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DEFENSORES DE OVIEDO

Recuerdos del Oviedo asediado

Recuerdos del Oviedo asediado

Jaime Álvarez-Buylla (Médico y presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo)

 

«Nací en Oviedo, el 22 de julio de 1931, día de la Magdalena, en un edificio de la calle Principado, aunque la habitación donde me trajeron al mundo daba a Cabo Noval, la misma calle en la que sigo viviendo. Mi familia vivió a continuación en el número 9 de cabo Noval, y allí nos sacaron cuando se produjo el atraco al Banco de España, durante la Revolución de Octubre de 1934. Desalojaron a todos los vecinos de la zona y nos fuimos a la calle Martínez Marina, donde vivían Alfonso Botas y Carmina, hermana de mi madre. Allí, con mi hermana Mari Carmen, desde una ventana, vi por primera vez el fuego. Tenía yo tres años, tan sólo, pero recuerdo esas imágenes. El Banco de España estaba en los que hoy es el edificio de la Presidencia del Principado, en la calle de Suárez de la Riva. El día del atraco vi hombres con fusiles, milicianos, que entraban en el banco. Después, ya digo que nos fuimos a Martínez Marina, a la casa de mis tíos, en la que casualmente había nacido en 1926 Juan Antonio Vallejo-Nájera, el psiquiatra. Era hijo de Antonio Vallejo y de Lola Botas, cuyo padre había padecido un ictus. Ella vino de Madrid a verlo, pero el padre se murió y ella entró en parto, con lo que Vallejo-Nájera nació aquí y se bautizó en San Isidoro. Así que nos desalojaron los milicianos y se produjo el asalto al Banco de España, pero lo que no pudieron fue asaltar las cajas del Banco Herrero. Se llevaron dinero y joyas, porque antes la gente tenía la costumbre de que cuando compraban una joya la metían en el banco de los pueblos o de las ciudades».



Sirena de La Amistad.

«Años después, ya en la Guerra Civil, en nuestra casa de Cabo Noval entró un cañonazo y rompió un trinchero, un aparador, que había en el comedor, y mi madre se alegró mucho porque no le gustaba nada. Era un cañonazo que podía ser de las baterías de Buenavista o de "La Leona", un cañón que había en San Esteban de las Cruces al que bautizaron así por la pierna derecha de Lángara, un jugador del Oviedo fantástico. Eso que se dice ahora de que Villa es el mejor jugador asturiano de todos los tiempos no es cierto; se lo dije una vez a Melchor Fernández: el jugador que más goles metió en menos partidos fue Lángara, que tuvo una media de 1,58 por encuentro. Durante la guerra, cuando se inicia el cerco y asedio de Oviedo tuvimos que marchar de Cabo Noval a la calle de San Juan, a una casa de las señoritas de Tuñón que queríamos muchísimo. Pero resultó que allí estábamos en peligro porque el edifico tenía unas galerías, y nos fuimos a casa de mi abuela Sara Menéndez, que vivía en la calle Uría, número 72, en un edifico en cuyos bajos estaba Casa del Río, una mueblería estupenda. Allí pasamos parte del sitio de Oviedo y recuerdo que cuando venían los aviones a bombardear la ciudad sonaba una sirena de la fábrica de La Amistad, en la calle Río San Pedro, una factoría metalúrgica. Esta abuela Sara estaba casada con Ángel Menéndez y Menéndez, que era de Sobrerriba, un pueblo precioso que está encima de Cornellana, y que había estado en América, donde había hecho dinero, pero tuvo que volver porque sufrió un secuestro. Así que volvió de Cuba, conoció a mi abuela, una señora muy guapa, y tuvieron cuatro hijas y un hijo, que murió hace poco tiempo con 96 años, Ángel Menéndez».


Calibre 15 y medio.

«El edificio de mi abuela, en Uría, 72, estaba al lado del polvorín, pero no había sido destruido en la Revolución del 34, a diferencia de otras casas de la misma calle. Conservo un cuadro pintado por mi tío Plácido Álvarez-Buylla López-Villamil, el artillero, en el que se ven destruidos los edificios de los números 16, 18, 20 y 22. Este tío era pintor de pincel rápido y, a mi juicio, muy bueno; aficionado, pero con una obra interesante de la que conservo varios cuadros. Pero este Plácido Álvarez-Buylla es más conocido porque cuando se inicia la guerra era alcalde de Oviedo Lorenzo López Mulero, del Frente Popular, al que destituyeron, y entonces se crea una comisión gestora del Ayuntamiento que presidió mi tío, como alcalde. Y como "La Leona" zumbaba cañonazos del calibre 15 y medio (eso era lo que yo oía comentar en casa), destrozó el edificio del Ayuntamiento y entonces Plácido Buylla requisó el palacio de San Feliz para trasladarlo. Después lo dejaron en perfecto estado, y mi tío lo dejó reflejado en un cuadro. En casa de mi abuela, cuando oíamos las sirenas de La Amistad, bajábamos al sótano y recuerdo la imagen de ver allí la gente rezando. Pasados los meses, cuando el coronel Teijeiro entró en Oviedo con las columnas de Galicia y se creó el corredor del Escamplero, a los viejos, las mujeres y los niños nos dejaron marchar, y nosotros nos marchamos a Castropol, donde nació mi hermano Miguel».



Aranda y Gerardo Caballero.

