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DEFENSORES DE OVIEDO

¡Arriba España! en el café Peñalba

¡Arriba España! en el café Peñalba

Por F. A.

El día 19 de julio de 1936, que era domingo, Oviedo se incorporaba al levantamiento militar iniciado en Marruecos el día 17. Durante la mañana, poco soleada y más bien gris, de aquella histórica jornada, las calles y paseos se vieron menos concurridos que de costumbre en estas festividades semanales porque la mayoría de los ciudadanos presentían con justificado temor que los acontecimientos iban a precipitarse de forma imprevisible según se deducía de los diversos criterios que sustentaban los seguidores políticos de la izquierda o de la derecha, tratando en vano de resolver la común incógnita de si el Coronel Aranda acataria las órdenes del Gobierno o se uniría a la causa del alzamiento militar. La entrega de armas a los mineros procedentes de las cuencas de Mieres y Langreo en la tarde y noche anteriores parecía despejar cualquier duda en cuanto a la decisión que adoptaría el Comandante Militar de la Plaza. Pero lo que resultó ser más tarde una baza jugada con premeditada estrategia para alejar hacia Madrid a aquellos grupos de voluntarios -fogueados en la revolución de octubre del 34, que con su intervención en la capital asturiana podrían desarticular su bien estudiado plan de acción-, produjo, en cambio, el desánimo y la indignación entre los falangistas y simpatizantes que esperaban con ansiedad que Aranda se sumara al alzamiento antigubernamental.

Sin embargo, aquella mañana transcurrió con esa inquieta calma que precede a las tormentas. En todas las parroquias se celebraron las Misas de ritual con más afluencia de fieles madrugadores temerosos de lo que pudiera ocurrir más tarde, y que en su mayoría regresaban presurosos a sus hogares después de los oficios para esperar los acontecimientos escuchando las noticias de la radio. A la hora de la sobremesa, el famoso café Peñalba, frecuentado de ordinario por sectores sociales de la clase media y un simbólico objetivo final de los atacantes durante el asedio a la ciudad, se vio muy concurrido por personas identificadas con los militares sublevados, en número mayor a lo habitual por haberse desplazado a Oviedo muchas gentes de la provincia que habían padecido en sus localidades la experiencia del octubre revolucionario y que se consideraban más protegidas en la capital. En aquel ambiente, caldeado por el nerviosismo y la excitación, nadie se recataba en hacer comentarios en alta voz que corrían de mesa en mesa y en los que se difundían noticias «de muy buena tinta» plenas de optimismo sobre la marcha de los acontecimientos en el resto de España, aventurándose pronósticos sobre el rápido triunfo de la insurrección, hasta que, con una potencia que retumbó en todos los ámbitos del local, sonaron dos estentóreos gritos de «¡Arriba Españal» que hicieron enmudecer a los contertulios, provocando el desconcierto, seguido de una desbandada general que dejó el local casi vacío.

Los autores de aquella vibrante y provocativa exclamación en las tensas circunstancias del momento permanecían de pie, brazo en alto y con gesto más bien de asombro que de jaztancia, contemplando aquella fuga atropellada que habían provocado.

Ellos, al parecer, se habían propuesto poner en disposición guerrera a la clientela del famoso café, y su intento se frustró de aquella forma pintoresca y decepcionante. Por tratarse de un miembro de nuestra familia y de un amigo íntimo, mi hermano Juan y yo nos acercamos a ellos para alejarles rápidamente de aquel lugar, porque en el Paseo de los Álamos se había estacionado un grupo de personas, algunas armadas, cuyas intenciones eran totalmente opuestas a las nuestras y que, afortunadamente, no se percataron de lo ocurrido dentro del establecimiento, aunque no les pasó inadvertida su acelerada evacuación, que contemplaban con curiosidad y seguramente haciendo conjeturas de aquel espectáculo un tanto insólito.

Nosotros, más tranquilos, emprendimos el paso hacia la calle de Argüelles, pero cuando llegamos a la altura del bar La Paloma, los dos presuntos «inductores a la rebelión» se despidieron diciéndonos en tono irónico que ya tenían bien decidido lo que iban a hacer, y así lo demostraron más tarde, porque acudieron puntualmente a la hora de empuñar un fusil, comportándose como bravos combatientes durante el asalto a Oviedo y en la Campaña Nacional. Nuestro pariente resultó herido de gravedad, clasificado como mutilado absoluto de guerra asimilado a oficial, y el otro lució en el pecho la estrella de Alférez Provisional; pero lo realmente sorprendente es que jamás se les pasó por la imaginación que las revoluciones planeadas en una sidrería, entre culetes y cantarinos, están siempre condenadas al fracaso.

