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DEFENSORES DE OVIEDO

Las fuerzas defensoras de Oviedo

Las fuerzas defensoras de Oviedo

REGIMIENTO DE INFANTERÍA MILÁN Nº 32.-  Todos sus hombres, mandados por el coronel Don Eduardo Recas Marcos, dieron ejemplo de disciplina y valor y, elevando el nombre del Regimiento a las cimas del heroísmo, alcanzaron la “Tercera Corbata de la Cruz Laureada de San Fernando” y la “Medalla de Oviedo”.

GUARDIA CIVIL.-  Por disciplina, valor demostrado, profesionalidad, espíritu de sacrificio y también por ser el contingente más numeroso, fue pieza clave en la defensa de Oviedo. Mandada por el Teniente Coronel D. Carlos Lapresa Rodríguez, desarrolló toda clase de funciones, desde las propias de guardar el orden público, como el de dar golpes de mano o defender las posiciones avanzadas en la guerra de trincheras.

Dos secciones de la Guardia Ciivil, a las órdenes del Comandante de Asalto Caballero, participaron en la toma del cuartel de Santa Clara, hecho clave para el triunfo del Alzamiento en Oviedo.

El 20 de Julio de 1936, fuerzas de la Guardia Civil ya habían tomado posiciones en los puntos clave para la defensa de Oviedo, entre ellos Teléfonos, Telégrafos, estaciones de ferrocarril, etc.

En la Casa-cuartel de Lugones se constituyó inicialmente una avanzadilla de la línea inicial de defensa.  Al poco, fue sitiada y su dotación, 35 guardias al mando de un sargento, defendió heroicamente la posición hasta que el mando ordenó su repliegue a La Corredoria. Esta operación fue apoyada por el envío de una columna.

GUARDIA DE ASALTO.-  Al mando del Comandante D. Gerardo Caballero Olabézar. Por su gran preparación física, por su preparación militar, por su conocimiento del terreno, se convirtió en la fuerza de choque ideal para la defensa de Oviedo. Su misión fue, ante todo, participar en todos los ataques que se realizaron durante el cerco. Todo ello, sin descuidar el servicio de trincheras cuando así lo disponía el mando.

GRUPO DE ARTILLERÍA DE MONTAÑA.-  Al mando del Capitán D. Luis Fernández Corujedo, por estar ausente de Oviedo el Comandante Jefe del mismo. A pesar de la carencia de medios, desempeñó una importantísima labor durante el cerco de Oviedo, destacándose en  los combates de Olivares y en la toma de El Campón, operaciones en que su intervención fue decisiva.

En los últimos días del cerco, al carecer de munición para las piezas, los artilleros con sus mosquetones al brazo, lucharon en las trincheras junto a las demás fuerzas, sufriendo un importante número de bajas.

FALANGE ESPAÑOLA DE LAS JONS.-  Al mando de D. Rafael Arias de Velasco Sarandeses. A base de voluntarios falangistas se completaron rápidamente las compañías de choque que fueron ejemplo de entusiasmo, abnegación y heroísmo.  En las compañías del Milán, mandadas por los capitanes Bruzo, Gispert y Sánchez Herrero, en la 42ª y 18ª de Asalto, los falangistas formaron en ellas y ocuparon sin desmayos los huecos que, a lo largo del cerco, iba abriendo la metralla del enemigo.

Entre ellos, destacaron con luz propia los componentes de la HARKA que, por su valor temerario, eran admirados por la población ovetense.

Debemos destacar, dentro de los voluntarios de Falange Española, la labor realizada por los llamados “Flechas”, la adolescencia de La Falange que, al mando de Matamoros, y a pesar de sus pocos años, realizaron una lobor importantísima en la defensa de la ciudad. Entre otras actividades, desarrollaron una labor de enlace entre los distintos puestos de mando, incluido el del Coronel Aranda, y los puestos avanzados correspondientes, a ellos les correspondía transmitir el santo y seña o contraseña de cada día. Su actuación valerosa y, en muchos casos, heróica, fue reconocida por el Comandante Ladreda y así se lo expresó al enlace de su Batallón en las posiciones de Los Postigos y Santo Domingo.

LOS VOLUNTARIOS.-  Atendiendo al llamamiento del Coronel Aranda, se presentaron el 20 de Julio de 1936 en los cuarteles del Milán, Santa Clara, Rubín y de la Guardia Civil, un gran número de voluntarios pertenecientes a organizaciones distintas a Falange Española. Debido a estar los voluntarios encuadrados y repartidos en todas las unidades que participaron en la defensa de Oviedo, no hubo combate de importancia en que no estuvieran presentes, siendo testigo de su actuación el tributo de sangre pagado en dichas acciones.

BATALLÓN DE VOLUNTARIOS DE OVIEDO.-  Al mando del Comandante D. José María Fernández-Ladreda. Ante la angustiosa situación, producida por el goteode bajas imposibles de sustituir, nace el “Batallón de Voluntarios de Oviedo”, también conocido como “Batallón de Ladreda”. Sus componentes, sin estar en edad militar, se prestan a colaborar en misiones de retaguardia, aunque a finales de Septiembre de 1936, al reducirse el cerco de Oviedo, forman valientemente en primera línea, teniendo un 75% de bajas, entre muertos y heridos.

El Batallón de Voluntarios de Oviedo estaba formado por siete compañías al mando de:

D. Alfonso Barón de Torres, capitán de Caballería.

D. Juan García San Miguel, capitán de Ingenieros.

D. Ángel Chaín García, capitán de Artillería.

D. Plácido Álvarez-Buylla y López-Villamil, capitán de Artillería.

D. Juan Rodríguez Gómez, capitán de Artillería.

D. Amador González Soto, capitán de Artillería.

D. Simón Alonso González, capitán de Infantería.

Todos estaban retirados del servicio activo.

En el momento de la disolución del Batallón, el 19 de Julio de 1937, el General Aranda les decía: “Me siento emocionado, pues no podré olvidar que hombres llamados para la segunda línea, y libres casi todos ellos de obligaciones militares, han desempeñado durante el Cerco un puesto de vanguardia, cooperando como valientes en la Defensa de la heroica ciudad de Oviedo. De vuestro comportamiento no he de hablar, los muertos y heridos son la más clara muestra de vuestro heroísmo.”

 

LAS FUERZAS MINORITARIAS.-  Automovilismo, Ingenieros-Zapadores, Estado Mayor,  Centro de Movilización y Reserva, Caja de Reclutas, Carabineros, Intendencia, Sanidad Militar, Sección de Topografía, Transmisiones, Guardia Municipal, Serenos, Bomberos, y Agentes de Policía, participaron activamente en la Defensa de Oviedo, uniéndose a las fuerzas defensoras cuando la ciudad necesitó del esfuerzo de todos.

 

TODOS ESTAS FUERZAS GANARON PARA LA CIUDAD DE OVIEDO LOS TÍTULOS DE “INVICTA Y HEROICA” Y SUPIERON ELEVAR SU NOMBRE Y EL DE OVIEDO A LAS CIMAS DEL HEROISMO.

 

 

Las mujeres en el cerco de Oviedo

Las mujeres en el cerco de Oviedo

Si algún día se escribe, documentada y detalladamente, la historia de la Defensa de Oviedo, habrá forzosamente que incorporar a ella la activa presencia femenina durante los largos días del cerco y del asedio.

El día en que el Coronel Aranda sublevó la ciudad, las mujeres vieron bajar, camino del Cuartel, a sus hombres para ofrecer su cooperación. Y los contemplaron ir, un poco expectantes y un mucho desorientadas, porque de momento no captaron, en su conjunto, toda la dramática dimensión del momento.

La reacción tardó en producirse exactamente veinticuatro horas. Al día siguiente se empezaron a organizar, en diferentes puntos de la ciudad, las cocinas en las que se habrían de preparar las comidas calientes que luego serían enviadas a las posiciones de primera línea. Aun no se había producido el primer contacto con el enemigo y la manutención de los hombres en armas era el vital  problema del momento. Ni un solo día dejaron de entregarse las raciones en cada puesto, aunque se comenzaran a preparar en una casa y se terminaran en otra, porque el bombardeo se había llevado la chimenea o el lugar en que estaban aquel día.