«Del matrimonio de mi padre, Tomás Álvarez-Buylla y López-Villamil, abogado, y mi madre, Sara Menéndez García, nacimos seis hermanos (de los que vivimos dos): Tomás, Mari Carmen, el tercero, que soy yo, Miguel, María Cristina y Jorge. Este Jorge fue un chico con Síndrome de Down al que todos queríamos muchísimo y que murió a los sesenta años, de una infección pulmonar. En Castropol estuvimos viviendo enfrente de la biblioteca, un edificio precioso, como todos los de esa localidad. Mi hermano mayor, Tomás, había ido a pasar unos días a Gijón y estuvo allí casi dos años, a causa de la guerra. A diferencia de Oviedo, en Gijón no hubo sublevación de los militares, pese a que el coronel Aranda fue allí a decirle al coronel Pinilla que sacase las fuerzas a la calle y que no se quedase en el cuartel de Simancas, porque podía pasarle como en Oviedo en el 34. Pero Pinilla no pudo salir. En cambio, Aranda, un hombre impenetrable, actuó de otra manera. Él tenía el armamento de la Fábrica de Armas y las municiones, y el gobernador civil, Lausín, le dijo que las entregase al pueblo. Lausín había llegado a Oviedo unos días antes, hacia el 12, a tomar posesión, y había venido en tren junto a Gerardo Caballero, el comandante, que años después me contó numerosos detalles de aquellos días. Lausín le dice a Aranda que entregue las armas a los milicianos y a quienes habían estado encarcelados en la prisión de Oviedo, pero el coronel le replica que eso dependía del ministro y que tenía que recibir una orden de éste para hacerlo. Le llegó la orden y entonces Aranda reunió a los oficiales. Esto me lo narró también Epifanio Loperena, un capitán ayudante de Aranda, casado con una Argüelles, de Teverga y emparentado con Muñiz Toca, ese director de orquesta que fue verdaderamente genial, con calle en Oviedo y sepultura en el cementerio de San Salvador».



Entrada para los toros.

«Aranda reunió a los oficiales y les consultó la orden recibida. Ellos el dijeron que de ninguna manera, y el coronel redactó la nota en la que decía que no cumplía las órdenes por ser contrarias al honor militar. Y se sublevó, con lo que manda levantar la defensa de Oviedo, que hizo prácticamente con ametralladoras. Lo que me contó Gerardo Caballero es que él mismo estaba metido en la conspiración del levantamiento. Caballero estaba castigado en los Pirineos y le mandan ir a visitar a Zaragoza al general Cabanellas, el más antiguo del escalafón. Cabanellas le tenía simpatía a Caballero porque un hijo del general había estado destinado en la Guardia de Asalto de Oviedo, en el cuartel de Santa Clara. Cabanellas le explica lo que estaban preparando y cuando Caballero regresa al hotel se encuentra con una entrada para los toros. Se fue a la plaza y a su lado se encontró con un señor que le dijo: "Tiene que ir usted a Oviedo y hablar con Aranda, porque nos sabemos nada de él"».


Excursión a Salime.

«Todo esto nos los contó Gerardo Caballero a Fernando Rubio y a mí durante un viaje a Grandas de Salime, precisamente un 18 y 19 de julio de hace unos cuantos años. Caballero tendría entonces unos ochenta años y estaba muy bien todavía. Se veía que era un hombre con una autoridad terrible. Don Gerardo llegó a Oviedo en el tren, y se encontró en la estación con Amador Fernández y González Peña. Fue a casa y después quiso ver a Aranda, que no lo pudo recibir. Aranda vivía en una casa de la calle de Marqués de Teverga, cerca de la Academia Ojanguren. Al cabo de un tiempo, Caballero recibió el mensaje de que tenía a su disposición un coche Topolino en la plaza de América y que fuera a ver al coronel Aranda. Habló con Aranda y le dijo que se hiciera cargo del cuartel de Santa Clara. «Vamos a intentarlo; necesito dos camiones de guardias civiles". Y en esos camiones iban ovetenses como los Flórez, Luis y Mariano, y otros muchos desaparecidos. Caballero tomó el cuartel de Santa Clara después de un tiroteo. Él nos contó cómo el comandante Ros se refugió en el polvorín del cuartel y cómo, por su parte, desde una galería él arengó a los que estaban en el patio. Empezaron a tiros contra Caballero, aunque no le alcanzaron; únicamente le atravesaron la guerrera. Respecto a Ros y a otro que se había metido en el polvorín, el comandante Caballero les dijo a los suyos: "Como estos se van a rendir, los cogéis y los lleváis a la comisaría". Contaba don Gerardo que Ros y el otro salieron con una bandera blanca, pero a tiros, y los que estaban en el patio los abatieron. Caballero comunicó a Aranda que Santa Clara ya era suyo el coronel le nombró gobernador civil y presidente de la Diputación. Todo esto que él mismo nos contó deja clara la actuación de Gerardo Caballero, pese a que a veces se dice que no quería adherirse a la sublevación, pero lo cierto es que intervino en la conspiración desde el comienzo».

 

Entrevista concedida a "La Nueva España". (Agosto 2011)

El asedio del Simancas

El asedio del Simancas

La Nueva España 22/08/2011

Cada año, el 20 o el 21 de agosto, un grupo de hombres y mujeres se reúne en la iglesia del Colegio de la Inmaculada, en Gijón. Son quienes mantienen viva la memoria de los caídos del regimiento de Simancas, que el 21 de agosto de 1936, hizo ayer 75 años, caía en manos de la República, tras 33 días y 32 noches de asedio. Los últimos del Simancas, el regimiento de infantería de montaña n.º 40 instalado en el Colegio de los Jesuitas, acosados por los republicanos y comandados por el coronel Pinilla, fueron protagonistas de uno de los episodios clave en el inicio de la Guerra Civil en Asturias. Hoy, un monumento del escultor Manuel Álvarez Laviada rinde homenaje a los fallecidos en el otro «Alcázar» de la contienda, con el de Toledo: el de Gijón. Junto al monumento, la frase final del asedio: «Disparad contra nosotros; el enemigo está dentro».

«Fue una heroicidad. Durante un mes soportaron la aviación, los cañones, a mineros cargados de dinamita, pero no fueron suficientes. Aun así, que las granadas se centrasen en el Simancas evitó ataques a Oviedo o a otros sitios, pero adelantó la guerra en Gijón». Quien habla es José Antonio Montero, que el próximo noviembre cumplirá 98 años. Montero vive en Gijón, en la villa del Simancas, y es de los pocos supervivientes asturianos de cuantos participaron en la División Azul, el grupo de combatientes españoles que durante la II Guerra Mundial fue hasta la Unión Soviética para luchar contra el comunismo con el Ejército de la Alemania nazi. Memoria viva de dos de las guerras que marcaron el siglo XX, en Europa y en España.