Oviedo, ciudad dos veces mártir

Oviedo, ciudad  dos veces mártir

Cuando hace un tiempo se reunieron en Madrid los representantes de las ciudades mártires de Europa, fue notoria la ausencia de la representación del Ayuntamiento de Oviedo, pues pocas ciudades hay en el mundo que fueran "dos" veces mártir, como lo fue nuestra ciudad.

Oviedo fue, sí, por dos veces mártir. La primera en octubre de 1934, cuando sufrió un golpe de estado cruento, como pocas veces lo hubiera soportado ciudad alguna, que costó la vida de muchos y buenos ovetenses, a los que hay que tener siempre presentes.

Recordaría al párroco de la Corte, don Román Cosío Gómez, que fue vilipendiado y asesinado por el solo hecho de hacer bien al prójimo. Al canónigo Sr. Baztán que, antes de ser asesinado, le sacaron los ojos.

Al padre Ludovico, carmelita, el cual fue martirizado sin piedad y asesinado.

A aquellos siete seminaristas cuyo único delito era el querer consagrarse a Dios; siete casi niños que fueron inmolados sin miramiento alguno.

O a los que el “Pichilatu” asesinó en la calle de Santa Ana, hombres y mujeres civiles todos ellos.

El día 10 de octubre Oviedo está en llamas, arden casas de las calles de Uría, Fruela, San Francisco, Argüelles, Jovellanos, Mendizábal, etc. Incendian y saquean el Convento de las Pelayas. Incendian también la inapreciable Universidad, con pérdida de su biblioteca, donde había ejemplares únicos que jamás podrían reponerse. Dinamitan la Cámara Santa de la Catedral con pérdida de un tesoro artístico inigualable. Asalto del Banco de España, de donde se llevaron 184 millones de aquellos tiempos. El saqueo de tantos y tantos comercios de la capital... y por qué seguir más, el Ayuntamiento con mejor conocimiento, puede ampliar hasta el máximo lo ocurrido en Oviedo durante aquellos infernales quince días del mes de octubre de 1934.

1936 - 1937

La Revolución de 1934, cuando los marxistas se sublevaron contra la Constitución de 1931, sencillamente porque no aceptaron el resultado democrático de las elecciones entonces celebradas el 23 de noviembre de 1933, fue sin duda alguna el principio de la guerra civil de 1936. Con aquel golpe de estado cruento, el marxismo perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar el Alzamiento Nacional.

Por eso podemos decir que no fuimos nosotros quienes provocamos la guerra civil, sino que por una necesidad absoluta, hemos tenido que empuñar las armas para no morir sin posibilidad de defensa como aquellos hermanos de la Doctrina Cristiana o los seminaristas de Oviedo.

Durante el periodo de julio de 1936 a octubre de fue nuevamente mártir nuestra Ciudad. Bombardeada durante 459 días, hubo alguno de ellos que la aviación estuvo sobre Oviedo, bombardeándolo, más de quince horas.

Creo que el Ayuntamiento no debería olvidar la perdida de la vida de tantos miles de ovetenses que sufrieron los horrores de los bombardeos sobre la población civil. Recordar a aquellos que murieron en la “Casa del Chorín», o los de la casa 12 o 13 de la calle de Santa Cruz, donde las bombas dejaron sin vida a todas las personas que se habían refugiado en aquellos sótanos. Las bombas que cayeron en el Hospicio Provincial en la calle Gil de Jaz, que terminaron prematuramente con la vida de aquellos niños que allí Vivian. De aquel 23 de febrero de 1937 donde fue bombardeado sin piedad el Hospital Provincial de Oviedo, causando gran número de víctimas entre la población civil que estaba hospitalizada, unos por enfermedad y otros heridos en bombardeos anteriores. Las escenas que se sucedieron fueron dantescas y quiera Dios que no vuelvan a repetirse.

Las bombas que cayeron en la panadería “Gallo”, en el Postigo, donde murieron tres de sus dueños y quedaron heridos el resto de los trabajadores que estaban elaborando el pan para la población civil. O de la que cayó en la panadería “El Molinón” y mató a su dueño.