A los pocos días, los primeros ataques y las incursiones de la aviación enemiga habían de dejar sobre las piedras de las posiciones, las rojas veneras de la sangre de los defensores y, junto a los primeros heridos, las primeras mujeres en funciones de enfermeras llegaron al Hospital. Puede asegurarse que allí donde un combatiente luchaba, había en la retaguardia una mujer dispuesta a aliviarle silenciosamente los rigores de la campaña.

No fueron en ningún momento las mujeres de Oviedo, en su colaboración para la defensa, la encarnación de esas figuras consagradas por el cine y las fotografías propagandísticas, portadoras de uniformes inmaculados y llenas de gracia y belleza. Eso quedaba para las retaguardias tranquilas, no para Oviedo.

La actitud femenina en la defensa de Oviedo, se ha caracterizado por la serenidad. Ni gritos, ni lágrimas ni histerismos. Una calma serena, una fe indesmayable, una conciencia de la responsabilidad y una firme y unánime resolución de morir sobre las piedras de la ciudad, sabiendo que su labor era imprescindible para la defensa de la misma.

Si el elemento hombre significó en la Gesta el valor esforzado, indómito y exaltado, la mujer representó la fortaleza de espíritu en su más alta acepción. No hubo dolor que le fuera extraño, ni sacrificio que la arredrase, ni temor que pudiera hacerla abandonar su puesto.

Vio florecer de rojo sus vestiduras de enfermera, en un espasmo de rabia impotente, cuando la metralla mordió su carne en el bombardeo del Hospital y cayeron sin un grito, continuando las restantes ayudando en la evacuación de los heridos. Cuando en las salas del Hospital entraban los proyectiles, en el quirófano, cuyos cristales se deshacían a pedazos, mujeres de Oviedo ofrecieron sus venas, en supremos donativo, para que su sangre detuviera la vida que se iba por las heridas de algún combatiente. Tras este servicio, más sublime por la naturalidad y sencillez con que había sido llevado a cabo, pálidas, sujetándose las gasas sobre la vena recién picada, aun sonreían al hombre roto que había recibido en sus arterias el tibio goteo generoso que coloreó sus mejillas.

Tuvieron hambre, sed, cansancio infinito, náuseas y un temor sojuzgado en su espíritu que perlaba de un fino sudor sus frentes, en tanto permanecían en sus puestos y la muerte las rondaba con solicitud y constancia de amante apasionado, que acaso muchas veces se detuvo, antes de dar el definitivo abrazo, por esa especie de respetuosa sugestión que, sobre los elementos, la fatalidad y el destino ejerce siempre lo extraordinario.

Lo padecieron todo menos el desmayo en la lucha y la vacilación en su fe. Pensaron que podían morir, nunca que su ideal pudiera no triunfar.

En medio de la ciudad en ruinas, sus voces se elevaron cantando la Gloria del Hijo de Dios en su nacimiento, la noche del 24 de Diciembre; ayudaron en el tránsito final a las almas de los heridos que morían bendiciéndolas; cerraron sus ojos, signaron las frentes con la cruz y aun ayudaron luego a retirar sus cadáveres; y luego, activas y diligentes, volvían a vestir de limpio la cama recién desocupada para que hallase descanso en ella otro cuerpo tronchado. Vendaron heridas, lavaron pies hinchados y tumefactos por la larga permanencia entre el fango de las trincheras; cargaron cientos de cubos de agua, pelaron kilos y más kilos de patatas, y un día de un otoño dorado y azul, cuando sobre la crestería de los montes circundantes vieron aparecer las tropas que, al fin, rompían definitivamente el asedio, volviendo por los fueros de su debilidad, cayeron de rodillas sollozando para agradecer a Dios el final de la trágica y gloriosa pesadilla.

La Artillería en la defensa de Oviedo

La Artillería en la defensa de Oviedo

«El artillero no puede desconocer lo que representa para el resto de las tropas combatientes. Debe redoblar sus esfuerzos en cualquier acción». (Teniente General Carlos Martínez de Campos).

Servir sin hacerse notar y darlo todo según las propias virtudes y esfuerzos es propio de hombres nobles. Cada uno tiene sus exigencias y han de ser atendidas con sumo cuidado para no malograrlas. De esta forma entendían su trabajo aquellos que durante el Cerco de Oviedo no se concedieron descanso para que las armas estuviesen en condiciones de ser empleadas allí donde fuera preciso. En la Fábrica Nacional de Armas Ligeras de La Vega, se elaboró con eficacia y no siempre gozando de la tranquilidad que requiere el estudio, el análisis y la aplicación de las correspondientes técnicas.

Pese a ello, jefes, oficiales, maestros de taller y trabajadores se esforzaron para conseguir que las unidades de la plaza, desde el 19 de julio al 17 de octubre de 1936, dispusiesen de armas en condiciones de combate. No se contentaron los hombres de La Vega con tener a punto los fusiles y ametralladoras, sino que, además, realizaron trabajos de fina precisión con destino a las bocas de fuego del Grupo de Artillería y de los morteros de 50 y 81 mm. El material no admitía rémoras.

En la Fábrica Nacional de Armas Ligeras de La Vega, al iniciarse el Alzamiento, se encontraban presentes el coronel director, Eldiberto Esteban Caracotche; el comandante jefe de Detall, Saturnino Fernández de Landa; el teniente Manuel Menéndez Manjón y Félix García de la Cueva. El capitán Almeida fue pronto nombrado alcalde de Oviedo y el teniente Menéndez pasó al Estado Mayor de Aranda. Se agregó, a los mandos citados, el comandante Modesto Venta, jefe de la Comisión de Movilización de Industrias Civiles, varios maestros de taller retirados y un número suficiente de trabajadores que se encargaron de atender el funcionamiento de la maquinaria.

La tarea desempeñada por los artilleros de La Vega acaso no haya sido valorada. En muchas ocasiones se trabajaba bajo el fuego de la artillería enemiga o de las bombas de aviación, que llegaron a destrozar parte de algunas naves e hirió gravemente al teniente Menéndez Manjón, que perdió una pierna.

Un hombre destacó en la época del Cerco y, más tarde, en el Asedio, el comandante Fernández de Landa, que compatibilizó la jefatura de Detall con la de fabricación. Posteriormente se pusieron de relieve sus dotes singulares al aceptar la directa responsabilidad de desmontar la maquinaria de La Vega y transportarla a La Coruña, donde, en edificios no muy adecuados, la puso en orden de fabricación para satisfacer las demandas de los frentes de combate.

Fernández de Landa ocupó el cargo de Director de la Fábrica de La Coruña al ponerla en funcionamiento. En agosto de 1937, prefirió ser destinado a una unidad de combate y tomó el mando de un Grupo del 39 Regimiento de Artillería en el frente de Córdoba. Al desplomarse el Frente del Norte, el 21 de octubre de 1937, el comandante Fernández de Landa, a instancias del Comandante General de Artillería del Cuartel General de Franco, fue destinado, como director, a la Fábrica Nacional de Cañones de Trubia, rescatada de manos enemigas.

El Grupo de Artillería de la Brigada Mixta Exenta, de guarnición en Oviedo, compuesto por cerca de 250 hombres y ocho piezas de obuses de 105 mm. y dos de 70 mm., ha de ser valorado en cuanto su misión específica de potencia y de influencia psicológica que impuso al enemigo. Los fuegos de sus piezas pueden resultar decisivos en el combate.

La carencia de bocas de fuego en la plaza de Oviedo, en número aceptable para su defensa, impidió una actuación que hubiese puesto en un aprieto a los atacantes.

Al averiarse seriamente una pieza del 105 mm., hubo que dar al grupo una ágil  movilidad. Esto permitió éxitos de relieve en el apoyo a sectores o posiciones en extremo peligro, como sucedió en El Campón y El Bosque, en septiembre; en la defensa de los sectores de Pando Norte, La Cadellada y Buenavista y en las operaciones de Olivares, El Campón y Lugones. La falta de munición invalidó, en los últimos días del Cerco, batir al enemigo en sus ataques a El Canto, San Pedro de los Arcos, Estación del Norte, la Argañosa, Catalanes, Adoratrices, San Lázaro, etc. En la plantilla del Grupo figuraban los capitanes Fernández Corujedo y Cabeza Prieto. El primero, por antigüedad, era el jefe de la unidad.

En los dramáticos días del 4 al 17 de octubre tomaron todos los artilleros un fusil al no disponer las piezas de munición, cayendo alguno de ellos, con el coraje de los infantes.

 

Escudos humanos en El Musel

Escudos humanos en El Musel

 

 

Belarmino Tomás, Rafael Fernández y el barco prisión "Luis Caso de los Cobos".