En su domicilio, Montero atesora libros y documentos relativos a un asedio cargado de dramas y tensiones bélicas. En Gijón, durante el asedio al cuartel en el que resistían los sublevados, igual que en el Alcázar de Toledo, los libros de Historia cuentan que se utilizó a esposas, novias e hijos de los militares para presionar a los acuartelados: «Ríndete, papá... ríndete», escuchaban. Los del regimiento del Simancas y los del cuartel de zapadores de El Coto, un centenar, que había caído cinco días antes y cuyos ocupantes corrieron en apoyo de sus compañeros para morir sólo cinco días después. Los nombres de los caídos siguen en el cuartel, en las lápidas colocadas en la capilla colegial de la Inmaculada, lugar del homenaje de cada año.

A primeros de agosto de hace 75 años, con los gijoneses desplazados a la zona rural, la lucha se centraba exclusivamente en torno al cuartel de Simancas. El coronel Antonio Aranda, máxima autoridad militar en la Asturias de la época, «sabía con qué gente podía contar para la sublevación» contra la República, explica Montero, «aunque algunos le fallaron». No el responsable militar de Gijón, el coronel Pinilla Barceló, responsable del Simancas, base de toda la guarnición militar de la ciudad desde su creación, en 1935, por el ministro de Guerra José María Gil Robles.

El cuartel se puso de parte de los sublevados y durante 33 días soportó el asedio de las milicias obreras, con el apoyo del crucero nacional «Cervera», que trató de contrarrestar a cañonazos la dureza del asedio. «El Simancas evitó que los milicianos pudiesen atacar Castilla», aseguraba hace cinco años, en el 70.º aniversario de la caída del cuartel, el nieto del coronel Pinilla, el también coronel Antonio Pinilla Alonso. Su padre, el general Luis Pinilla, vivió el asedio al Simancas con 15 años, y en una entrevista con este periódico evocaba los días previos al fin del asedio: «Amenazaron a mi padre con matarnos si no se rendía», rememoraba Pinilla, ya fallecido, 66 años después de aquellos hechos.

En el cuartel, pequeños robos en comercios cercanos y algunos animales -entre ellos, dicen, una vaca lechera- ayudaron a los militares a resistir frente al ataque, hasta que el frente republicano pudo más. Con el «Cervera» a la espera en aguas gijonesas, poco después de las siete y media de la mañana -según cuenta el historiador Javier Rodríguez en el volumen «La Guerra Civil en Asturias», editado por LA NUEVA ESPAÑA-, comenzó el último ataque al Simancas. Tras hora y media de fuego de artillería, hacia las nueve de la mañana uno de los proyectiles lanzados desde Ceares impactó en la cubierta de la esquina suroeste del cuartel, cuya estructura de madera ya estaba al descubierto. La granada originó un incendio que rápidamente adquirió grandes proporciones.

La situación se hacía insostenible, el fuego se extendía, los republicanos sometieron al edificio al cañoneo de artillería de diferentes calibres y dinamita para derribar los muros del cuartel, y los defensores se vieron obligados a salir al patio exterior. Al caer la tarde, el coronel Pinilla reúne a los jefes y oficiales amotinados para despedirse: el fuego desatado hace imposible la defensa del cuartel. Menos de una hora después, por un agujero abierto en el muro principal del edificio empezaron a entrar los milicianos.

Es entonces cuando el oficial de comunicaciones logra hacer funcionar uno de los aparatos de transmisión para enviar un mensaje al «Cervera». El mensaje remitido desde Simancas es el siguiente:

-El enemigo está dentro. Disparad contra nosotros.

La llamada «gesta del Simancas» fue silenciada por la propaganda del bando nacional hasta el final de la guerra en Asturias, pero el mismo día de la toma del cuartel, el líder socialista Indalecio Prieto escribe en «El Liberal» de Bilbao contra el «heroísmo inútil» de la resistencia.

El sentido del mensaje enviado por el Simancas sigue despertando el interés de los historiadores, así como el paradero de la colección de dibujos y bocetos de Jovellanos que se custodiaba en el cuartel y que algunos dicen fue puesta a buen recaudo antes de ser pasto de las llamas. Hoy, una maqueta conservada en el Colegio de los Jesuitas muestra a las nuevas generaciones el estado de destrucción en el que el Simancas quedó tras la contienda. «La historia es como ha sido, no como quisiéramos que fuera», sentencia el preside de la Hermandad de Defensores de Oviedo, Fermín Alonso Sádaba.

Si entraba el enemigo, no íbamos a vivir ninguno

Si entraba el enemigo, no íbamos a vivir ninguno

La Voz de Asturias 22/07/2011

A sus 88 años Fermín Alonso Sádaba (Menorca, 1923), lleva a gala ser el “más joven defensor de Oviedo” durante la Guerra Civil, “aunque algunos lo duden”, matiza. Y para aclararlo, saca de su cartera y muestra un documento que reconoce su participación en la defensa de la capital asturiana. Desde hace unos 15 años, Alonso Sádaba preside la Hermandad de Defensores de Oviedo que dispone de abundante documentación, un amplio archivo fotográfico sobre la Guerra Civil en la capital asturiana y que además custodia el fajín de general de Aranda.

 

¿Se unió usted a sus tropas de inmediato?

Nosotros éramos de Acción Católica de la iglesia de La Corte y tras las elecciones de febrero de 1936, los pioneros de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) nos hacían la vida imposible solo porque íbamos a misa. Cuando se habla de la Guerra Civil hay que ponerse en 1934 cuando hubo un golpe marxista contra la República y el orden legal establecido. En ocho días Oviedo vivió una tragedia peor que en el 36. Los militares se levantaron el día 19 de julio y yo, pensando lo que habíamos pasado en el 34, me uní a ellos al día siguiente para salvar la vida. No hubo más remedio.

 

Hay quien dice que sin golpe militar la II República no hubiera muerto.

Si el movimiento hubiera durado dos o tres meses hubiera seguido. Lo único que yo no comprendí fue por qué la República iba contra la religión católica, ni tampoco el cambio de la bandera ¿Por qué pusieron lo morado? Siempre fue roja y gualda.

 

¿Qué significó el asedio de Oviedo dentro de un conflicto bélico como la Guerra Civil Española?