Quién puede olvidar a aquella señora que dando gritos de dolor pedía auxilio y que al bajar a prestárselo los voluntarios que estaban de vigilancia en lo alto del café Cervantes, en la Escandalera, la encontraron muerta con un balazo en el pecho por donde se desangro.

Quién no recuerda a aquel niño, diez o doce años, que corría desangrándose, con una mano destrozada y lleno el cuerpo de metralla, dando gritos de dolor llamando a su madre, hasta caer inerte en medio de la calle con los ojos muy abiertos, mirando al cielo y preguntándose el porqué.

Si Oviedo no puede ser conquistado, será destruido, había dicho Indalecio Prieto. Y así fue.

No podemos olvidar tampoco el peregrinar de aquellos ancianos recogidos en las Herrnanitas de los Pobres que, desde la calle González Besada, tuvieron que refugiarse en la Plaza de Feijoo, donde hoy está la Facultad de Filosofía. Y que miedo pasaron los pobres, y con qué amor eran atendidos por las Hermanitas que día y noche no les dejaban ni un momento sólos.

Quien no recuerda... para qué seguir, sería interminable la narración de los hechos ocurridos en Oviedo, todos ellos protagonizados por ciudadanos de la capital.

En Oviedo no quedo ni una sola casa sin que recibiera la metralla enemiga; hasta nuestra Catedral recibe los impactos de las bombas y quedó desmochada dando ejemplo de la heroicidad de sus bravos defensores.

Si a la tan cacareada Guernica le dieron fama por un solo bombardeo, ¿qué le debieron dar a Oviedo que padeció 459 días de contínuos bombardeos? Pero parece ser que nada de la historia del glorioso Oviedo, es interesante para nuestro Ayuntamiento.

El martirio de nuestra ciudad, su segundo martirio, fue reconocido por el mundo entero por haber sido único en su género, y cualquier ciudad de la tierra la tendría siempre presente con verdadero orgullo, pues además no hay que olvidar que la gloriosa gesta de Oviedo fue hecha por ovetenses muy dignos, que no dudaron nunca anteponer su defensa al que la conquistaran hombres que no amaban a Dios, a España ni mucho menos a Oviedo.

Por eso nos duele que el Ayuntamiento, tan propenso en otras ocasiones, no hubiera protestado por tal olvido ante la reunión de «ciudades mártires». O, ¿es que solamente fueron ciudades mártires las marxistas?

Y así nos van las cosas, no defendemos lo nuestro, sea de quien sea. No defendemos nuestra historia y por tal somos olvidados.

La historia de Oviedo hay que respetarla como fue y no querer tergiversar hechos que, a más corto o largo plazo, han de salir a la luz de la verdad, de esa verdad que todos estamos obligados a amar, si de verdad amamos a Oviedo.

La historia no se debe de olvidar para que no se repita.

(Boletín de la Hermandad en el 51 aniversario de la liberación de Oviedo)

La Falange en la defensa de Oviedo

La Falange en la defensa de Oviedo

Diseminada en el ámbito asturiano, perseguida y encarcelados muchos de sus jefes, la Falange Asturiana seguía, inasequible al desaliento, realizando aquella misión que los elementos rectores del levantamiento en ciernes con gran acucio la encomendaban: mover la opinión, levantar los espíritus, hacer patente a las gentes timoratas que nada es imposible cuando el amor a España inflama los corazones y el espíritu de sacrificio manda sobre el egoísmo. Y en esta tarea, que en los últimos días realizaban las escuadras aisladamente, sin conexión, dejándose llevar sólo de su ímpetu, sobrevino el Movimiento Nacional.

De la desorientación que reinaba en la capital asturiana no vamos a decir nada, pues son centenares de camaradas, todavía, los que pueden certificar acerca del particular. Rebosantes de inquietud, de afán de hacer algo, los escuadristas permanecían en pequeños grupos recogidos aquí y allí en las viviendas, establecimientos y locales más heterogéneos que pueda uno imaginarse... Cuando a la caída de la tarde la voz de Aranda se expande por las ondas de la radio llamando a la lucha por la Patria y a la defensa de Oviedo, la Falange como un solo hombre respondió al toque de clarín y el Cuartel de Santa Clara, el de Pelayo, el de la Guardia Civil y el de Artillería, fueron testigos de la rápida concentración. Se carecía de mandos, no existía organización; faltaba quien ordenase y no había instrucción para el encuadramiento. Pero se tenía una clara noción del deber, un ferviente deseo de ofrecer sangre y vida en defensa de España y el pensamiento fue, dentro de aquel desorden, uno: presentarse, empuñar el fusil y luchar.