 

En “este-país” antes llamado comúnmente España y que ahora se intenta evitar siquiera pronunciar su nombre -no sea que piensen que uno es facha o algo parecido- reina desde hace tiempo la dictadura de lo políticamente correcto y de la ocultación, cuando no la tergiversación más brutal y abyecta, de los hechos históricos recientes y no tan recientes acontecidos en “este-país”. Así, trepas y chaqueteros profesionales han sido elevados a la categoría de honorables héroes de la transición, a base de repetir continuamente la misma cantinela hasta que ésta se vaya convirtiendo en verdad incontestada. Y personajes con historial sangriento, siniestro y criminal, han sido convertidos en virtud de este papanatismo imperante, en hombres de consenso, políticos moderados, y artífices de la reconciliación. No nos referimos solo a Santiago Carrillo, nombrado recientemente Hijo Predilecto de Gijón a iniciativa socialista y con el apoyo expreso del PP (excepción hecha de sólo dos ediles populares, lo que les honra), sino a otros insignes personajes del socialismo asturiano cuya trayectoria se ha maquillado mediáticamente hasta casi ser llevados a la beatificación.

Pero como la realidad es tozuda y la historia está ahí, por muy molesta que resulte para algunos, vamos a retroceder unas décadas atrás:

El 24 de Agosto de 1937, en la fase final de la ofensiva Norte del ejército Nacional, se constituye el Consejo Soberano de Asturias y León, como institución política soberana e independiente por tanto de la República, y que incluso llegó a emitir moneda -los popularmente llamados “belarminos”, en referencia a su presidente Belarmino Tomás-. Este engendro, como tal, duró bien poco, hasta la huída masiva del «Gobiernín» (así calificado despectivamente por el propio presidente Manuel Azaña) estando ya las tropas nacionales cerca de Gijón, concretamente en Colunga.

Comenta Azaña que «del Gobiernín, el coronel Prada -recién nombrado jefe del Ejército del Norte- dice pestes. El más señalado era Belarmino Tomás, enteramente sometido a la CNT. La política que se seguía allí servía para fabricar fascistas. En Gijón, incautándose del pequeño comercio, de las pequeñas propiedades, etcétera, han logrado hacerse odiosos. Encarcelaba a niños de 8 años porque sus padres eran fascistas y a muchachas de 16 o 18 años, sobre todo si eran guapas». Lo cierto era que solo en los dos primeros meses del Alzamiento, asesinan en Gijón a más de seiscientas personas; muchas sacadas de la Iglesiona, cárcel responsabilidad del Gobierno, por tanto de Belarmino, puerta con puerta del cuartel de la Guardia de Asalto y a menos de cien metros de su despacho. Durante el asedio al cuartel de Simancas, Belarmino que, entre otros, mantenía como rehenes a la mujer e hijos del coronel Antonio Pinilla –jefe de la guarnición sitiada- les obligó a hablar llorosos por los altavoces conminándoles a su rendición, bajo amenaza de fusilamiento, algo que repitió también con las esposas e hijos de otros sitiados, a semejanza de lo ocurrido con el hijo del coronel Moscardó en el Alcázar de Toledo, quien finalmente fue fusilado.

Belarmino Tomás, que había participado como jefe civil de la salvajada sangrienta de Octubre de 1934 y ahora presidente del Consejo Soberano, se encontraba ya haciendo las maletas mientras los hombres de Higinio Carrocera se batían el cobre en el Mazuco frente a las Brigadas Navarras que estaban entrando ya en Asturias. Cuando Belarmino y sus consejeros ya tenían un pie en el barco para huir, faltaban horas, llegaron a declarar: “Al militar que abandone el puesto no hay que darle tiempo a que explique por qué lo abandonó. Se la fusila antes, sin que explique nada. No se puede perder el tiempo en oír excusas de cobarde. Si es un hombre que no quiere pelear, se le fusila; si es una unidad que no responde todavía a la llamada, se la diezma o quinta (se fusila uno de cada diez o cada cinco); si es un grupo disperso se le ametralla”. Eso sí, no se iban con las maletas vacías. Belarmino había ordenado, bajo pena de muerte, que se aplicó en ocasiones, la entrega de todo el oro y joyas, así como cambiar las pesetas por los “belarminos”, que no eran otra cosa que billetes como los del Monopoly hechos por él sin ningún valor monetario. De toda esa fortuna nunca se supo más nada.

En esta situación, el crucero nacional Almirante Cervera frente a la costa gijonesa hostigaba a la flota republicana en El Musel por lo que Belarmino Tomás advirtió que “los 2.200 prisioneros que tenían serían fusilados al primer disparo”. Ya había advertido por telegrama a la Sociedad de Naciones que “de continuar los ataques aéreos a Gijón, el Consejo daría orden de ejecutar a todos los presos políticos”. Y no era vana la advertencia: el 14 de Agosto los aviones nacionales bombardean objetivos militares en Gijón (estación de ferrocarril, correos, emisora de radio y el cuartel de Asalto) y esa misma noche sacan a 116 prisioneros que son asesinados, como había prometido.

Siendo Rafael Fernández –posterior presidente de la Autonomía asturiana en la transición- consejero de Justicia y Orden Público del Consejo Soberano, presidido por su suegro Belarmino Tomás, la Iglesiona de Gijón se había convertido en siniestra cárcel atestada de presos políticos y de un sinnúmero de gentes que los frentepopulistas habían catalogado de enemigos. Rafael Fernández, “el yerno de la bestia de Belarmino” como ya era conocido en aquél entonces, realiza uno de los más inicuos mecanismos de represión puestos en práctica durante la guerra. La crueldad gratuita de este episodio, que parece haber sido borrado de esa memoria histórica tan reivindicada, adquiere una dimensión aún más terrible cuando se sabe que en esas mismas y trágicas jornadas, los miembros del poder judicial, responsables de su situación, preparaban su huida de Asturias. Cosa que efectuarían desde el puerto de San Esteban de Pravia, la noche del 12 de octubre de 1937, a bordo del remolcador "Somo".

Al producirse los bombardeos sobre el puerto de El Musel, de la Iglesiona y de la cárcel de El Coto son sacadas 150 mujeres y 365 hombres, siendo llevados todos ellos al barco prisión Luis Caso de los Cobos, que es situado pegado al destructor republicano “Ciscar”, el más rápido de la Flota roja y en el que Belarmino pensaba huir. El terror y los sufrimientos de aquellas gentes convertidas en auténticos escudos humanos, alcanzó cotas difícilmente imaginables.

Uno de los supervivientes relata: “Nos llevó allí una orden del Consejero de Justicia y Orden Público, un mozo llamado Rafael Fernández, antiguo aprendiz de encuadernador que, en el periodo revolucionario se había hecho yerno de Belarmino. En El Musel quedamos los presos, dícese que en calidad de antiaéreos para defender el petróleo o lo que nos pongan al costado. Nosotros creemos que es para asesinarnos…”. Y allí quedaron, hacinados en las dos sucias bodegas del destartalado carbonero, aquellos hombres y mujeres agonizando, enfermando y enloqueciendo; sus gritos y lamentos se escuchaban a kilómetros. “…Así hubimos de estar, condenados a muerte por el Consejo Soberano de Asturias y León y a iniciativa del miserable Rafael Fernández, durante cincuenta y tres días, llenos además de sufrimientos y vejaciones”.

Relata Guillén Salaya: “Lo primero que observamos fue que no disponíamos de espacio ni siquiera para dormir. Había que formar una verdadera parra humana. Lo segundo que pudimos comprobar era que estábamos encerrados en una bodega y en ella no había retrete. Los primeros malos olores comenzaron a herirnos en aquella trágica madrugada y no nos abandonaron durante los más de cincuenta días que vivimos en el estercolero del infierno… El yerno de la mala bestia de Belarmino había inventado un infierno que no se le ocurriera a Dante”.

No deja de sorprender cómo, a día de hoy, este terrible episodio de represión brutal sobre centenares de hombres y mujeres inocentes es sistemáticamente obviado y silenciado por la mayoría de historiógrafos y pseudohistoriadores que insisten en mostrar una versión distorsionada y manipulada de hechos ocurridos en la historia reciente de España, bajo la mirada atenta de los censores de la Ley de la Memoria Histórica. Como también sorprende, en ese vano intento de cambiar la historia, el afan político y mediático de edulcorar y ataviar como moderados y prudentes gobernantes a algunos de los más siniestros personajes que ha dado el socialismo español.