La Gesta de Oviedo fue la más importante aunque no se le de toda la que tuvo. Aquí se ganó la guerra. Hicimos frente a más de 15.000 o 20.000 milicianos. Si ellos llegan a tomar la ciudad, esos efectivos hubieran salido a ocupar Galicia o Castilla. Además los mineros asturianos, con lo del 34, eran el coco en España.

 

¿Cómo era el día a día de la situación en Oviedo hasta que entran las columnas gallegas en octubre del 36?

Se pasaron muchas penalidades y ahí la población civil se portó muy bien, las mujeres se portaron como nadie y cuando se abrieron los hospitales estuvieron allí como enfermeras y hacían la comida para el frente en sus casas. Se empezó con unos 3.300 hombres defendiendo Oviedo y al final no llegamos a 400.

 

¿Cómo fue posible evitar que un ejército más numeroso tomase la capital asturiana?

Aranda fue el número uno de la escuela del Ejército y lo preparó muy bien. Nadie comprende como defendió la ciudad con tan poca gente. Después del 34 Aranda sabía como defender Oviedo y lo hizo muy bien.

 

Entonces, ¿cuál fue la clave?

Todo el mundo luchaba por salvar su vida. Sabíamos que si entraba el enemigo, nos lo habían dicho por el parapeto, no íbamos a vivir ninguno. En Oviedo la vida se hacía en los sótanos a causa de los bombardeos de la población. Cuando los regulares aparecieron por el Naranco aquello fue una emoción enorme para todos y la gente salió de los sótanos.

 

¿En qué zonas le tocó combatir?

Estuve mucho en las escuelas de El Postigo ayudando. Estuve en el Batallón de Ladreda y en Falange. Los flechas, que teníamos entre 13 y 15 años , tuvimos que ayudar y al final ya estábamos con las armas porque no había gente suficiente. Los enlaces fuimos muy importantes porque éramos los que llevábamos los partes entre los cuarteles generales y las posiciones y las contraseñas que se daban todos los días.

 

¿Cambiaron mucho las cosas tras abrirse el pasillo de Grado?

Era distinto. Prestaron camiones y mucha gente ya pudo salir y también pudieron entrar víveres en Oviedo porque al final del asedio ya no había casi nada.

 

¿Qué fue lo más duro?

Fue terrible todo: los bombardeos, la artillería... Nos tenían cosidos por todos lados. Desde San Pedro de los Arcos enfilaban la calle Uría con las ametralladoras y tenías que cruzarla a todo correr porque sino podías quedar allí. En febrero del 37 hubo un gran ataque que fue la hecatombe. Pero se aguantó. Empezó el 21 y el 23 bombardearon el hospital.

 

75 años después, ¿Piensa que la guerra fue inevitable?

Los días antes de la guerra eran terribles. Los militares se dieron cuenta que España iba ser una colonia soviética. La guerra fue inevitable y si no hubieran sido los militares los que se levantaron, hubiera habido otra revolución como la del 34.

 

¿Hay que recordar la guerra para que no se repita algo así?

Nada más. Lo peor que puede haber en el mundo es una guerra civil. A mi me mataron a dos hermanos, uno de 17 años en Oviedo y otro de 22 en Castellón. Fue horrible, hermanos contra hermanos, porque al fin y al cabo éramos todos españoles. Los milicianos republicanos fueron tan valientes como nosotros.

 

En esa guerra de posiciones que se vivió entorno a Oviedo, ¿había contacto con los del otro bando?

Se hablaba con ellos porque los parapetos estaban muy cerca unos de otros. Algunos preguntaban por sus familiares, que estaban en Oviedo.

 

¿Tienen derecho los descendientes de los republicanos desaparecidos a recuperar los cadáveres que siguen en las cunetas?

Siempre se estuvo a favor de eso. El Valle de los Caídos se hizo para la reconciliación y ahí está gente enterrada de los dos bandos.

Trece rosas

Trece rosas

Hay que reconocer que la propaganda comunista, e izquierdista en general, es efectiva al máximo y que con gran habilidad han sabido elevar a la categoría de “luchadores por la libertad” o “mártires de la democracia” a toda suerte de chekistas, terroristas y abanderados del estalinismo. La Ley de Memoria Histórica ha institucionalizado como verdad absoluta mucha de esta propaganda, de tal modo que reescribir la historia es una labor sumamente fácil y además generosamente subvencionada.

Un hecho que nos llama poderosamente la atención es el sentimentalismo despertado por el fusilamiento en Agosto de 1939 de las llamadas “Trece rosas rojas”, trece mujeres algunas menores de edad (en aquel entonces la mayoría de edad eran los 23 años) militantes de las JSU comunistas, junto a otros 42 dirigentes varones de los que habitualmente no se dice nada.

Es interesante saber realmente qué es lo que pasó. Nada que ver con la película de Martínez Lazaro, como es natural.

Recién acabada la Guerra Civil y desde Alicante, donde se había quedado gran parte del aparato comunista esperando vanamente la llegada de buques soviéticos para rescatarles, se procede a la reorganización armada del Partido Comunista y sus células que iban a actuar como comandos para acciones de terrorismo y sabotaje en todo el territorio nacional. Los más significados fueron detenidos y llevados a Madrid por el capitán de Artillería del SIPM (Servicio de Información y Policía Militar) Manuel Gutiérrez Mellado, pero quedaron restos –no se produjo el tan proclamado exterminio- que no tenían hasta ese momento responsabilidad política ni criminal conocida. Y a Madrid llegaron desde Alicante José Pena, Severino Rodríguez, Federico Bascuñana y otros que,  inmediatamente, se pusieron a trabajar armando a las células de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) de quienes había sido secretario Santiago Carrillo. Otro más joven y también desplazado a Madrid, Silesio Cavada Guisado, llamado El Pionero, fue encargado responsable de la rama militar.
 

Una de las acciones que más impacta en la opinión pública se produce el 29 de Julio de 1939, en que tres miembros de las JSU disfrazados con uniforme del ejército  nacional, Damián García Mayoral, Saturnino Santamaría Linacero y Francisco Rivares Cosial, paran en la carretera de Extremadura, cerca de Oropesa, al automóvil en que viajan el comandante Isaac Gabaldón Irurzun, su hija Pilar –de 10 años de edad- y José Luis Díaz Madrigal, soldado conductor. Tras viajar un rato con ellos, los comunistas encañonaron, robaron y asesinaron a todos a sangre fría.