Pensar en reorganizar aquel generoso aluvión hubiera sido absurdo. El tiempo apremiaba y era preciso ocupar con urgencia las posiciones tras de las cuales había de emprenderse aquella misma noche la defensa de la ciudad. Por eso inmediatamente se adoptó el sensato acuerdo de dejar los grupos falangistas en los lugares de concentración y nutrir con camisas azules las respectivas unidades, harto mermadas en aquella ocasión.

Y a base de falangistas se completaron rápidamente aquellas compañías de choque que luego fueron modelo de entusiasmo, de abnegación y heroísmo.

¿Quién no recuerda las unidades del Milán mandadas por Bruzo y Sánchez Herrero? ¿Y las cuarenta y dos, dieciocho y undécima de Asalto, al mando del Comandante Caballero? Los falangistas formaron en ellas en proporción que llegó en muchas ocasiones al cincuenta por ciento, nutriendo sin desmayos los huecos que a lo largo del cerco iba abriendo en las filas la metralla del enemigo.

En estas unidades quedaron ya muchos hasta la liberación de Asturias.

Otros pasaron luego a los batallones voluntarios y éstos formaron aquel primer grupo netamente falangista que fue la alegre “Harca”. Y más tarde, roto ya el cerco, con los supervivientes del sangriento octubre, la Falange, bajo la jefatura del camarada Rafael Arias de Velasco, encuadra todos sus elementos, forma sus unidades y en los crueles combates de febrero se cubre de gloria luchando codo a codo con las demás fuerzas del Ejército Nacional. De todos los pueblos de la Asturias entonces liberada acudió la juventud falangista, y en Oviedo no faltan ya camisas azules, resaltando sobre la parda tierra de los parapetos. A uno que cae dos le sustituyen y el espíritu de José Antonio impera en las duras jornadas en un alegre e inquebrantable propósito de vencer o morir en la contienda. Ejemplo de valor y sacrificio nos lo ofreció, por ejemplo, aquella magnífica falange de Boal que hubo de entrar en fuego apenas puesto el pie en la ciudad y cuando la lucha se hallaba en los momentos más difícilmente terribles.

No es posible hoy reconstituir punto por punto el historial del comportamiento falangista en la defensa de la capital de Asturias. En aquel entonces se pensaba más en luchar que en escribir, se daba todo al servicio de la Patria y no quedaba nada para el cuidado de anotar méritos y dejar constancia escrita de hechos gloriosos. Se cumplía alegremente con un deber de buen español y no se daba importancia al sacrificio que el cumplimiento del servicio imponía.

Por ello, al tratar de resumir en unas contadas cuartillas el pasado hay que apelar a la memoria y ésta falla, confunde, mezcla cosas, no precisa fechas y expone a lamentables omisiones.

Agregaremos, pues, a lo dicho que la Falange, en la juventud y edad madura, se confundían en una espiritual generación, estuvo siempre presente en todos los aconteceres del frente de Oviedo, bien cerrada en el cuadro de sus milicias, bien inyectada en las demás unidades del Ejército regular. Estuvo siempre presente y podemos asegurar que en todo el cinturón defensivo no hay una pulgada de tierra que no haya sido regada por sangre de quien llevaba en el pecho con orgullo el yugo y las flechas. El Campón, Casas Fuertes... fueron testigos de un comportamiento insuperable. Y con orgullo consignamos la frase de uno de los altos mandos de la ciudad cuando, en aquellos angustiosos momentos de la ofensiva de febrero, alguien susurró el nombre de una posición sobre la que se enconaban entonces las embestidas del adversario: “esa no me preocupa; allí están los falangistas”

No creemos que en menos palabras pueda decirse nada más encomiástico, nada que exprese mejor la seguridad de un jefe en las fuerzas a las que se había encomendado la defensa de un puesto que, como todos los que rodeaban la población, era clave de victoria o derrota.

Con los cuadros de los falangistas defensores de Oviedo se formaron más tarde las tres banderas asturianas: Oviedo, Asturias y Gijón, que a lo largo de la guerra de liberación fueron jalonando con su bravura los avances de la reconquista.

