para luego continuar los terribles combates en el nuevo edificio. Demolido el cual, sepultados quizá sus defensores, se entrará en otro, donde seguirán las acciones cuerpo a cuerpo.

Pero en el que bien podemos llamar frente exterior tiene lugar en este día 13 un paso decisivo, al ocupar Martín Alonso el poblado de El Escamplero y las alturas próximas, quedando así sus vanguardias a poco más de siete kilómetros de Oviedo, y dibujándose a la vez una maniobra no por la carretera de Trubia, conforme seguramente creían unos y otros, sino bastante más al Norte, con la mirada puesta en la Sierra del Naranco.

Esta variación de la maniobra de las Columnas Gallegas tendrá graves repercusiones en el asedio. Ya el día anterior 12, las exiguas fuerzas de Aranda habían notado un cierto cambio en los mandos y unidades enemigas. «¿Por qué empezaban a estabilizarse las líneas y, en algunos casos, retrocedían las vanguardias?» Todo ocurría a pesar de lo que decían los partes triunfalistas de Madrid y las noticias dadas por la radio y prensa de Gijón sobre la ocupación de calles y edificios de la ciudad.

El 14, aprovechando Aranda una nueva remisión del ataque, hace que los puestos se enlacen lateralmente, levantándose barricadas por todas partes. La aviación propia arroja hasta 30.000 cartuchos de fusil, doce proyectiles de cañón y material de cura, lo que supone un sensible alivio. Belarmino sigue hablando de la ocupación de edificios importantes.

 

El principio del posible fin. Días 15 y 16

Las fechas que siguen amenazan con ser decisivas para la postrer defensa de Oviedo. Los días 15 y 16 las fuerzas revolucionarias, pese al peligro que les llega por retaguardia, van a llevar a cabo los últimos y más impresionantes ataques, donde la desesperación y el valor se aliarán en inverosímil unión esforzada.

El 15, carros blindados y grandes masas atacan por el Sur, hacia el convento de las Adoratrices y el de Santo Domingo, ataque que es rechazado, con pérdida de dos de aquellos vehículos, a la vez que se intenta una fuerte infiltración hacia el campo de San Francisco, ya en el corazón de la plaza, infiltración que se evita mediante un inusitado contraataque, apoyadopor el fuego de una pieza del 10,5.

El 16, hay una nueva infiltración, partiendo del barrio de San Lázaro, luchándose casa por casa con masivo empleo de la dinamita. Para parar el avance se incendia, al llegar la noche, parte del barrio, y bajo los resplandores del fuego ametrallan los defensores a sus adversarios, replegándose a la vez y consiguiendo así que el enemigo no penetre en la ciudad por esta zona. Las bajas son elevadísimas, y ello convierte en desesperada la situación del general Aranda. «La resistencia se hace imposible -dice aquel-, abarcando todo el perímetro de la ciudad, preparándose la retirada hacia los reductos interiores.» Son éstos, la Fábrica de Armas, el Cuartel de Milán y el de la Guardia Civil, con la loma Pando que los domina, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento. Las municiones se han reducido a 60.000 cartuchos y quedan útiles 500 hombres, contando los convalecientes, enfermos y heridos leves, más una cifra aproximada de 200 a 300 paisanos.

Mientras Belarmino Tomás anuncia: «Queda poco para la toma completa de Oviedo», el general Aranda, a las trece de la tarde, envía un radio a Mola, que señala: «Durante la noche [del 15 al 16] infiltraciones y ataques con dinamita han obligado a evacuar el barrio de San Lázaro, retrocediendo y defendiéndose casa por casa.» Pero donde la situación se refleja más exactamente es en estas otras palabras: «Fuerzas están agotadas y socorro es urgentísimo, pues entrando el enemigo en la población irá produciendo aislamiento reductos y destrucción población civil.»

Desde el exterior, a las once y media de la mañana, se ha enviado a Aranda esta noticia reconfortadora: «Enemigo desmoralizado abandona posiciones. Nuestras tropas avanzan. Llegaremos. »

Tampoco será fácil, pues en este día 16, en que se ocupa el poblado de Gallegos y alturas al Norte, han de ser retiradas las fuerzas de la III bandera del Tercio, totalmente diezmadas.