Inmediatamente se detiene y se fusila, tras consejo sumarísimo, a los tres asesinos de Gabaldón, pero a El Pionero, que también esperaba la ejecución, se le retira del pelotón en el último instante. Y se le entrega a Gutiérrez Mellado, que había llegado a toda prisa para llevárselo a la cárcel de Porlier. Allí le ofreció salvar la vida a cambio de información. Habló con él, escribió algo el joven comunista, pero de la conversación y de lo escrito nunca más se supo. Y se le fusiló de verdad un 15 de septiembre de 1939.

La red terrorista establecida en Madrid empieza a caer rápidamente. Las “Trece rosas” habían sido detenidas antes junto con muchos dirigentes masculinos de las JSU. La reorganización armada había sido inmediata al 1 de abril de 1939. Ya venía, alguna de ellas, de formar parte de los batallones comunistas que operaban en la sierra madrileña. Y tenían conocimiento de las armas, cuya consecución y custodia les fue encomendada. Hasta el punto de preparar un gran atentado para el día del primer desfile en la Castellana, en mayo de 1939 y un asalto a la sede de Falange en Chamartín. Ana López Gallego –una de las trece- “recibía las órdenes directamente del enlace del comité provincial, Manuel González Gutiérrez, siendo la tal Anita la encargada de organizar la rama femenina…”. Otro de los proyectos que tenían era el de no actuar en el desfile hasta después del mismo, ya que las tropas se encontrarían dispersas y ése sería el momento de actuar con bombas y mecha que tenía preparadas la rama femenina “por estimar que por su condición de mujeres les sería más fácil el transporte de explosivos”. Estos y otros objetivos son lo que constan en las propias declaraciones de las detenidas.

La Policía Militar ejerce un seguimiento de las células en el Madrid recién liberado, y aparece un esquema del Partido Comunista en el que figuran, en su Comité nacional, Carmen Barrero Aguado –otra rosa- y en el provincial Pilar Bueno Ibáñez –una rosa más-. Los documentos hablan de su infiltración en FET de las JONS con el ánimo de desarmar a las escuadras falangistas que colaboran con los servicios de seguridad y de la importancia en el organigrama de Joaquina López Laffite –más rosas-, “que fue la que al ser detenidos los dirigentes masculinos se hizo cargo de la Secretaría General de dicho Comité (provincial de las JSU).” A ello le ayudaban –dicen las declaraciones del 31 de mayo de 1939- “Virtudes González García –una rosa-, Nieves Torres, Mari Carmen Cuesta Rodríguez y Anita Vinuesa (estas tres últimas no fusiladas en aquel momento a pesar de su flagrante implicación política con fines terroristas)”. Los dirigentes se reunían en casa de Joaquina López Laffite, “que era una de las personas que gozaban de mayor confianza en el Comité. Dionisia Manzanero Salas –otra rosa- era el enlace del dirigente Bascuñana para estar en contacto con las diversas ramas de la organización

Otra declaración de un comunista de junio de 1939 dice textualmente que estaban preparados para el desfile de la Victoria de ese año y que “para ello contaban con elementos bastante fuertes incluso con chicas para el espionaje que se dedicaban a coger a falangistas, desarmarlos y hacerles decir cuanto supieran; también manifestó que contaban con ametralladoras para emplazarlas en las desembocaduras de las alcantarillas… y con gran número de pistolas”. Añadía que “procedentes de Valencia habían llegado bastantes coches, cuyos vehículos traían perfectamente escondidos fusiles ametralladores.”

Resulta espeluznante comprobar cómo estos comunistas utilizaban a auténticas criaturas de 15 a 17 años para fines de rebelión militar en un país que por primera vez en la Historia había ganado clamorosamente una guerra al comunismo soviético. Y que la estaba estrenando. Resulta pavoroso leer las declaraciones de esas niñas ante los Consejos de guerra, empujadas y engañadas hasta por sus propias familias para servir de enlaces, guardar armas o realizar misiones que por su edad y caras de ángel pudieran pasar inadvertidas.

¡Cómo pretenden anular los de la Memoria Histórica estos documentos esclarecedores, rigurosos, avalados por la investigación, la comprobación y la certificación de todas y cada una de las declaraciones!

¡Y cómo los hipócritas pueden condenar la pena de muerte si hasta en la propia Constitución elaborada por ellos en 1978 figura ésta para tiempo de guerra!

 

Oviedo no tuvo su Picasso

Oviedo no tuvo su Picasso

Por José María García de Tuñón.


No hace mucho tiempo que finalicé la lectura del libro de Jesús Salas Larrazabal que escribió en 1987 y al que puso como título: Guernica.

Ríos de tinta corrieron sobre las bombas, lanzadas por los aviones de la Legión Cóndor, que cayeron sobre esta localidad vasca el 26 de abril de 1937. La gran mayoría de las informaciones, siguiendo la enorme propaganda de la República, exageraron sobre el número de víctimas que había producido el bombardeo, llegando a barajarse cerca de los dos millares. Sin embargo, un riguroso estudio de Salas Larrazabal llega, en un máximo exceso, a dar la cifra de 120 muertos. Que el nombre de Guernica haya ingresado en la historia como sinónimo de de terror fascista se debe, principalmente, a Pablo Picasso. Éste no pintó su cuadro impactado por el horror. En realidad, recogió unos apuntes realizados anteriormente, pues si se trata de un bombardeo hay que mostrar aviones, y bombas. Picasso sólo pintó un toro, un caballo y una mujer, lo que ha dado motivo a que algunos historiadores se preguntaran: «¿Qué tiene que ver eso con Guernica?».