Diario REGIÓN (22 DE Octubre de 1937)

Diario REGIÓN   (22 DE Octubre de 1937)

Titulares:

"EL FRENTE NORTE HA TERMINADO CON LA CONQUISTA DE GIJON Y AVILES.

LOS CABECILLAS ROJOS HAN HUIDO COBARDE Y TRAIDORAMENTE.

NO SUPIERON MORIR COMO LO HICIERON LOS “HEROES DEL SIMANCAS."

 

El día 21 de Octubre de 1937 termina la guerra en el Norte, con la toma de Gijón y Avilés. Así comentaba el diario “Región” el día 22 de Octubre de 1937:

Gijón y Avilés ocupados - El frente Norte no existe - La cuarta Brigada de Requetés de Navarra fue la primera unidad que penetró en Gijón - Todas las posiciones que rodeaban Oviedo conquistadas.

FRENTE DE ASTURIAS: El Frente de Asturias se ha derrumbado hoy ante el empuje de nuestras tropas. El enemigo derrotado y abandonado por sus cabecillas, entrega las armas a las columnas nacionales. En los frentes de Oviedo y del Nalón, en el de Villaviciosa y en el de Infiesto, las fuerzas rojas se entregan a los vencedores. Columnas nacionales salidas de Pravia y del Escamplero, al compás de otras que avanzan desde Oviedo, se dirigen sobre Gijón y Avilés, ciudades ambas que han quedado ocupadas en el día de ayer por el Ejército Nacional. La población, en manifestación enorme en las calles, agasaja a nuestros soldados. Con las armas nacionales entra la paz y la justicia en todo el Norte de España. El frente Norte ha desaparecido.

 

 CRONICA DE “EL TEBIB ARRUMI” (seudónimo de Víctor Ruiz Albéniz, abuelo de Alberto Ruiz-Gallardón):

Españoles, hoy doy rienda suelta a mi alegría. Apenas si la emoción me deja hacer esta crónica, y en ella, más que mi pluma, hablará mi corazón.

En el Cuartel General de las Brigadas de Navarra esperábamos esta mañana la Santa Misa que diariamente se celebra. Nuestro capellán se había retrasado, y esperábamos con impaciencia, cuando de pronto, una llamada desde Villaviciosa requirió la presencia del General Solchaga. Al Comandante de Ingenieros que mandaba uno de los sectores, acababa de presentarse un ayudante del coronel Franco, el de Trubia, comandante militar de Gijón, que avisaba que Belarmino Tomás y todos sus secuaces habían huido en buques que se hallaban anclados en el Musel. A los batallones rojos, se les había ordenado replegarse hacia Avilés, pero se temía un movimiento anárquico en Gijón, y por ello, los nuevos dueños de la ciudad.

Inmediatamente el General Vigón lo dispuso todo para que el avance se hiciese con la máxima rapidez. La cuarta Brigada de Navarra, que es la que más cerca estaba de Gijón, emprendió la marcha a las ocho de la mañana, y en solo cinco horas, cubrió los 36 kilómetros que la separaban de la ciudad. Treinta y seis, porque estaban volados varios puentes y fué preciso hacer un largo rodeo por varios caminos apartados. El avance fue tan veloz que a las cinco de la tarde, los requetés se hallaban en “El Puentín”.

Fui invitado por el general jefe de las Brigadas a entrar en Gijón. Hicimos la entrada junto a Camilo Alonso, precedidos por carros de asalto. Gijón no nos esperaba tan pronto, y no bien comenzaron a entrar las primeras fuerzas, el entusiasmo se desbordó. el recibimiento que se nos tributó en esta ciudad no cabe compararlo con los de Santander y Bilbao. Aqui la emoción ha sido mas intensa, e inmediatamente de la entrada, las casas se engalanaron con improvisadas colgaduras, y la lluvia de flores, cayeron sobre los requetés que se adueñaban de la ciudad.

Bastó que huyesen los diligentes para que las tropas fuesen recibidas con entusiasmo desbordante. Y pido a todos un homenaje para estas bravas Brigadas de Navarra que han liberado todo el Norte de España:

Para las Brigadas de Navarra, para Mola, para Solchaga, para Vigón, para Camilo Alonso. Con ellos, y con la abnegación y heroísmo de Aranda, para todos los Defensores de Oviedo.

Lejos quedaban ya los recuerdos de aquel día 4 de Septiembre de 1936 cuando la aviación roja estuvo bombardeando Oviedo durante trece horas consecutivas a la población civil. Cuando unos aviones se marchaban, aparecían otros, con lo que no quedó ni un solo minuto de estar sobre Oviedo para bombardearlo continuamente. Oviedo se cubrió de cascotes y escombros. Los muertos aparecían en las calles y se tuvieron que improvisar puestos de socorro, en las mismas calles, para curar las heridas padecidas por la población civil por tan cruel hazaña. El coronel Aranda dijo: “No ha habido población alguna en España que haya sido atacada con tal furia, con tal saña, como ha sido atacada la ciudad de Oviedo. Sin embargo, yo he visto en las caras de todos más indignación que temor, más fe en la victoria que miedo, más fe en la causa que defendemos que temblor”.

A la terminación del salvaje bombardeo, se formó una manifestación patriótica que recorrió las calles de Oviedo, acompañada de la banda de Música del Regimiento Milán 32, dando vivas a España y Aranda.

Lejos quedaban ya los recuerdos del combate a San Esteban de las Cruces el día 8 de Septiembre de 1936, festividad de Nuestra Señora de Covadonga, la Santina para todos los asturianos. Los defensores de las posiciones nacionales, se batían contra un enemigo infinitamente superior, que disponía de todos los recursos de aviones, artillería, morteros, camiones blindados. Todo lo habían utilizado durante ocho horas sin que las tropas nacionales cedieran un solo milímetro, prefiriendo caer en su puesto antes de abandonarlo. Con hombres así, Oviedo es inexpugnable, había dicho el coronel Aranda.

Lejos quedaban ya los recuerdos de los ataques a la loma de El Canto, donde los últimos ataques de los rojos durante el “cerco”, se desarrollaban trágicamente, y eran rechazados una y otra vez. El Canto, durante varios días del mes de Octubre de 1936, era un barrizal debido a la continua lluvia que caía sobre los parapetos. La artillería enemiga se ceba sobre las posiciones. Ya no hay casi parapetos y da la sensación de que la defensa solo cuenta con los cuerpos de los defensores, y éstos, debido a las bajas, escasean de manera alarmante. Los combates alcanzan perfiles numantinos. Han muerto muchos Jefes y Oficiales, Suboficiales y Tropa, pero Oviedo seguía en pie.

Lejos quedaban ya los recuerdos de la liberación de Oviedo el día 17 de Octubre de 1936, cuando las tropas del Teniente Coronel Teijeiro, vencidas las defensas enemigas, con unos trescientos hombres en vanguardia, procedían a liberar a Oviedo, después de tres meses de Cerco. “Oviedo se salvó, dijo el ya general Aranda, Oviedo se salvó y salvó a España, por su fe, fe en Dios, fe en cada uno de los defensores, en sí mismos y en sus compañeros, fe en los destinos de España”.

Lejos quedaban ya los recuerdos del bombardeo al Hospicio Provincial que terminaron prematuramente con las vidas de aquellos niños cuyo único delito era el de vivir en Oviedo.

Lejos quedaban ya los recuerdos de la bomba que cayó en la casa del “Chorín”, en la Calle Caveda, explotando en el sótano donde se habían refugiado varias familias de las inmediaciones. Perecieron casi su totalidad, teniendo que sacar los restos a paladas, pues habían quedado sus cuerpos tronchados, y la carne se mezclaba con los cascotes.

Lejos quedaban ya los recuerdos de aquellos niños muertos cuando inocentemente jugaban en la calle. De aquellas mujeres que fueron abatidas por la aviación o la artillería roja cuando esperaban en la tahona para poder llevar un poco de pan a sus hijos. De aquellos ancianos que esperando en la “cola” del agua, la metralla marxista había sesgado sus vidas.

Lejos quedaban ya los recuerdos del día 18 de Febrero de 1937, cuando nuestra Catedral fue objeto del más cruel y miserable bombardeo y la herían tan despiadadamente, destrozando la Torre galana y esbelta, consiguiendo, con los disparos de sus cañones, abatir la enhiesta figura de nuestra Torre demoliéndola en parte; pero lo que nunca pudieron conseguir, es abatir nuestro espíritu de católico y cristiano.