Alternando con la lucha, dejando en los momentos de calma el fusil sobre el parapeto, la Falange fue durante el asedio montando su organización, sus servicios. En pleno cerco lanzó a la calle los primeros números de su órgano provincial, del que un periodista extranjero escribió en una de sus crónicas a un diario italiano: «Es el primer caso que me encuentro en mi peregrinar por el mundo. Generalmente los periódicos se confeccionan en la retaguardia para llevar la confianza y el espíritu de lucha a la vanguardia. Aquí, en Oviedo, el diario de la Falange se redacta y confecciona en primera línea, apenas a cien pasos del enemigo, y es el que lleva la confianza y la tranquilidad a la retaguardia de los pueblos asturianos ya unidos a la España Nacional»

Esta alternada labor de las armas y la organización hizo que al derrumbarse el frente en Asturias, la Falange pudiese hacer inmediatamente acto de presencia en toda la región, realizando una intensa labor de proselitismo, llevando hasta los más apartados rincones sus servicios y dando nacimiento a una obra que no tardó en cuajar en espléndida realidad.

Al conmemorar un aniversario más de aquella fecha en que Oviedo sufrió su mayor angustia y su mayor alegría, su momento difícil y su liberación, las milicias de la Falange, los supervivientes de la épica gesta, abren de nuevo sus brazos para estrechar en ellos con la cordialidad misma de entonces a todos los compañeros de lucha de las distintas unidades que hoy llevan con justicia en sus mangas las insignias de la laureada colectiva de San Fernando.

 

(Revista “Oviedo invicto y heróico, 50 aniversario de su liberación”. HDO)

Libros sobre el asedio de Oviedo

Libros sobre el asedio de Oviedo

Los bombardeos sobre Oviedo

Los bombardeos sobre Oviedo

Cada vez que oigo a los “rojelios” hablar sobre el bombardeo de Guernica me da pena y me asombra lo eficaz de la propaganda republicana, pensando en los bombardeos que padecimos en Oviedo durante quince meses. Todavía la historia no ha aclarado bien lo del bombardeo de Guernica, pues historiadores hay que dicen que también fue dinamitada, y no precisamente por las Tropas Nacionales. Pero este no es nuestro caso.

Durante quince meses fue Oviedo objeto de bombardeos por parte de la aviación roja; abatido por los cañones durante la noche y el día; morteros que no cesaban de hostigar las calles de la ciudad; tiroteos que, desde las partes más altas de Oviedo, enfilaban sus calles y disparaban contra mujeres, niños y ancianos.

¿Quién no recuerda la bomba que penetró por el portal en la casa del Chorín, explotando en el sótano, donde se habían refugiado varias familias de las inmediaciones, pereciendo casi la totalidad de los que allí estaban y teniendo que sacar sus restos a «paladas››, pues habían quedado sus cuerpos mutilados y la carne se entremezclaba con los cascotes?

¿Quién no recuerda lo sucedido en la última casa de la calle Santa Cruz, donde pasó algo parecido?

¿Quién no recuerda aquel niño, de diez o doce años de edad, que había salido de su casa para llevar un poco de leche al hermanito pequeño y que la metralla traidora segó su vida y yacía, en la Plaza del General Primo de Rivera, en el suelo sujetando con fuerza la lechera, de donde salía el blanco líquido para mezclarse con la sangre de aquel inocente, y que, con los ojos aún abiertos, miraba al Cielo y se preguntaba: «¿Señor, por qué?››?

¿Quién no recuerda a aquellas mujeres que fueron abatidas por el fuego de la artillería cuando esperaban en la tahona para poder llevar un poco de pan a sus hijos?

¿Quién no recuerda a aquellos ancianos que esperaban en la cola del agua y que la metralla canalla había segado sus vidas, con el único objeto de la destrucción de Oviedo y sus gentes?

¿Quién no recuerda las bombas asesinas caídas en el Hospicio Provincial y que terminaron prematuramente con la vida de aquellos niños cuyo único delito era tan sólo el vivir en Oviedo?

¿Quién no recuerda aquel 23 de febrero de 1937, donde las hordas marxistas bombardearon el Hospital Provincial de Oviedo, sin miramiento alguno para aquellos que estaban enfermos o heridos y no podían valerse por sí mismos?