A Oviedo le faltó un Picasso cuando este mes se han cumplido 74 años de la tragedia que produjeron las bombas de la aviación republicana. Unos 120 ovetenses –coincidencia con el número de muertos de Guernica– que se encontraban en los sótanos de un edificio de la calle Caveda que servía de refugio a cientos de personas, perdieron la vida aquel día, según recoge un diario de la capital del Principado el pasado día 21. Un testigo de aquella matanza, José Manuel García Peruyera, dice que el 10 de septiembre de 1936 perdió a su madre, María Luisa, sus hermanos gemelos, Miguel Ángel y Luis y a sus tías Ángeles y Eloína. José Manuel, que sólo contaba 8 años y que se encontraba en el refugio momentos antes de que cayeran las bombas, pudo salvarse y ahora contarlo, porque su madre le había encargado ir a la farmacia más próxima a comprar unas papillas.


Ahora la obsesión de García Peruyena, es saber dónde se hallan los restos de los cadáveres: «Pueden que estén en la zona de la iglesia de Santullano, debajo de la autopista, porque un cura me dijo que allí estaban enterrados algunos y se supone que los llevaron al viejo cementerio que estaba en el Prau Picón», explicaba durante aquellos días en los que rendía su particular homenaje a las víctimas, recoge el periódico ovetense La Nueva España, quien también añade que hace cinco años entregó una carta a Zapatero, en la fiesta de Rodiezmo, donde solicitaba ayuda para los que, como él, vivieron parte de su infancia entre la bombas de Oviedo y quedaron huérfanos. La ayuda, según parece, nunca llegó, claro, eran muertos del otro lado.

(*) Artículo publicado originalmente en el nº 530 de la revista digital El Risco de la Nava.

http://valdecunajosemaria.blogspot.com/2010/10/oviedo-no-tuvo-su-picasso-jose-maria.html

2 de octubre de 2010

Ni un paso atrás. La loma del Canto

Ni un paso atrás. La loma del Canto

«No hay que pensar en la pesadumbre del combate, sino en la seguridad de la victoria». (General Antonio Alemán, Caballero Laureado de San Fernando).

De la defensa activa en la plaza de Oviedo, se había pasado a la defensa pasiva. La primera fue posible hasta últimos de agosto, pero las bajas sufridas por los defensores, comienzan, a primeros de octubre, a ser un hecho evidente en las filas de todas las unidades nacionales. La doctrina concebida por el coronel Aranda para defender Oviedo con ventajas, que tengan por objeto inquietar al enemigo, ya no son posibles. Hay que mantener el terreno, aunque con ello se juegue la vida cara a cara.

Todas las posiciones del baluarte ovetense reciben un durísimo castigo a partir del 4 de octubre, aniversario del comienzo de aquella sangrienta Revolución de 1934.

Días antes, aviones de las bases de Carreño y Colunga habían bombardeado Oviedo con líquidos inflamables, provocando algunos incendios en los barrios. La artillería enemiga, constituida principalmente por piezas de 75 y 105 mm: y una batería de 155 mm, manejadas por oficiales profesionales, bate a distancia de 1.500 metros, en algunos casos, las posiciones principales y de enlace. Una de ellas, desde el mismo 4 de octubre, es la de la Loma de El Canto y su avanzada del caserío de La Cruz. Las piezas en su mayoría de 75 mm. están emplazadas en el arrugado terreno próximo a los edificios del Centro Asturiano y algunas en la contrapendiente del Naranco, desde el que se contempla, sin necesidad de prismáticos, la avanzada de la Cruz y la posición de El Canto. El tiro de las piezas, de momento, es espaciado, pero al atardecer cobra un ritmo más rápido. Pronto el enemigo incrementa la potencia de fuegos con obuses de 105 mm., situados en las proximidades de Lugones, en el ala derecha de El Canto, empleando, indistintamente, proyectiles rompedores o contra personal.

Durante la noche se retira la escasa fuerza situada en la avanzada de La Cruz, al tiempo que penetran en el dispositivo de la posición principal, una Compañía del Milán 32 y otra de la Guardia Civil.

Como en la Loma de El Canto está el mando del sector que comprende Vallobín y Los Solises por el flanco izquierdo y la Centralilla de Transformación eléctrica de la Ciudad Naranco y las posiciones de Ferreros y la Cárcel Modelo por la derecha, llegan a dicha Loma el teniente coronel Iglesias Martínez y el comandante Vallespín Cobián.

El día 5 de Octubre el fuego de la artillería enemiga cesa y, poco después, se inician los ataques de la infantería. Este, como viene haciéndolo desde el principio del cerco, lo fía todo al ataque masivo y cerrado. A toda costa quería entrar en Oviedo y tomar café en el Peñalba.

Las fuerzas que operan contra el sector de la Loma del Canto se encuentran a las órdenes de Damián Fernández o lndalecio Menéndez Viejo, con más o menos predicadamento entre sus hombres. El mando de las operaciones, en su conjunto, lo ostenta Ramón González Peña y Juan Ambou, que participaron en la revolución de octubre de 1934.

Los avances de la infantería roja se suceden no solo en un intento de conquistar la Loma del Canto, sino los Solises, Vallobín, el depósito de máquinas del Norte y Ferreros. No obstante, el esfuerzo principal se centra contra la Loma del Canto. Un coordinado plan de fuegos de ametralladoras y fusilería permite rechazar, a costa de muchas bajas, a un enemigo terco y porfiado. A mediodía cae muerto el teniente coronel Iglesias, y toma el mando de la posición el comandante Caballero el cual, con su proverbial valentía, se situó al frente de las tropas defensoras de el Canto, resultando herido, el día seis, gravemente a causa de un disparo de bala que le penetró por el ojo izquierdo, que perdería posteriormente.

Ese día 6 amanece con el cielo cubierto y, al mediodía, llueve. El Canto es un fangal. El barro se pega y convierte los sacos de terrenos en una masa viscosa y resbaladiza. El hórreo que distingue la posición, se ha hundido por un impacto directo de un 105. Unas minúsculas lonas apoyadas en traviesas de ferrocarril, cubren al personal. Dos ametralladoras, enterradas por un disparo de cañón, necesitan urgente limpieza y en ellas se empeñan sus servidores. Restos de pan duro y sardinas sostienen, apenas, los cuerpos de los defensores. A las 14 horas se redobla el ataque y no decae hasta la noche.

