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DEFENSORES DE OVIEDO

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (1)

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (1)

EL ASALTO A OVIEDO Y LA ROTURA DEL CERCO (4 a 17 de octubre)

Reorganización, unificación, militarización

El 29 de septiembre un Decreto dado en Madrid nombraba a Belarmino Tomás gobernador de Asturias y León, y a la vez presidente del Consejo Provincial del Frente Popular, también de Asturias y León. Tomás fijaba la residencia de estos organismos en Gijón, donde él se desplazaría, neutralizando así el organismo de preponderancia anarquista allí existente y unificando más o menos el poder político asturiano. Una Comisión Ejecutiva del Consejo entendería exclusivamente de asuntos de guerra, aunque González Peña seguiría siendo nominalmente Jefe de Operaciones y Comisario General.

Pero ello no sería obstáculo para que, al lado de la carga política y revolucionaria que suponía la dirección e inspiración de la guerra en Asturias, se formase el verdadero organismo de carácter militar. En efecto, por estos días aparece ya un Estado Mayor, al menos formalmente, al frente del cual se encuentra un extranjero, con grado de capitán, Teodoro Zu Putlitz. En este Estado Mayor figurarán las Secciones propias, con jefaturas de Artillería e Ingenieros. La presencia de jefes profesionales al frente de las secciones de Operaciones y de Organización dice mucho, así como la del teniente coronel Linares Aranzabe en el mando de las fuerzas que tratan de detener a las Columnas de Galicia.

A la vez se va imponiendo una organización militar regular, a base exclusiva de batallones, anuncio de las futuras Divisiones y Brigadas. Todo lo cual supondrá que también va a llegar el cambio -aunque sea inicialmente- a las fuerzas que cercan Oviedo, cambio “a mejor”, que traerá el endurecimiento del sitio. Un llamamiento de los reemplazos de 1932 y 1933 se hace regularmente, sometiendo a los reclutas al fuero castrense y la ordenanza militar.

Las fortificaciones de Oviedo

Si la fortificación de la plaza había sido en un principio totalmente sumaria, casi siempre amparando el frente de fuego sobre las edificaciones más apropiadas, el endurecimiento del cerco traerá también, fatalmente, el endurecimiento de la protección y amparo de Oviedo.

Se relegará el fuego de fusil a la defensa próxima y se desarrollará un plan de fuego de ametralladoras, empleando estas armas por parejas, al principio en construcciones urbanas y después en pozos, situando cada máquina en los extremos de una trinchera quebrada de 15 a 30 metros. Es decir, que se abandonan los edificios, cuyo valor es más aparente que real ante el fuego masivo, y se acude al correcto y vital empleo del terreno como elemento defensivo y protector, aumentándose el espesor de las cubiertas con carriles y tierra.

El trazado de las posiciones se hará generalmente a base de cunetas de 20 a 50 metros de longitud, donde se situarán de dos a cuatro ametralladoras, separadas aquéllas por intervalos de 100 a 500 metros. Las posiciones principalmente se constituirán con cunetas escalonadas, de forma que el terreno quede perfectamente compartimentado.

Pero siempre faltarán medios. «La gran escasez de alambradas limitó las defensas accesorias a algunos caballos de frisa, tendidos ante las posiciones principales», utilizándose raramente las minas y sólo contra los camiones blindados, cuando se aventuraban sobre carreteras y calles; minas «generalmente de tipo automático y excepcionalmente con mando a distancia».

Y faltarán también especialistas, esto es fuerzas de zapadores, inexistentes y sustituidas por las propias unidades de Infantería y Orden Público, aunque creándose una llamada Agrupación de Trabajadores Civiles seleccionados, la popular «Sección de Empuje», que en el período final del sitio se batiría en las posiciones más avanzadas, «sucumbiendo heroicamente en su casi totalidad».

Drama final de la vida ovetense

Escribió un día Pérez Solís: “Todo lo necesario para la vida de una población fue agotándose, más o menos lentamente».

Era verdad: la sombra de una tragedia irremediable se proyectaba cada día con los más oscuros tintes sobre la plaza asturiana, a la vez que un enemigo decidido a poseerla a toda costa iría ocupando paso a paso, día a día, edificios, calles, barrios, en medio de las más enconadas y violentas luchas sin cuartel.