Muchos “carbayones” hemos llorado al ver tus heridas. No me extraña, Torre mía, Catedral nuestra, que nos destrocen el corazón. Por los cascotes de la Torre de la Catedral, sonaron las campanas, tus campanas, que también lloraban.

Lejos quedaban ya los recuerdos de aquel día 23 de Febrero de 1937, donde las hordas marxistas bombardearon el Hospital Provincial sin miramiento alguno para aquellos heridos y enfermos, militares o civiles, que no podían valerse por sí mismos. Cuando al tercer día de la impetuosa ofensiva desencadenada por los rojos sobre Oviedo, el 21 de Febrero, por batallones vascos, santanderinos y asturianos, fueron convenciéndose que, pese al alud de material de guerra y humano lanzado sobre la capital del Principado de Asturias, ésta haciéndoles frente con su ya legendario denuedo, no cedía y una vez más les rechazaba, terminaron su fracasada intentona, como de costumbre, renunciando a insistir en los ataques a las líneas defensivas, se dedicaron a bombardear a las gentes pacíficas e inertes, a la población civil de Oviedo.

Pero ese día la rabia fué excepcional, y excepcional fue también el desquite tomado. Les parecía poco, sin duda, el acostumbrado bombardeo a la población civil en sus viviendas, decidieron dedicarla a ser lanzada, con toda decisión, con toda profusión y con todo encono, contra el Hospital Provincial, harto ocupado a la sazón por heridos o enfermos tanto civiles como militares. El bombardeo sobre el Hospital de Oviedo, se hizo a pesar de los grandes y visibles signos indicadores del humanitario y exclusivo destino del edificio. Hubo que disponer una evacuación del Hospital sin demora. A poco que se tardase, la evacuación sería de muertos, no de heridos o enfermos.

Las granadas llovían sobre el Hospital, sobre el edificio, sobre las puertas de salida y las vías de acceso; sobre los quirófanos. Herido hospitalizado hubo que, acabado de serle amputada una pierna, una bomba le seccionó la otra. Hospitalizado hubo que, esperando ser recogido por los camilleros para su traslado, se arrojaba como podía de su cama y trataba de huir sin saber cómo ni a donde. Cuando la evacuación del Hospital, aún en tales dantescas condiciones, se llevaba a cabo, cuando la gran masa de los hospitalizados, los que no quedaron allí victimas, habían sido trasladados a las ambulancias y estas marchaban en busca de locales menos conocidos que el Hospital bombardeado, la artillería roja, con visión de los lugares y de los movimientos, apartó la mira del Hospital y, a tiro directo, se dedicó a cañonear concienzuda y implacablemente, la ruta de retirada de las ambulancias. Y a los “hospitalillos” improvisados en las iglesias de Las Salesas y San Isidoro y en el Círculo Mercantil en la calle Santa Cruz, llegaron los que pudieron. Y aquellos otros que, heridos o enfermos, huían como podían de aquel terrorífico espectáculo, y que, algunos sin pierna o imposibilitado para andar, se arrastraban pidiendo ayuda para que les hicieran llegar al próximo “Campo de San Francisco”, donde, al amparo de los árboles, se creían a salvo del salvaje bombardeo.

Lejos quedaban ya los recuerdos de los ataques al Campón, Olivares, Cementerio Viejo, Adoratrices, Lugones, Pando, La Cadellada, Fábrica de Armas, Postigos, Estación de El Norte, Santo Domingo, San Pedro de los Arcos, etc.

Lejos quedaron ya los recuerdos al heróico comportamiento de las Fuerzas de la Guardia Civil, de Carabineros, del Regimiento Milán 32, de Artillería, de Falange, y Requetés, del Batallón de Voluntarios de Oviedo, de Ingenieros, de Asalto, de Intendencia, de Sanidad, y de la Guardia Municipal, que en el sitio de Oviedo ganaron para la ciudad los títulos de “Invicta y Heróica”.

Y para seguir, lejos quedaban ya los recuerdos de aquellos quince meses de bombardeos que avalan la primicia de lo que padeció Oviedo relacionado con los Bombardeos. Que nos hablen a los defensores de Oviedo de Guernica, de sus ciento o ciento cincuenta muertos, cuando en Oviedo pasaron de los cuatro mil las víctimas de la población civil, sin contar los heridos, nos causa...

 

 

 

 

El levantamiento del cerco de Oviedo

El levantamiento del cerco de Oviedo

Octubre de 1936. Las columnas gallegas

Con los restos de los tabores de Regulares de Ceuta y Tetuán se organiza una Agrupación al mando del comandante Gallegos, que en las primeras horas de la madrugada emprende la marcha con el fin de ocupar las alturas de la Sierra del Naranco, por sorpresa. El resto de la columna se dispone a continuar el avance al amanecer, cruzando el río Nora, pero la intensa niebla impide iniciar la marcha hasta las once horas, momento en que disponiéndose de la visibilidad necesaria se efectúa una preparación artillera sobre el lugar de Loriana, en donde el enemigo ofrece resistencia.

Iniciado el avance con la unidad de Voluntarios de Orense, fuerzas de Asalto de La Coruña, y una compañía de Voluntarios de Puentedeume (La Coruña) recién incorporada, se encuentra fuerte resistencia enemiga al alcanzar el lugar de Gallegos, resultando herido el jefe de esta vanguardia, capitán de infantería Pérez López, siendo sustituído por el capitán de la misma arma, habilitado de comandante, don Jacobo López García, que consigue vadear el río Nora y, tras un avance por el Norte y el Sur de Loriana, logra que el enemigo abandone sus posiciones del pueblo, ante el temor de ver cortada su retirada, ocupándose dicho lugar con escasas bajas.

Como el objetivo señalado a dicha vanguardia era la ocupación de Loriana y esperar órdenes, el jefe de la vanguardia da cuenta al de la columna, Teniente Coronel Teijeiro, de haber cumplido su misión y solicita autorización para continuar el avance, por estimar que el enemigo no ha de ofrecer resistencia al haberse retirado desmoralizado.

La llegada a Loriana de una compañía de Regulares de Alhucemas y la presencia de las banderas nacionales en las alturas occidentales del Naranco, que indican el avance de la Agrupación del Comandante Gallegos, deciden al Comandante habilitado López García a continuar el avance todo lo posible antes de que el enemigo pueda rehacerse, y dejando en Loriana la compañía de Regulares mencionada, va ocupando en saltos sucesivos las estribaciones del Naranco, hasta el lugar de Villamar, sufriendo ligero paqueo del flanco izquierdo, que es anulado con reconocimiento de patrullas, que hacen un prisionero, el cual manifiesta que el enemigo, dispersado y desmoralizado, se repliega a las líneas de Oviedo.

En Villamar los naturales informan que desde ese lugar la entrada en Oviedo ha de hacerse cruzando el barrio de La Argañosa, en poder de los rojos. Oviedo está a la vista y en un último asalto puede intentarse establecer enlace con las fuerzas defensoras de la ciudad, pero quedan pocos minutos de luz y se ignora la resistencia que puede oponer el enemigo, principalmente en La Argañosa. No se ha conseguido comunicación alguna del mando y las fuerzas de la columna del Teniente Coronel Teijeiro parece que han detenido el avance. En vista de que la orden del Capitán General de la 8ª Región, comunicada por el Coronel Martín Alonso en Cuero, el día 6 de Octubre, la víspera de iniciarse el avance final sobre Oviedo, exigía un máximo esfuerzo para enlazar con la mayor urgencia con las tropas defensoras de la ciudad, decide al Comandante López García a continuar el avance.

Existiendo en las proximidades de Villamar una loma trapezoidal perpendicular a la dirección del avance (Loma Pando), que ofrece excelentes condiciones de defensa, es ocupada por una sección (50 hombres) cuyo jefe es advertido de que si por la resistencia enemiga no se consigue entrar en Oviedo, el resto de la vanguardia (250 hombres) se replegará sobre dicha posición, dándose una consigna para el reconocimiento de las tropas, por si se lleva a cabo dicho repliegue.