La posición aparece desvencijada y es preciso tapar huecos con sacos terreros. Los caballos de Frisa han desaparecido y da la sensación de que el Canto solo cuenta con pechos humanos para su defensa, y estos ya escasean de manera alarmante. Las máquinas Hotchkiss se calientan y gracias a un repuesto de cañones se pueden mantener en condiciones de disparar y otro tanto sucede con los Mauser. Escasean las bombas de mano Laffite, pero merced al trabajo de los talleres de la ciudad, dirigidos por artilleros se cuenta con artesanales granadas. Botes de conserva rellenados con dinamita y clavos. Las mechas se calculaban deforma que provocasen la explosión casi después de ser encendidas. El valor era indispensable al lanzarlas.

Los hombres de Vallespín, que se había hecho cargo del mando de la posición, junto a él, tienen la certeza que con fe en el triunfo ganarán la partida.

El general Aranda, por indicación del generalísimo, ha recibido una felicitación del general Mola en la que comunica que las Columnas Gallegas han sido reforzadas con «legionarios y regulares». El jefe de la plaza lo comunica a todos los defensores y agrega por su cuenta: «Nuestro honor, y el que nos confiere tales muestras de afecto e interés, obliga a todos a no ceder un paso de terreno sin orden expresa, mientras quede alguien con vida. Es preciso que la defensa de Oviedo logre su objetivo a toda costa y pase a la Historia con brillantez inmaculada. A todos os abraza vuestro general», «Antonio Aranda Mata».

En la posición de El Canto, el enemigo, a lo largo del día, ha centrado sus esfuerzos; 96 bajas es el resultado de la acción de la infantería y artillería. Aranda aprovecha la noche y ordena el envío a El Canto de reservas; una sección de la compañía de Janariz, del Milán 32; conductores de camiones, guardias municipales, que tendrían 10 bajas, artilleros, falangistas de la Centuria de Refuerzo y Apoyo Logístico, imberbes requetés, y maduros integrantes del Batallón de Ladreda.

El día 7 se embebe, en pleno combate, una sección de la 189 compañía de asalto mandada por el capitán Pérez Solís acompañado por el también capitán Ibarreta. Su misión era cubrir el flanco izquierdo de la Loma de El Canto y, al mismo tiempo, enlazar con el teniente Mayoral que, con el resto de la compañía, deben sostener en los Solises y Vallobín.

Los tiros de la artillería roja, no siempre dan en el blanco. En bastantes ocasiones, por fortuna, resultan largos e impactan en la torre de la iglesia de San Pedro de los Arcos, muy desmochada, o en los edificios situados frente a la estación del Norte.

Los combates alcanzan ya perfiles numantinos. En El Canto no existe la idea de ceder. Las piezas de las cercanías de los Sanatorios acortaron el tiro sin duda con intención deliberada de crear una cortina de fuego de cegamiento para, posteriormente, permitir que la infantería alcance una distancia de asalto, sin ser vista.

Caen heridos los sirvientes de una ametralladora y el comandante Vallespín se hace cargo de la pieza y empieza a disparar haciendo fuego a ráfagas, y el bravo soldado cae muerto. Poco tiempo antes había comentado; «la muerte no es inútil cuando lega un ejemplo a los que vienen detrás».

Es el día ocho de octubre, se hace cargo de la posición el capitán del Regimiento Milán 32, don Gerardo Albornoz.

El general Aranda había solicitado al general Mola apoyo aéreo. A las 13 horas, al clarear el cielo, aparatos Junkers 52, en una maniobra arriesgada a baja cota, volando en círculo, dejaban caer fardos conteniendo munición de armas ligeras, proyectiles y medicamentos.

La epidemia de tifus se extendía entre la población civil y escaseaban los medios farmacéuticos adecuados.

Mientras los Junkers lanzaban los fardos, aparatos Heinke 46 atacaban las bases de partida de la infantería roja en todo el frente de Oviedo, incluyendo el Naranco.

Al regreso de la aviación nacional a su base leonesa, el enemigo, previa una preparación artillera, se aproximó y tomó contacto con El Canto, la Centralilla de Transformación y Ferreros, pero no pueden consumar el asalto; una resistencia desesperada siembra el terreno de muertos y heridos.

Cincuenta hombres de la cuarta compañía del Batallón de Ladreda, llegan a la Loma y ocupan los puestos vacíos.

Este mismo día, la 3a Bandera de La Legión salva el Puente de Peñaflor, sobre el Nalón, y seguida por el 3“ Tabor de Regulares de Ceuta, conquista las dentadas alturas que lo guardan y fuerza a la bayoneta el Pico de Bolgues. Los Regulares, en el flanco derecho de la Bandera, asegurarán la penetración. El coronel Martín Alonso, Jefe de las columnas de liberación, acuciado por el propio Generalísimo, imprime un nuevo ritmo a las unidades. Franco toma esa decisión para que Oviedo se salve.

El enemigo insiste en sus ataques en masa a El Canto, sin importarle a su mando el precio de vidas humanas. Para aquellos pobres y valerosos milicianos, no existe el orden de aproximación, el contacto y el asalto. El fuego de artillería suple con exceso las carencias de la infantería. La Loma es ya una amasijo de sacos terreros, de traviesas de ferrocarril, de maderas del hórreo, de ladrillos y piedras del caserío.

El enemigo parece fijar la resistencia en la Loma, en tanto la desborda por su izquierda y se precipita hacia Los Solises y Vallobín, lugar este último donde ha caído el teniente Luis Mayoral.

Han muerto muchos oficiales y subficiales, y los escasos hombres que quedan en pié, reciben la orden de aprovechar cualquier resquicio en la lucha para replegarse.

El general Aranda, batidos los nidos de ametralladoras por el intensísimo fuego de artillería, reducidos sus efectivos a menos de quinientos hombres, a consecuencia de las bajas y enfermedades, tuvo que abandonar la línea de resistencia que, desde el primer momento, venía manteniendo y se replegó para colocarse los defensores al abrigo de las casas de la capital.

El recuerdo de la ciudad de Numancia gravita sobre Oviedo.

18 de Julio de 1936

18 de Julio de 1936

Por Fermín Alonso Sádaba

 

Una fecha en la Historia y un punto de mira constante al norte de la Historia de España. Esto quedará siendo para siempre, mientras España siga siendo espiritualmente la fecha del 18 de julio de 1936.