 

La rotura del cerco

La noche del día 16 al 17, la Columna Teijeiro,  con su base en El Escamplero, planea la maniobra para la liberación de Oviedo, que ha de tener lugar al día siguiente, de manera inexcusable, pues caso contrario la plaza inevitablemente caerá en poder del enemigo. Para ello Teijeiro divide sus fuerzas en dos Agrupaciones. Una, formada por los tabores III de Ceuta y IVde Tetuán, muy mermados y bajo el mando del comandante don Elías Gallego, debería ocupar, por sorpresa, la Sierra del Naranco. A su amparo, la otra Agrupación, constituida con fuerzas de Asalto de La Coruña y dos compañías de Voluntarios, una de Orense y otra de Puenledeume, habría de marchar directamente sobre la capital asturiana y romper su cerco.

La Agrupación Gallego inicia el 17 su progresión con éxito y sin mayores obstáculos, avanzando al amparo de la niebla, por la cañada de El Rebollar. Pero más abajo, esa niebla es tan espesa que impide la marcha de la otra Agrupación hasta las once de la mañana. A tal hora, ya con suficiente visibilidad, se efectúa una preparación de artillería sobre el poblado de Loriana, donde se ofrece fuerte resistencia. Lo propio ocurre con el pueblo de Gallegos, siendo herido al ocuparlo el capitán Pérez López, jefe de la vanguardia. Toma entonces el mando conjunto el comandante don Jacobo López García, que consigue vadear el Nora, avanzar al Norte y Sur de Loriana y apoderarse de este pueblo con escasas bajas.

Sobre Oviedo, en tanto,ya despejado el día, vuelan los aviones de León, que bombardean y ametrallan las posiciones enemigas. La presión de los sitiadores, a lo largo del día, se acusa por el Oeste y desde el barrio de San Lázaro, mas se trata de una presión no excesiva, contenida con relativo desahogo.

La llegada, en tanto, a Loriana de una compañía de regulares del IV tabor de Alhucemas y la presencia de algunas banderas nacionales en las alturas occidentales del Naranco, deciden al comandante López García a continuar su progresión lo más rápidamente posible, antes de que el adversario se rehaga. Queda en Loriana la compañía de Alhucemas, protegiendo el flanco, a la vez que se va ocupando, en saltos sucesivos, las estribaciones del Naranoo hasta el lugar de Víllamar, mientras más al Norte, las cumbres llamadas Lubrió y La Roza son ganadas una tras otra, hasta alcanzar al vértice del Paisano, el punto más elevado.

Al Sur, un prisionero hecho por la Agrupación López García confiesa que las gentes de González Peña, dispersadas y desmoralizadas, se retiran. El momento es magnífico para el salto final, que ha de darse rápidamente, pues queda poco tiempo de luz y se ignora la resistencia que se encontrará en el barrio de La Argañosa, por donde ha de pasarse. Por otra parte no se tiene comunicación con el teniente coronel Teijeiro ni con el Mando superior, pero el comandante López García recuerda que la orden del jefe de la 8ª División, comunicada a través del coronel Martín Alonso, exigía un máximo esfuerzo para enlazar con las fuerzas defensoras de la Ciudad; por todo ello decide llevar a cabo ese supremo esfuerzo y continuar el avance.

Una sección ocupa previamente la loma Pando, muy próxima

y de excepcionales condiciones defensivas, advirtiendo al jefe de aquélla que si no puede entrar un Oviedo el resto de la tropa se replegara sobre la misma loma, dando una consigna para el consiguiente conocimiento entre los soldados.

Hecho esto la Agrupación se lanza directamente sobre Oviedo, yendo en vanguardia los de Asalto. Al llegar éstos a las primeras casas de La Argañosa, son recibidos por intenso fuego, de frente y sobre su flanco derecho, lo que hace muy penoso el avance, al tener que cruzar las fuerzas los peligrosos claros existentes entre las edificaciones, batidos con armas automáticas. Hay, además, una infiltración enemiga por la línea del ferrocarril y resistencias valerosas en edificios aislados.

Tras vencerse todas estas oposiciones se llega ante la Plaza de América, cerca de la calle de Uría, cerrada con parapetos de sacos terreros. Son ya, aproximadamente, las cinco de la tarde

y la débil luz amenaza apagarse. Las fuerzas de Asalto son aquí recibidas igualmente con fuego de fusil, apagado cuando dan aquéllas gritos de ¡Viva España! y ¡Arriba España! Se pide, desde uno de los edificios en que se ha hecho fuego, que avance el jefe de las fuerzas  y el comandante López García, acompañado de dos guardias de Asalto, cruza el espacio que los separa y siendo recibido por dos oficiales que demuestran inicial desconfianza pronto desaparecida.

El general Aranda, ya al habla con el comandante López García, dispone entonces que entre la Agrupación, con las precauciones debidas, pues la oscuridad se ha hecho ya completa. El contacto entre liberadores y liberados se establece exactamente a las seis y media de la tarde. En aquellos momentos Aranda sólo disponía de unos 30 hombres útiles como reserva final. Dos horas después entraba en Oviedo el coronel Martín Alonso y el teniente coronel Teijeiro.