La guerra y la no guerra, la vanguardia y la retaguardia, tendían a fundirse así. Drama de la vida civil o privada y drama de la vida pública o de la guerra. «Noches lúgubres –continúa Pérez Solís- aquellas de Oviedo, en tinieblas, bajo el fragor de los combates en las posiciones inmediatas y el bombardeo de los cañones enemigos». O de un incendio que devoraba manzanas enteras de casas, causando víctimas sin cuento.

Todo en medio de una espantosa escasez. Algunos artículos básicos -leche, carne, azúcar- se reservaban para niños, enfermos y heridos. La leche, condensada y natural, escasísima, se daba en Intendencia Militar, casi con cuentagotas, mediante receta facultativa. Y era conmovedor ver a las madres, impávidas, desafiando la metralla para conseguir el alimento de sus pequeñuelos. Muchas de esas madres abnegadas cayeron sobre el asfalto, apretando con la última crispación de sus dedos el bote que era la vida de sus hijitos queridos.

Pero lo peor seguía siendo «la escasez de agua, la falta de riego en las calles y de saneamiento en las alcantarillas, y el uso forzoso de agua de pozos, depósitos que no se renovaban y viejos manantiales abandonados». Todo ello acabaría desarrollando una epidemia de fiebres gástricas paratíficas de mal cariz, que degeneraron en tifus declarado.

Octubre de 1936. En Oviedo su población vive aplanada por los sufrimientos morales y materiales; aplanados pero sin abatirse ni entregarse. «En conjunto -escribió el general Aranda- la población resistía con serenidad, con buen espíritu y hasta con heroísmo, el calvario de los tres meses de privaciones, de penosos racionamientos, de molestias constantes y de peligros». Población cansada hasta el límite pero que aún sacaba fuerzas de flaqueza para reaccionar en momentos inesperados de la forma más exaltada y vibrante, como ocurrió al día siguiente de conocerse la liberación del Alcázar de Toledo.

Población mal alimentada, sedienta, enferma en gran número y que vive sin apenas ver la luz del sol. .

La preparación del gran ataque

La presencia de numerosos jefes y oficiales profesionales que están contribuyendo a infundir una cierta táctica a las unidades y mandos que cercan Oviedo, se apreciará claramente en la preparación de la ofensiva que pronto va a desencadenarse.

Gran derroche de medios.- El 23 de septiembre ha llegado a Gijón el grueso de la Flota, con abundante armamento, y las fuerzas de Infantería son ya considerables. Incluso han venido no menos de cinco batallones de Santander y Vizcaya, y el general Aranda acabará valorando los efectivos del enemigo en un total de 26.000 a 30.000 hombres.

El Frente ha sido dividido en Sectores y Subsectores. El que podríamos llamar Sector Norte, al parecer al mando de Martínez Dutor, comprende los Subsectores de Colloto, Lugones, Cayes, Naranco y Llanera. El Sector que bien podría denominarse Sur, al frente del cual está, según los indicios, Damián Fernández, cuenta con los Subsectores de Tudela-Veguín, Las Cruces y La Manjoya. Al Oeste está el Sector de Trubia-Sograndio.

La artillería del cerco, bajo el mando conjunto del capitán Manuel Espeñeira, dispone de más de 40 piezas, y la aviación, a las órdenes del teniente Hernández Franch, de suficientes aviones.

La superioridad en hombres, armas y medios de todas clases es absoluta, y llegado el momento se pondrá al servicio de una idea de maniobra muy sencilla: ataque demostrativo desde Las Cruces, seguido de otro por La Manjoya, para absorber reservas, y luego, rápidamente, el ataque principal contra la avanzadilla de La Cruz y la posición principal de la loma del Canto, y, a la vez, contra La Argañosa, buscando el mutuo enlace de ambas embestidas para adentrarse seguidamente en la ciudad por el Oeste, según ya calculara Aranda.

Sí: la ofensiva se ha preparado concienzudamente. Mucha instrucción, con abundante armamento, y la movilización de todos los servicios. Y una fecha se alza aquí, imperante, esperanzadora: la del 4 de octubre, domingo, aniversario de la Revolución de 1934. Hemos ponderado sobradamente la sugestión que ejercía sobre todos, pero ahora a esa sugestión se unirá un exigente motivo más para apoderarse en tal día de la codiciada ciudad: hay que borrar el mal efecto producido por la pérdida de Irún, San Sebastián, la frontera con Francia y toda la provincia de Guipúzcoa.