Cuando, al tercer día de la impetuosa ofensiva desencadenada sobre Oviedo por los rojos de Asturias, fueron convenciéndose de que, pese al alud de material de guerra y material humano lanzado contra la capital asturiana, ésta, haciéndoles frente con su ya legendario denuedo, no cedía y, una vez más, les rechazaba, terminaron su fracasada intentona como de costumbre: renunciando a insistir en el ataque a las líneas de defensa, ya que éstas no se dejaban tomar, y dedicándose a bombardear a la gente pacífica e inerme, «merecido castigo» a población tan insensible a la doma.

Pero esta vez la rabia era excepcional, y excepcional fue también el desquite tomado. Les parecía poco, sin duda, el acostumbrado cañoneo a la población civil en sus viviendas. Y la considerable cantidad de munición gruesa que habrían de invertir en ello decidieron dedicarla a ser lanzada, con toda decisión, con toda profusión y con todo encono, contra el Hospital Provincial, harto ocupado a la sazón de heridos militares y civiles.

La artillería roja bombardeó a más y mejor el Hospital, tirando sobre él, desde la cercana posición, a su sabor, a tiro directo, y haciendo sobre él, como era de esperar, magníficos blancos. Los grandes y bien visibles signos indicado-res del humanitario y exclusivo destino del edificio contribuían no poco a afinar la puntería de los artilleros. No se perdía un tiro. Era el desquite.

Hubo que disponer una evacuación del Hospital sin demora. A poco que se tardase, la evacuación sería de muertos, no de heridos. Las granadas llovían sobre el Hospital, sobre el edificio, sobre las puertas de salida y en las vías de acceso. Herido hospitalizado hubo que, acabado de serle quirúrgicamente amputada una pierna, un cañonazo de los bombardeadores le seccionó la otra; heridos hospitalizados hubo que, esperando ser recogidos por los camilleros para su traslado, se arrojaban como podían de sus camas y trataban de huir sin saber cómo ni adónde.

Cuando la evacuación del Hospital, aun en tales dantescas condiciones, se llevaba a cabo, cuando la gran masa de los hospitalizados, los que no quedaron allí víctimas, habían sido trasladados a las ambulancias y éstas marchaban en busca de locales menos conocidos que el Hospital cañoneado, la artillería roja, con visión de los lugares y de los movimientos que constituían el objeto de su predilección, apartó la mira del Hospital y se dedicó a cañonear concienzuda e implacablemente la ruta de retirada de las ambulancias... y a los hospitales improvisados llegaron las que pudieron.

¿Quién no recuerda aquellas escenas de terror de todos aquellos enfermos o heridos que huían como podían de aquel espectáculo dantesco y que, alguno, sin una pierna imposibilitado para andar, se arrastraban pidiendo socorro y rogando a Dios que cesara aquella barbarie que no parecía hecha por raza humana. A aquellos heridos o enfermos que se arrastraban y se agarraban a cualquiera que pudiera andar para que les ayudara a salir de aquel infierno?

¿Quién ha dejado de recordar a aquellos heridos o enfermos que, arrastrándose hasta el Campo de San Francisco, yacían apoyados en sus árboles y, desangrándose, daban su vida por una España mejor?

¿Quién no recuerda tantos y tantos edificios de la ciudad, casi su totalidad, destrozados por la metralla asesina, y dando ejemplo de todos ellos, la torre de la Catedral, mutilada por la barbarie roja?

Por eso digo anteriormente que me da vergüenza ajena tanto cacareo del bombardeo de Guernica y tanto realce de ese triste cuadro que, para mí indebidamente, se enseña en el Casón del Prado.

Pese a todo, el marxismo no llegó a conquistar Oviedo. Por eso, OVIEDO HA SIDO INVICT O Y HEROICO.

 

(Del libro de Oscar Pérez Solís, «Sitio y defensa de Oviedo».)

Joaquín Gutiérrez Cano

Intervención de Joaquín Gutiérrez Cano en los actos de la Hermandad de Defensores de Oviedo. Octubre 1992

Retablo heróico (1)

Retablo heróico (1)

Por José Antonio Cepeda 

En el ánimo de quienes estaban en el juego, aquel domingo 19 de Julio de 1936, el toque de diana en el Regimiento de Infantería de línea Milán 32 o en el Grupo de Artillería de Montaña, situado en Rubín, tenía un especial significado.

En cuanto el Coronel Antonio Aranda Mata, Jefe de la Comandancia Militar Exenta de Asturias, diese la orden clave, todo se desarrollaría de acuerdo con lo previsto. Había que salir a las calles y plazas de la ciudad de Oviedo y tomar posiciones, de indiscutible valor táctico, en torno a la plaza.