Se continúa el avance y al aproximarse las tropas de Asalto de La Coruña, que vqan en vanguardia, a las primeras casas del barrio de La Argañosa, se empieza a sentir intenso fuego enemigo, principalmente del flanco derecho (Depósito de Agua de Oviedo), lo que hace penoso el avance, pues obliga a cruzar los frecuentes claros existentes entre los edificios individualmente, bajo un fuego intenso de armas automáticas que baten la carretera. Al propio tiempo es necesario anular la resistencia opuesta por pequeños grupos en algunos edificios y una infiltración por la línea del ferrocarril, que es aniquilada.

Al fin, se llega a la entrada de la calle de Uría, que está cerrada con un parapeto de sacos terreros y, al aproximarse las tropas nacionales, son recibidas con intenso fuego desde los edificios, lo que hace sospechar que la resistencia proceda de las fuerzas rojas. Se dan gritos de ¡Viva España! y ¡Arriba España! con lo que se consigue el cese del fuego. Desde uno de los edificios de donde ha partido el fuego se pide que avance el jefe de las fuerzas, lo que hace el Comandante López García acompañado de dos guardias de Asalto, cruzando la plaza que los separa hasta el parapeto de sacos terreros, en donde es recibido por dos oficiales que visten mono azul y demuestran desconfianza al contestar el Comandante López García a la pregunta de uno de ellos sobre qué tropas son las que conduce, que se trata de la vanguardia de las fuerzas gallegas, compuestas por voluntarios y tropas de Asalto (no figura ninguna unidad regular). Por otra parte, el citado Comandante ostenta la insignia de la habilitación de su empleo sobre el rectángulo rojo (así se dispuso para las primeras habilitaciones). Por ello es conducido a la presencia del jefe del Sector, en donde se aclara la situación, consiguiendo ponerse al habla con el Coronel Aranda, jefe de las tropas defensoras de la ciudad, el cual dispone que, con las precauciones debidas, pues ya la oscuridad se ha hecho completa, entren las tropas que han quedado detenidas fuera del recinto.

El contacto se establece a las 18,30 horas y, recibida la pequeña columna por el propio Coronel Aranda, éste felicita al Comandante López García y le manifiesta, al conocer los efectivos que conduce, que esa noche pueden sentirse tranquilos. Y al observar la extrañeza de dicho Comandante, le hace presente que en esos momentos sólo dispone escasamente de 30 hombres para acudir a cualquier lugar del frente que pueda encontrase en peligro, y que por consiguiente la presencia de 250 hombres puede proporcionarle una tranquilidad de la que no goza desde hace tiempo.

Dispone, a continuación, dando con ello ejemplo de su generosidad y afecto a las fuerzas liberadoras, que a las fuerzas defensoras se les distribuya rancho en frío y la comida caliente que estaba dispuesta para ellas se ceda a las tropas gallegas, alegando que éstas llevan varios días alimentándose con rancho en frío y sufriendo intensas lluvias. Asimismo, dispone su alojamiento en los cuarteles, negándose a que realicen ningún servicio durante la noche, con el fin de que puedan operar al día siguiente para descongestionar el cerco que sufre la ciudad.

Dos horas después de haberse producido el contacto de las fuerzas gallegas con las defensoras de la ciudad, entran en ésta el Coronel Martín Alonso y el Teniente Coronel Teijeiro, que, con sus Planas Mayores, han seguido el avance de la vanguardia del Comandante López García, guiados por las banderas blancas que, con figuras de mariscos en rojo, llevan los Voluntarios de Puentedeume. El grueso de la Columna de liberación pernocta en el campo, verificando la entrada en la ciudad en las primeras horas de la mañana del día 18.

Los últimos días del cerco de Oviedo. 4 a 17 de Octubre de 1936

Los últimos días del cerco de Oviedo.           4 a 17 de Octubre de 1936

La epopeya del sitio y defensa de Oviedo entra en la fase más dura, en el ataque definitivo a partir del 4 de octubre. El asalto directo, feroz, continuo, empieza en la madrugada del día 4.

Diez baterías tiran con precisión, corrigen el tiro perfectamente y van destruyendo la ciudad. Este ataque sorprende al Coronel Aranda con una gran fatiga de sus tropas, gran número de heridos y enfermos y una disminución inquietante de las existencias de proyectiles. Las posibilidades ofensivas rojas han aumentado notablemente. Si las Columnas Gallegas no llegan a tiempo, los días de la ciudad están contados. Pero las tropas resistirían hasta el último aliento, como habían hecho en el Cuartel de Simancas.

DIA 4.- De madrugada el ataque es violentísimo sobre el Bosque, Loma de la Manjoya y puestos de Pando y Catalanes hasta la fábrica de electricidad de El Fresno, acompañados de seis blindados provistos de cañón y ametralladora, que es rechazado después de furiosos contraataques. Al mismo tiempo los rojos atacan las posiciones de la loma del Canto y su posición avanzada de la Cruz, siendo rechazados.

DIA 5 .- El enemigo ataca La Manjoya y el caserío de las Cruces. La aviación roja continúa su intenso bombardeo.

DIA 6.- Los rojos atacan la posición del Canto, guarnecida por guardias de Asalto y Guardia Civil, junto a una compañía de Infantería. Durante todo el día se combate duramente, conservándose la posición. Las bajas son enormes y son repuestas por la noche con elementos de los servicios auxiliares. El bombardeo es continuo de la aviación y artillería. La población civil está recluida en los sótanos con difícil alimentación y con gran número de enfermos.

DIA 7.- Sigue el ataque a la posición del canto concentrando sobre él toda la artillería que entierra materialmente a los defensores. Se rechazan los ataques y se conserva la posición. Las bajas son cuantiosas y solo se pueden reponer parcialmente con paisanos pertenecientes al Batallón de Oviedo, guardias municipales, conductores de camiones, etc. Las posiciones de Abuli sufren un fuerte ataque, que es rechazado.

DIA 8.- Los rojos acumulan enorme cantidad de fuerzas sobre la posición del Canto, ya destruida, que la rebasan por su flanco izquierdo, caserío de Solises y casas de Vallobín en la que se realizó una heróica defensa. Se logra conservarla, pero ante la imposibilidad de cubrir ni una sola de las bajas habidas, se ordena la retirada a la posición de San Pedro de los Arcos, trasformador del Naranco y la Cárcel.

DIA 9.- Ante la retirada de la posición del Canto y la acumulación del enemigo en La Manjoya y Las Canteras, es necesario ordenar la evacuación del Campón y Depósito de aguas a la línea del Asilo de El Fresno - Plaza de Toros, lo que se realiza por la noche por sorpresa. En el barrio de La Argañosa sigue la filtración enemiga, combatiéndose a la desesperada en las casas que van incendiando o volando a medida que penetran los rojos. El gran número de bajas obliga a avanzar a algunos voluntarios de segunda línea hasta los puestos más debilitados de la primera. Se agotan las municiones y las fuerzas están extenuadas por falta de relevo.

DIA I0.- El enemigo vuelve a atacar El Fresno y Catalanes, llegando hasta La Malatería y barrio de San Lázaro, donde el combate es durísimo. Al estar amenazado el Cementerio de San Esteban de las Cruces, se ordena el repliegue hasta el Caño del Águila y la línea de Villafría, con gran número de bajas y la tropa completamente agotada. El enemigo atacó nuevamente las líneas de La Argañosa, Plaza de Toros y Buenavista, siendo enérgicamente rechazados.

DIA 11.- Los rojos atacan los puestos del Caño del Águila y Villafría, que se sostienen difícilmente por el gran número de bajas. Se aprovecha la noche para abastecer los puestos. En previsión de nuevos ataques se empieza a construir en el interior de la población reductos de resistencia. Solo quedan cien mil cartuchos para toda la guarnición.

DIA 12.- Las fuerzas enemigas atacan desde la Loma de canto a la posición de San Pedro de Los Arcos y, desde el Cementerio, sobre el Caño del Águila y Villafría, con grandes masas que avanzan a pesar de las cuantiosas pérdidas que se le ocasionan y a fuerza de relevos. No queda ya ni un solo hombre en la segunda línea, ni municiones de ametralladora y el combate es a corta distancia a base de fuego de fusil y gran empleo de bombas de dinamita fabricadas en la Fábrica de Armas de La Vega. Se ordena a todos mantenerse en sus puestos hasta el límite. Cuando la artillería roja deshaga una casa, sus defensores pasarán a la siguiente, sin pedir relevo. Viendo el coronel Aranda batidos sus nidos de ametralladoras por un intensísimo fuego artillero, reducidos sus efectivos a medio millar de hombres a consecuencia de las bajas y de las enfermedades, tuvo que abandonar la línea de resistencia que desde el primer momento venía manteniendo y se replegó a las mismas casas de la ciudad, excepto La Cadellada que se repliega a la Finca de Velarde, y Pando que se conserva íntegramente.