Las exiguas fueras de la defensa. Un reducto final y un cálculo de probabilidades

Pero si para Belarmino Tomás y González Peña la ocupación de Oviedo era un asunto políticamente vital, pues en ella se ponía espíritu de revancha, deseo imperativo de éxito y amor propio llevado al límite, para los generales Franco y Mola, jefe este último de todo el Frente Norte, el sostenimiento de la defensa ovetense era igualmente cuestión decisiva. Y no sólo desde el punto de vista político, sino también estratégico: pues sostener Oviedo era tanto como proteger Galicia y el Valle del Duero, y liberar del cerco a la ciudad equivalía a poder luego tener en la mano una base excelente de operaciones para, desde ella, ocupar el resto de Asturias. De aquí que ante las dolorosas circunstancias en que se encontraba el asedio, amenazado de un final adverso y quizá catastrófico, se acudiese a una medida excepcional: desviar parte de las fuerzas destinadas a la posible ocupación de Madrid hacia el Norte, para salvar a Oviedo.

Esta medida ha sido fuertemente censurada, dándose por hecha la segura ocupación de la capital de España si no hubiese tenido lugar aquel desvío. Ahora bien, en octubre de 1936 se consideraba muy probable, y más que probable casi seguro, el abandono de Madrid de sus defensores nada más asomarse por el horizonte las fuerzas que venían avanzando desde Toledo. Ello tardaría aún algunas fechas pero, en cambio, el hundimiento de la defensa de Oviedo podía ser inmediato, lo que quizá provocaría la invasión de Galicia y, sobre todo, del Valle del Duero, con resultados catastróficos. Ya se vio como los días 18 y 19 de julio se había intentado hacerlo, por medio de varias expediciones. Así, pues, salvando Oviedo se defendía algo más que una ciudad; un enorme trozo de España.

Y es que Aranda, ya general, sólo cuenta en estos días críticos y frente a la avalancha enemiga, que más que adivinada se sabe cierta, con sólo «500 defensores útiles y 100 heridos. Por lo demás, todo lo tiene pensado y previsto, y entre sus planes de corte numantino figura la fijación y preparación de una segunda línea, a la que plegarse desde la primera, línea definitiva que se defenderá hasta la vida del último soldado. La línea se ciñe al verdadero casco de la población y sus posiciones principales son éstas: Fábrica de Armas, Cuartel de Pelayo, Cuartel de la Guardia Civil, Cárcel, San Pedro de los Arcos, finca llamada La Matorria, Fábrica de electricidad de El Fresno, y conventos de Dominicas, Adoratrices y Santo Domingo.

Entre la primera y segunda línea, Aranda organizará varias posiciones de enlace y apoyo. Son el Matadero, la Fábrica de Luz del Naranco, la Plaza de Toros, el Asilo de Huérfanos, el Depósito de Aguas antiguo y la meseta de Catalanes.

El día 3, víspera de la ofensiva enemiga, Aranda envía a Mola un mensaje donde, después de hablar de los bombardeos, señala: “Podrán destruir más o menos edificios pero la defensa de Oviedo sigue tan enérgica y agresiva como el primer día”.

La ofensiva

Hasta la ocupación de la loma del Canto: 4 a 8 de octubre

La ofensiva fue precedida de un sospechoso gran silencio. «Llegó a no sentirse un tiro, ni de día ni de noche». El silencio se quebró exactamente a las cinco de la madrugada del día 4 de octubre. Fue la señal para que todas las piezas de artillería rompieran un fuego muy intenso, dirigido preferentemente a las obras de fortificación. Pronto volarían los aviones.

El primer intento de asalto se llevó a cabo sobre el Cementerio, corriéndose luego hacia el Oeste, por La Manjoya, loma Catalanes y Fábrica de El Fresno. Tomaban parle seis blindados provistos de cañón y ametralladoras, pero todas las embestidas fueron rechazadas, quedando inutilizados dos de aquellos vehículos y sufriendo ambas partes gran número de bajas.

Simultáneamente había tenido lugar el ataque principal, desde el Naranco, y sobre las avanzadillas de La Cruz -que se abandonó- y la posición Canto, que sufriría un fuego rápido y certero de varias piezas del 7,5. Sería rechazado igualmente.

Aquella noche el parte dado por Aranda a Mola hablaría de un ataque con «fuerte intervención artillera y de aviación», rechazado enérgicamente. Las piezas habían hecho más de mil disparos y los aviones –cinco-, efectuado seis bombardeos, en los que arrojaron líquidos inflamables, provocadores de algunos incendios. Las bajas propias eran ocho muertos y 76 heridos en la guarnición y cuatro muertos y dos heridos en la población civil.