 

La noche de la ciudad

Cuenta Juan Antonio Cabezas, que se encontraba fuera de Oviedo, su aspecto antes de tener lugar el anterior contacto. «Al oscurecer, Oviedo parecía envuelta en un angustioso silencio. Cerró la noche y la ciudad totalmente a oscuras se convirtió en una masa de sombras que perforaba de tarde en tarde algún disparo de fusil. En puntos del cinturón, alguna ametralladora disparaba una corta ráfaga. El silencio continuaba impresionante.» Y de repente… «De pronto -sigue Cabezas- se produjo un gran jaleo de cohetes y disparos. No tenía carácter de guerra. Había empezado por La Argañosa y en la falda del Naranco, y poco después se reproducía en la plaza de América y en la calle de Uría. Los cohetes y los gritos arreciaban. Gran cantidad de luces zigzagueaban en el aire y descubrían perfiles de la ciudad. Se oían gritos históricos de mujeres que expresaban una alegría indescriptible,»

Dentro de Oviedo ya se había tenido noticia cabal de la maniobra de las fuerzas liberadora: hacia el mediodía, cuando se vieron las primeras banderas en la Sierra vecina. Luego, ya en la tarde, una explosión fue interpretada exactamente como la voladura de un polvorín de las fuerzas en retirada. Por entonces ya se veían en las varias alturas del Naranco el color de los uniformes de los soldados de regulares.

La noche cayó oscurísima, sobre una ciudad desprovista de toda luz. Pero la intuición y el deseo imperioso comenzaron a volcar en la calle gentes impacientes, siendo luego de saberse la entrada de las primeras fuerzas de López García, cuando Oviedo se convertía en un inmenso cántico de resurrección.

 

La defensa de una ciudad

El sitio de Oviedo había durado, exactamente, noventa y un días. Huelga que añadamos ningún dato sobre cómo fueron de duros, de sacrificados, de trágicos.

El asedio costó a las fuerzas defensoras unas 2.300 bajas por acciones de guerra y 400, aproximadamente, por enfermedades, lo que suponía un 81 por ciento del total de los efectivos. En la población civil se cifraron las bajas causadas por los bombardeos y los proyectiles de la artillería en unas mil, con otras tantas ocasionadas por las enfermedades.

El general Aranda ha hecho aquí algunas precisiones. Ya el 1 de septiembre las bajas sumaban unas 800; a las que, y como consecuencia de los ataques al Cementerio en los días 8 y 9, había que añadir otras 300. En los días finales, del 4 al 12 de octubre, las bajas diarias serían de 100 a 150.

No conocemos ningún balance de los daños causados en los edificios de la ciudad por el asedio, pero bien podemos decir que tal balance huelga. Pues después de haber sufrido aquellos 120.000 impactos de la artillería y 10.000 de bombas de la aviación, puede asegurarse que Oviedo había quedado totalmente destruido. Las fotografías lo acreditan sobradamente, notificando que desde la catedral al último edificio todos conocieron los zarpazos de la guerra.

A tales zarpazos se unieron toda clase de factores adversos, que iban desde el hambre y la sed a las enfermedades, la muerte, las heridas y la privación del hogar. Sin olvidar, para Aranda y sus hombres, el grave problema que significaba tener dentro de la ciudad un enemigo cierto, auténtica quinta columna ,que no se dio por vencido en ningún momento.

La defensa de Oviedo en las condiciones que de sobra conocemos fue obra, parte principalísima, de la inteligencia, serenidad, valor y dotes personales de su Mando supremo. «Al número y la acometividad ciega -escribió luego Aranda- se opuso un plan de fuego a base de numerosas ametralladoras, profundo y elástico». Al ataque simultáneo, se respondió con el máximo desgaste local y el empleo metódico de las reservas, reconstituidas rápidamente. En definitiva, «la técnica y la preparación triunfaron sobre el número y la acometividad».

En el sitio de Oviedo el factor psicológico fue un aglutinante de todos los resortes civiles y militares de una multitud.

Pérez Solís escribió que «el coronel Aranda, seguro de sí mismo y de sus tropas, era el gran optimista». Los combatientes conocían la real situación y nunca se les ocultó la verdad, pero también la necesidad de morir en sus puestos. Esta compenetración entre jefe y soldados, basada en el conocimiento de una realidad amarga y el orgullo de cumplir una misión transcendente, constituye una lección histórica que no debe olvidarse.

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