Lo más natural es que la diana hubiese sido floreada, pero hubiese resultado un tanto extraña para los que no estaban en un juego que iba a florecer en una de las gestas más señaladas de la historia de España.

Ni el número de combatientes ni la situación topográfica de la plaza de Oviedo podían hacer pensar que la defensa, frente un adversario más fuerte, iba a ser tan encendida y tan práctica. Millares de hombres que, por el contrario, estaban en condiciones de caer sobre la Meseta de Castilla, permanecieron “entretenidos” por obra del talento estratégico y táctico del Coronel Aranda, ante un conjunto de posiciones que, en ningún caso, ofrecían facilidades para ser tomadas. Oviedo fue la esponja que retuvo a millares de hombres, salvando así la retaguardia de los contingentes nacionales de Somosierra, La Granja y Balsaín, el Alto de los Leones, Robledo de Chavela o la destacada y abulense altura de Nuestra Señora de Sonsoles.

 AUN ESTÁ POR SABER.

Aún está por saber cómo un pelotón de requetés, al mando del oficial Jesús Evaristo Casariego, fue capaz de alcanzar -en una mañana de bajas brumas- el llamado Boquerón de Brañes.

Salieron por la parte de la Argañosa, cruzaron La Lloral, pasaron por Loriana y treparon al Boquerón. Varias horas después, caída ya la tarde, regresaron a la ciudad y, sin darle más importancia a la cosa, penetraron en el cuartel de Pelayo, cenaron y durmieron como benditos hasta bien entrada la mañana del día siguiente. No creo equivocarme, pero entre ellos iba también el oficial de requetés Leopoldo Prada que, además de portarse como un valiente durante el sitio de Oviedo, tenía tiempo para formar pequeños grupos corales.

Estos requetés que llegaron hasta Brañes fueron, sin duda, el fermento que hizo posible la constitución del Tercio de Nuestra Señora de Covadonga, citado en varias ocasiones durante la ofensiva adversaria del 21 de febrero de 1937. Estaban de posición, en ese trance, en lo que hoy es la Plaza de la Gesta. Su flanco izquierdo se apoyaba, días más tarde, en la III Bandera de la Legión, de posición en el bombardeado Hospital, que a su vez se daba la mano por su flanco derecho con una centuria de Falange, situada en la Plaza de América, debajo del puente de la denominada en aquella época calle de Fuertes Acevedo, hoy Avenida de Galicia.

 

SANGRE INOCENTE.

En verdad, la aviación enemiga, que despegaba de una base improvisada en el Valle de Guimarán, en el concejo de Carreño, era raro que bombardease las posiciones establecidas en la plaza de Oviedo. Los pilotos, en un alarde de valor que no tenía nada de tal, volaban sobre el interior de la ciudad, a bastante altura, y soltaban sus artefactos a voleo.

Como era de esperar, centenares y centenares de civiles -mujeres, niños, ancianos, enfermos- pagaban las consecuencias de aquellos bombardeos que en ningún caso bajaban la moral de los defensores.

A mí, por desgracia, me tocó participar en la tremenda tarea de sacar un elevado número de cadáveres de la casa que hace esquina entre Foncalada y Caveda. Una bomba, de espoleta retardada, perforó el tejado y descendió hasta el sótano por el hueco de la escalera. Estaba, en aquel instante, en el cuartel de Santa Clara, en el que acababa de entregar un parte recibido del Jefe de Milicias. Pronto se escucharon gritos que, por momentos, se convertían en alaridos de pobres criaturas que, aunque heridas, desgarradas por la metralla, habían sobrevivido. Aquellos desgraciados seres pronto fueron evacuados, en camiones del 10º Grupo de Asalto, a los hospitales.

Pero lo que resulta difícil de describir era el espectáculo que ofrecía lo que quedaba en la profundidad del sótano: niños sin cabeza, muchachas con las piernas amputadas de raíz, ancianos con el pecho hundido, mujeres jóvenes que nadie era capaz de reconocer...

En dos camiones que acaso perteneciesen al Parque de Bomberos, fueron cargándose no sólo cuerpos destrozados, sino miembros sueltos, trozos de carne; una mano, un brazo, la parte suelta de una rodilla, una cabeza en la que llamaban la atención unos ojos abiertos que expresaban asombro, sorpresa. No había tiempo para lamentarse o percibir repulsión alguna.