DIA 13,- Los rojos atacan violentamente la Estación del Norte y Casa de Ceñal, en el frente Norte, y la Plaza de América en el Noroeste, utilizando artillería y aviación para producir incendios que obliguen a retroceder a las fuerzas defensoras.

DIA I4.- Los ataques disminuyen algo, que sirve para enlazar los puestos y se levantan barricadas por todas partes, evitando que el enemigo entre en la población. La Aviación Nacional arroja sobre el Campo de San Francisco 30.000 cartuchos de fusil, doce proyectiles de cañón y material de curas.

DIA 15.- El enemigo realiza violentos ataques con carros blindados en el frente Sur, desde Las Adoratrices a Santo Domingo, que son rechazados. Trata de infiltrarse en el Campo de San Francisco, lo que se impide con un gran contraataque.

DIA 16.- Las tropas rojas penetran en el barrio de San Lázaro hacia la puerta Nueva. Para detener el avance se incendian parte de las casas del barrio del Campillín, a cuyos resplandores los defensores ametrallan a los atacantes rojos, que se retiran hacia el matadero Viejo, consiguiéndose que no penetren en la población. Por parte y parte son numerosísimas las bajas. La resistencia parece imposible para abarcar todo el perímetro del cerco. Solo quedan 500 hombres útiles, contando con los convalecientes, enfermos y heridos leves. Pero el espíritu es excelente, dispuestos a todo, a morir luchando.

El Generalísimo Franco, advertido de que Oviedo no podía resistir más, había enviado una Bandera de La Legión y cuatro unidades de Regulares. En ese instante el coronel Aranda había enviado el siguiente mensaje: “YA NO NOS QUEDA MAS QUE MORIR COMO ESPAÑOLES”

Y a la muerte se preparaban los defensores de Oviedo, cuando en la noche del 16 al 17 empezó a oírse un tiroteo, cada vez más próximo. Era el de las columnas Gallegas que trataban de dominar el Monte Naranco.

DIA 17.- Acude la aviación nacional desde muy temprano, con una gran eficacia y se observa la evacuación de los rojos del Naranco, por donde, poco después, aparecen las fuerzas marroquíes. Sobre las 6,30 de la tarde, con una niebla muy densa, desde la posición de La Argañosa, se avista la presencia de un grupo de hombres armados que dicen pertenecer a las fuerzas nacionales. Se ordena sean identificados y, con grandes precauciones, así se hace y se puede comprobar que pertenecen a la avanzadilla de las columnas Gallegas al mando del Teniente Coronel Teijeiro. Se les da el paso libre y llegan a la Calle Uría, donde son recibidos con gran júbilo.

Los sufrimientos y sacrificios de los defensores de Oviedo, sobre todo desde el día 4 al 17 de octubre de 1936, fueron inmensos. Los ataques fueron continuos. Los efectivos rojos eran relevados continuamente y las posiciones nacionales eran reducidas a escombros antes del asalto. Los de los nacionales disminuían vertiginosamente debido a las bajas habidas y sin posibilidad de relevarlas.

Al atardecer del día 17, en la Calle Uría, esperaba al coronel Martín Alonso el ya General Aranda. Los dos jefes se abrazaron emocionadamente durante un rato. Apenas sus labios podían pronunciar palabra. Los combatientes y la población civil que los contemplaban prorrumpieron en víctores, cánticos y otras muestras de la inmensa alegría que sentían. El coronel Martín Alonso, con 1.800 hombres, daba cuenta del sitio que Oviedo había padecido durante tres meses.

Durante los 90 días de asedio, Aranda se había defendido con solo tres mil quinientos hombres. El día 17 de octubre de 1936, los defensores no pasaban de quinientos los aptos para seguir la defensa. La aviación roja realizó 1.300 bombardeos y lanzó, en un solo día, mil quinientas bombas. Millares y millares de granadas de cañón cayeron sobre la ciudad y destruyeron gran parte de Oviedo.

La técnica, el coraje, el sentido moral de la guerra, el patriotismo, el mando superior bien ligado con el subalterno, había vencido y destruido el alud de las masas rojas, muy superiores en número y dotadas de toda clase de medios. Ni la aviación, ni la artillería, ni los camiones blindados, ni la dinamita, ni las grandes masas de combatientes marxistas, pudieron con los defensores de Oviedo. Los rojos habían sufrido uno de los desastres más importantes de toda la campaña, y esto iba a marcar el signo de la derrota definitiva de Asturias en Octubre de 1937.

 

La Brigada Penal de San Esteban de las Cruces

La Brigada Penal de San Esteban de las Cruces

En el frente de Oviedo, en la primera mitad del año 1937 -las líneas a tiro de cañón y bajo el continuo fuego de artillería de uno y otro bando-, las milicias del Frente Popular crean una brigada compuesta por prisioneros nacionales y comandada por los más duros individuos de las cuencas mineras. 

¿Quien puede imaginar que había un campo de concentración rojo tan cerca de nuestros hogares?... Pues lo había.

Tras meses inacabables de trabajo agotador, las “balas perdidas”, el hambre y el terror minando el número de los penados, el  autor -miembro de una de las “secciones de choque” disciplinarias- asiste, emocionado, a su liberación por la IV Brigada de Navarra.

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Por Bonifacio Lorenzo 

En abril de 1937 se forma la tristemente célebre Brigada Penal de San Esteban de las Cruces, con presos sacados de diversas cárceles asturianas para trabajos de fortificación en primera línea.

Una tarde de aquel mes, en la cárcel del Coto de Gijón,  se ordena formar en la galería central a todos los detenidos.  Creemos que se trata, como otras veces, de un registro en nuestras cosas y para ello desalojamos celdas y aglomeraciones.

No fue así. Nos nombran a unos cincuenta. Nos mandan salir de la formación y por el rastrillo a la calle, donde unos autocares nos esperan. No se nos permite recoger nuestras cosas. Yo voy en zapatillas. Otros sin chaqueta o prendas de abrigo y, por supuesto, todos sin mantas ni objetos de uso personal.

Desconocemos nuestro destino. De Noreña a La Felguera y de aquí, por Tudela Veguín, a San Esteban de las Cruces, aldea a unos tres kilómetros de la ciudad de Oviedo, sobre la carretera de Adanero a Gijón.

Llegamos al atardecer y nos alojan en la llamada “Casa del Torneru”, cuyos dueños hubieron de abandonarla para que nos instaláramos en ella, en su lagar y hórreo.

En el suelo, o sobre unos caballetes y tablas procedentes de los toneles, hemos dormido todo el tiempo.

Un mes más tarde, otro contingente de presos de la Iglesia de los jesuitas de Gijón habilitada como cárcel, con otro de Mieres, integran la segunda Compañía de la Brigada de San Estaban de las Cruces, que se aloja en un merendero próximo a nuestro acuartelamiento conocido por  “El Pito”. Más tarde una tercera expedición formará la tercera Compañía. Con acuartelamiento en la vecina parroquia de Santa Ana de Abuli.

 

Una dura jornada de trabajo bajo las bombas

Mandaba la Brigada el comandante “Pipo” FeIgueroso y era su ayudante el teniente Cortina. AI frente de cada Compañía,  un capitán.  El de la primera, a la que pertenecí, apellidábase Arcos. Aquellas se subdividían en Secciones mandadas por tenientes y éstas en Escuadras, que lo estaban por cabos. Todos los mandos eran mineros mutilados de guerra, muchos auténticos chekistas; en general, ninguno ocultaba su odio hacia nosotros, considerándonos culpables de aquellas mutilaciones, salvo el teniente Vidal.

Los integrantes de una escuadra jamás trabajan juntos; se forman parejas con otros de diversas secciones. Estaba dispuesto -y desgraciadamente se cumplió- que, si se pasaba un penado a zona nacional, sin formación de causa se fusilaba al compañero de trabajo y a los componentes de la escuadra del huído. Para intentar la evasión era prácticamente necesario que lo hicieran los cien hombres que aproximadamente integraban cada Compañía. Ello aparte de las represalias en las familias de los evadidos, que inmediatamente eran detenidas.