El día 5 «amaneció nublado y pronto empezó a llover». Así, a la dureza de la lucha, ya denunciada, a las dificultades de todo orden para combatir y moverse, se uniría ahora un nuevo enemigo: el barro. El general Cores escribiría un día, hablando de los combates de esta jornada: «Continúa el ataque a la loma de Manjoya, defendida por 35 guardias civiles, y al caserío de Las Cruces, defendido por 45». Ambas guarniciones son anuladas, semi aisladas e inutilizadas por el fuego intenso de la artillería y camiones blindados, ordenando Aranda el repliegue de los supervivientes, que se retirarán con sus armas.

El general sería explícito y extenso en el parte enviado a Mola. Se había atacado por el Cementerio, pero además por La Argañosa y la falda del Naranco. «Nuestras fuerzas -diría Iuego- reaccionan en todas partes con gran espíritu», pero las bajas serán «unas cien», figurando entre ellas el teniente coronel Iglesias, muerto en la loma de Canto, a cuya defensa se incorporará el comandante Caballero. Durante la noche será cañoneada intensamente Oviedo.

Desde el otro bando, Belarmino Tomás se mostrará optimista. «El asunto se está poniendo muy maduro», comunica al Ministro de la Guerra.

A partir del día 6 la atención principal del Mando atacante se fijará en la loma del Canto, que considera, razonablemente, esencial para la defensa de Oviedo. Son unas pocas edificaciones endebles y varias fortificaciones no muy poderosas, guarnecidas por una compañía de Milán y unos cien guardias civiles, a los que se unirán luego dos secciones de Asalto.

Todo el día se combatirá encarnizadamente, lográndose conservar Canto pero a costa de 96 bajas, «que son repuestas durante la noche con elementos heterogéneos extraídos de los servicios auxiliares».

En las tres jornadas las pérdidas de las fuerzas de Aranda han alcanzado la cifra de 250.

En el parte dado por el General al terminar la jornada se dice: «Empiezo repliegue para poder sostener defensa», pidiendo vuele la aviación.

Cumpliendo este deseo, el día 7 volarán por primera vez sobre Oviedo aviones nacionales. La situación de Canto es ya verdaderamente desesperada. El fuego incesante, directo, va enterrando a los defensores entre los escombros, en medio de continuos ataques que causan hasta 105 bajas. ¿Con qué se repondrán? Con artilleros a pie, guardias municipales, conductores de camiones y empleados de varios servicios. Entre los muertos figura el comandante Vallespín.

Se perderá también en este día alguna posición en Buenavista y se sufrirá una violenta embestida, rechazada, por la loma de Abuli. Pero es la loma del Canto la que tiene contadas sus horas. El día 8 queda rebasada ampliamente por su flanco izquierdo, logrando penetrar en ella al anochecer fuerzas de Martínez Dutor. Se lucha cuerpo a cuerpo y es herido el comandante Caballero y heridos o muertos todos los demás jefes y oficiales. Las bajas alcanzan la cifra de 120 hombres, y ya de noche declarada, los escasos supervivientes evacúan los restos informes de la posición, retirándose sobre San Pedro de los Arcos, la Fábrica de Luz y la Cárcel.

Hay, además, en esta jornada ataques muy fuertes por el Cementerio y también, a la noche, por el Depósito de Máquinas y La Argañosa, posiciones éstas defendidas bravamente por los guardias de Asalto del teniente Rodríguez Cabezas. Sobre todos destacará, en esta jornada, el teniente Mayoral.

La pérdida de Canto, a 600 metros del comienzo de la calle Uría, corazón de Oviedo, reviste enorme trascendencia. Belarmino Tomás comunicará a Madrid: «Se han conseguido todos los objetivos. Todo va muy bien, muy bien y muy bien». Y, La Prensa, de Gijón, dirá en su número del día 9: «La jornada de ayer revistió iguales caracteres de triunfo que las anteriores. Se gana el terreno continuamente.»

Mientras, la vida dentro de la ciudad alcanza, minuto tras minuto, los más dramáticos caracteres. El continuo bombardeo ha destrozado la red de transmisiones y las conducciones de agua y luz, estando las calles prácticamente desiertas y viviendo las gentes aterrorizadas en los sótanos -ilusión protectora las más de las veces- sin apenas alimentarse.

No nos extraña, pues, que pasado el mediodía del día 8 Aranda enviase a Mola un mensaje, donde se dirá: «Cada hombre morirá en su puesto».

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