Un deber cristiano y militar impulsaba a rescatar, hasta con paciencia, lo que allí quedaba entre los escombros.

Quede claro que hechos como éste se produjeron en otros lugares de la ciudad mientras duró la defensa. ¿Cuántos millares de personas, no combatientes, murieron en Oviedo desde Julio de 1936 a Octubre de 1937?. No es fácil, ni mucho menos, obtener así por las buenas datos fiables.

Sobre el bombardeo de Guernica ya existen estudios dignos de todo crédito y por ello se sabe que el número de víctimas no responde a las cifras ofrecidas por el adversario. Fueron muchos menos los muertos y heridos; y eso que en el reducido espacio de Guernica existían dos fábricas de armas y estaban de guarnición dos batallones de guardias, sin contar con las unidades que se retiraban a posiciones más propicias después de abandonar Marquina y Durango.

Mejor hubiera sido que Picasso continuase pintando el cuadro sobre los toros ibéricos y no haber puesto en circulación, debidamente recompuesto, un cuadro que no vale cinco duros de los de ahora.

Lo que sucede es que el papanatismo alcanza grados inconcebibles a nivel de masa, hábilmente dirigida e intoxicada por atrevidos pedantes.

Retablo heróico (2).

Retablo heróico (2).

MUSICA Y BANDA.

El 8 de septiembre de 1936 padeció Oviedo un constante ataque de la aviación enemiga. Durante trece horas, desde las 07.00 horas a las 20.00, aviones procedentes de Carreño soltaron sobre la vertical de la ciudad bombas de distintos tipos: perforantes, contra personal, o incendiarias. Al mismo tiempo, la infantería adversaria atacaba nuestras posiciones de San Esteban de las Cruces, Catalanes y El Campón.

A última hora de la tarde ardían en pompa el convento de los Carmelitas Descalzos, dos casas de la calle Rosal, cinco en San Lázaro y alguna más en el Postigo. Las calles de Oviedo presentaban un aspecto desolador. Una capa de cristales, pedazos de maderas, de balcones de cemento y de puertas arrancadas de cuajo, ponían de relieve las consecuencias del bombardeo aéreo.

Algún extraviado, que en todas partes los hay, llegó en su indignación a pedir que se sacase de la cárcel a los presos. Puedo afirmar, categóricamente, que esto no se le ocurrió a ningún defensor de la plaza.

La respuesta del Coronel Aranda fue rápida, ordenó que recorriesen las calles y plazas la música y la banda de cornetas y tambores del Regimiento de Infantería Milán 32. Los músicos, como es fácil de deducir, desfilaban tropezando aquí y allá con los trozos de materiales desprendidos de las casas semiderruídas, Las sonoras voces de las trompetas, el grave sonido de los tambores, la antigua rúbrica de los pífanos o los clarinetes, los acentos metálicos de los platillos o el contrapunto de las cajas, alzaban un clamor que, al recordarlo, me produce aún ese escalofrío que en tantas ocasiones acompaña a la emoción más honda.

MÉDICOS DE ALMAS Y CUERPOS.

En la estremecedora defensa de la ciudad de Oviedo, que en ningún caso puede olvidar toda persona honesta, los médicos de almas y cuerpos cumplían con una abnegación, en la que no contaba la fatiga, de perfiles extraordinarios.

Los primeros, los médicos de almas, ponían en situación de irse derechos a la gloria de Dios a quienes les solicitaban la absolución “in extremis” o normal.

Los segundos, los médicos en el arte de curar las carnes, el cuerpo, luchaban contra la muerte en una pugna desesperada. ¡Cuántos y cuántos combatientes o civiles salvaban sus vidas por obra y gracia de médicos de todas las edades, que en algunas ocasiones también luchaban con un fusil en las manos si era preciso!. En principio curaban, pero luego participaban en la proeza de defender unos ideales que ellos consideraban justos.

Se podría escribir largo y tendido de los heróicos servicios de los bomberos, de los policías municipales, de los distribuidores de agua, de los conductores de ambulancias y camiones, de los encargados del apoyo logístico. Y de muchas más gentes que defendieron Oviedo sin darle mayor importancia a lo que hacían. No importaban el cansancio, el sueño, la enfermedad o el impacto psicológico en aquellos que sabían que cumplir con el deber es virtud de todo soldado.

 

José Antonio Cepeda