Los trabajos encomendados a esta Brigada eran fortificación en primera línea, colocación de alambradas en la noche, apertura de nuevas trincheras, cubrimiento de las mismas con tableros y tierra para evitar los efectos de los morteros, colocación de sacos terreros, aspilleras, etcétera.

La jornada de trabajo era normalmente de diez horas y al regreso, por lo menos en nuestra Compañía, llevábamos de las casas abandonadas en las afueras de Oviedo, piedras, ladrillos, vigas, etcétera, con cuyos materiales levantamos un edificio para albergue de nuestros “mandos”, según proyecto de nuestro compañero penado el arquitecto Pedro Cabello, auxiliado por otro delineante, Ramón Cuesta. En esto se emplearon algunos compañeros expertos en construcción y como peonaje los rebajados de servicio. El transporte de materiales era verdaderamente penoso, no sólo por realizarse después de una agotadora jornada de trabajo, sino por tener que sacarlo por lugares difíciles y transportarlos luego unos tres kilómetros a hombros.

Me destinaron a la llamada “Sección de choque”, integrada por los detenidos que consideraban más significados y que destinaban a los trabajos más peligrosos. La mandaba el teniente Diego, uno de los mandos más sanguinarios y que ejecutó a la mayoría de nuestros compañeros muertos, jactándose de ello.

 

Cien hombres se ofrecen por un trozo de pan

Si no teníamos un trabajo especial, nos dedicábamos a abrir nuevas trincheras. Para ello salíamos de nuestro acuartelamiento a las dos de la mañana para llegar media hora más tarde al “tajo”. Con el máximo sigilo, las parejas se colocaban distanciadas unos diez metros. Inicialmente, profundizábamos un hoyo para estar a cubierto al amanecer y evitar ser tiroteados; luego teníamos que avanzar la trinchera para comunicar a la pareja más próxima, ya que por ella habríamos de retirarnos concluido el trabajo hacia las dos de la tarde. En otro caso continuábamos la faena hasta conseguirlo.

La comida era muy escasa: un chusco o panecillo de 200 gramos por día, una tacilla de chocolate aguado al salir al trabajo, como desayuno, y otra de arroz o de garbanzos –mucho caldo y pocos garbanzos- con despojos de carne alguna que otra vez, tanto para la comida como para la cena. Algunos nos ayudábamos con paquetes que nuestras familias nos enviaban –envíos prohibidos en los últimos meses- y que consistían, principalmente, en patatas, las que freíamos con el sebo de las velas.

Da idea de nuestra necesidad la siguiente anécdota: hacia las once de la noche de un cierto día, mandaron levantarse a todos los penados para pedir voluntarios para un trabajo urgente en una trinchera que tendría un par de horas de duración. Nadie se movió. Se dijo que quienes lo realizaran quedaban dispensados de trabajar al siguiente día, pero, por nuestro agotamiento, nadie se ofreció para ello. Nueva oferta: los que vayan y entreguen un trozo de su pan, al regreso se les suministrará un plato de sopa de ajo. Los cien hombres nos ofrecimos.

Normalmente, los domingos por la tarde recibíamos la visita de nuestros familiares, comunicándonos con ellos a través de una triple alambrada y en presencia de nuestros mandos. Tales visitas entrañaban para aquéllos grave peligro. Desde Tudela-Veguín, a unos 6 kilómetros de nuestra Brigada, habían de seguir a pie y a los insultos de los milicianos sumábase el peligro de un proyectil. Poco antes de aquellas visitas, una batería del 7´5, no muy lejos de nosotros, abría invariablemente fuego sobre Oviedo, que, al responder sus defensores, dejaban batida la carretera que nuestros parientes irremisiblemente tenían que transitar.

Las tropas defensoras de Oviedo tuvieron con nosotros magnífico comportamiento. Sabían de nuestra presencia en aquellos lugares y en la noche, por sus altavoces, nos daban noticias de la marcha de las operaciones en los distintos frentes y nos anunciaban una pronta liberación. Jamás nos tirotearon mientras realizábamos el trabajo. Sin embargo, al retirarnos acabada la jornada, cañoneaban nuestras fortificaciones, haciendo que al siguiente día nos encontráramos con casi  todo derruido. Esto enfurecía a nuestros mandos que, parapetados estratégicamente, asesinaban a quienes mejor les parecía, alegando que era “una bala perdida de Oviedo” la culpable de aquellas muertes. Bien sabíamos nosotros, por su trayectoria, que esto no era cierto y que los asesinados lo eran desde nuestras propias posiciones.

 

Prisiones en pipas de sidra de 450 litros

Otras veces se enviaba a un grupo a sacar ladrillos de una casa abandonada y luego se les atacaba con granadas de mano hasta aniquilarlos, diciéndose después que había sido un mortero disparado desde Oviedo. Así ocurrió con Luis Cuervo y Ramón Ibaseta, que pudo huir herido de la casa, rematándosele en el exterior.

En una ocasión visitó la “Brigada Penal” Belarmino Tomás, presidente del “Consejo Soberano de Asturias y León”; en su discurso aludió al ímprobo esfuerzo que tenían que realizar para que “el pueblo” no nos liquidara por “fascistas”, por lo que deberíamos responder con nuestro esfuerzo y lealtad a tal protección. Advirtió entre los presentes a Junquera, un muchacho de La Felguera procedente de la Juventud Católica y que, por lo visto, era sacristán en su parroquia. En tono de burla le dijo que cuando la guerra acabase lo pasaría mal al no tener empleo, puesto que no iba a quedar cura. Sin amilanarse le respondió Junquera que se trasladaría al País Vasco, donde aún quedaban. Belarmino Tomás le aseguró: “Cuando acabemos con los de Asturias liquidaremos a los de Euzkadi”. Al siguiente día Junquera moriría en la trinchera víctima de una “bala perdida”; bala que, por los orificios de entrada y salida, no procedía de Oviedo. Andando el tiempo, el teniente Diego se jactaría de ser el autor de aquella muerte.

A los penados que a juicio de un mando no trabajaban con la presteza debida o cometían la mínima falta, como dejar caer agua en el suelo, se les imponía terribles castigos, siendo el más frecuente meter al infeliz en una pipa de sidra de unos 450 litros, uno de cuyos lados se había sustituido por una reja que hacía de puerta. El castigado quedaba en cuclillas en tal instrumento de tortura y así pasaba la noche. Al siguiente día otros compañeros vendrían en su ayuda para hacerle salir, pues estaba completamente agarrotado. En ocasiones soportábamos toda la noche los gritos lastimeros de algunos infelices que pedían a voces los mataran de una vez.

Hasta el número de enfermos estaba racionado y no podían rebajarse otros si el cupo estaba cubierto, aunque tuvieran fiebre o presentaran síntomas inequívocos de su dolencia. El estar rebajado de servicio no significaba más que no tener que ir a las trincheras, pero en el cuartel se trabajaba en el edificio de los mandos, o se iba a por agua a la fuente de Olloniego, distante dos kilómetros; por lentitud en este trabajo fue muerto a tiros Manuel Martínez, imposibilitado de hacer más viajes y pese a estar rebajado de servicio.

El derrumbamiento del frente Norte puso fin a aquella pesadilla. Nuestra Compañía tenía a la entrada emplazadas ametralladoras para liquidarnos llegado el momento. Pero la cobardía pudo más y, durante la noche, se marcharon todos los mandos. Nosotros, los de la “sección de choque”, tuvimos otro fin. Días antes nos trasladaron al frente oriental y al considerar la resistencia inútil, nos ordenaron replegarnos hacia Cangas de Onís. En un maizal próximo nos fueron segando, según salimos del refugio, con unas ametralladoras. Ligeramente herido, pude coger a un compañero y refugiarme en una casa. Jamás olvidaré aquella noche pasada con mi compañero, muerto en la evasión. En ella esperé un nuevo día para orientarme mejor mientras oía, próximos, el Cara al Sol y otras canciones del frente. Al amanecer, con la emoción que cabe suponer, me presentaba a la IV Brigada de Navarra con los que habían sido mis atributos de trabajo: la pala, el pico, la dinamita. Mi alegría no era completa: ¿qué le habría pasado a mi familia en zona roja?. ¿Y mi padre, en otra Compañía de la Brigada Penal?. Al final, todos se habían salvado.

 


 

Revista Historia y Vida (Extra nº 4). Nuestro agradecimiento a D. Joaquín Fernández Alonso por rescatar este artículo.