Según Cambó, en el año 1936 se levantó un pueblo dispuesto a todos los sacrificios para que los valores espirituales Religión, Patria y familia no fueran destruidos por la invasión bolchevique que se estaba adueñando de España.

El Movimiento Nacional del 18 de julio de 1936 no estuvo dirigido contra la República como forma de Estado, sino contra el Frente Popular que intentaba hacer de España una colonia de la Unión Soviética.

En la declaración del estado de guerra en Asturias, el coronel Aranda decía: «Vista la dejación de la autoridad ante los enemigos de la República y de España...» y que terminaba: «Que dictó para la seguridad de las personas honradas y la salvación de la República...».

La Revolución Socialista, golpe de Estado cruento contra la República y el Gobierno legal y democráticamente elegido por el pueblo español en octubre de 1934, fue sin duda alguna el preludio de lo ocurrido el día 18 de julio de 1936, y puede considerarse como «la primera batalla de la Guerra Civil española».

Ahí quedaba la espantosa estadística de los soldados españoles muertos por los revolucionarios; de los puestos de la Guardia Civil aniquilados por los revolucionarios con la dinamita; de los camiones de la Guardia de Asalto pulverizados, con sus hombres dentro, por la explosión.

Ahí quedaba la contemplación angustiosa de una hermosísima ciudad, Oviedo, ejemplo de la hispanidad, cuna de la nacionalidad española, bárbaramente destruida por los incendios y las voladuras.

Obras de arte, únicas en el mundo, patrimonio y tesoro, no ya de la cultura hispánica, sino de la cultura universal, han quedado destrozadas con una saña de horda por los revolucionarios.

Ciudadanos pacíficos, trabajadores de España, técnicos y magistrados que aportaron su esfuerzo y su inteligencia a su Patria y a la sociedad fueron asesinados bárbaramente al pie de sus propias fosas por el solo hecho de amar a su patria y trabajar por ella.

En la Revolución de Octubre de 1934, en quince días, hubo 1.335 muertos y 2.951 heridos. Los incendios y voladuras fueron 63 edificios públicos; 58 iglesias y 730 edificios particulares. González Peña voló las cajas fuertes del Banco de España de Oviedo, llevándose 14.250.000 pesetas, con las que desapareció.

El 18 de julio de 1936, camiones de carga, camionetas y ferias y mercados, autobuses de línea, todos los medios de comunicación, habían sido requisados. Las calles de Oviedo se vieron invadidas de milicianos rojos, muchos de ellos armados con armas escondidas de la Revolución de Octubre de 1934, ocuparon Oviedo.

Las gentes de Oviedo, recordando la tragedia padecida durante la Revolución Socialista de Octubre de 1934, para salvar sus vidas, no tuvieron otro recurso que unirse al Alzamiento Nacional.

El día 20 de julio de 1936 una Compañía del Regimiento Milán 32, en la plaza de la Escandalera de Oviedo, con la bandera republicana y al son de las notas del himno de Riego (el republicano), da lectura al bando declarando el estado de guerra en Asturias, que empezaba: «Que vista la dejación de la Autoridad ante los manejos de los enemigos de la República y de España para apoderarse de los resortes del mando...». Y que terminaba: «Que dictó para la seguridad de las personas honradas y salvación de la República».

La Defensa de Oviedo, algo evocable siempre y en todo momento, y cuyo recuerdo jamás admitiremos que caduque, algo que los historiadores que en el porvenir se ocupen de revivir el pasado colocarán indefectiblemente entre las pocas y grandes cosas dignas de la calificación de Memorables.

Al cumplirse setenta y cinco años del Glorioso Movimiento Nacional pedimos a todos los españoles un recuerdo y una oración por aquellos que dieron su vida por una España mejor.

La población civil en el Cerco de Oviedo.

La población civil en el Cerco de Oviedo.

Al comenzar el Sitio de Oviedo, las tiendas y los almacenes tenían grandes existencias de legumbres, tocino, embutidos y latas de conservas. La carne tardó poco en desaparecer, así como las aves de corral y los huevos de gallina. Oviedo siempre fue una población que consumía leche producida principalmente en los alrededores de la ciudad. Esta es la razón por la que escaseó mucho desde el comienzo del cerco. Inmediatamente, su consumo como leche condensada se limitó a niños, enfermos y ancianos, previa receta médica. Desde el primer día, la población se quedó sin pescado fresco. Al final del asedio casi no quedaba nada de nada.

Los depósitos de agua más importantes quedaron fuera de las posiciones de defensa, por lo que el agua quedó cortada por los rojos al poco de comenzar el cerco. Sólo quedó disponible un depósito de escasa capacidad, más los pozos y manantiales particulares, no todos de agua potable, por lo que hubo de ser racionada, aconsejándose la necesidad de hervirla y airearla antes de ser consumida.

La energía eléctrica faltó cuando los rojos tomaron la centralita de El Fresno. La población civil hubo de recurrir a velas, candiles de carburo y lámparas de aceite. A veces, la oscuridad de la noche se disipaba con el resplandor de los incendios, como los de las calles Argañosa, Arzobispo Guisasola y Marqués de Gastañaga.

Al principio, la población contemplaba desde la calle las evoluciones de la aviación enemiga. Sin embargo, a medida que sus bombas iban causando víctimas, la gente empezó a resguardarse en los sótanos o en las partes bajas de los edificios de construcción aparentemente más robusta. Para que la población conociera inmediatamente la presencia de la aviación enemiga, se dispuso el día 6 de Agosto un servicio de observación en la catedral. En cuanto se detectaba la presencia de la aviación roja, se avisaba a la población mediante un largo repique de campanas de la catedral. Cuando la aviación se retira, el aviso consiste en varios repiques cortos y seguidos.

Cuando, además de los bombardeos aéreos, la artillería tomó como blanco las casas de la ciudad, las gentes terminaron por hacer su vida en los sótanos, evitando los pisos altos como más peligrosos. Sin embrago, en ocasiones, tanto proyectiles como bombas entraron en algunos de estos improvisados refugios, causando verdaderas carnicerías. Una de ellas penetró por el portal de la “Casa del Chorín”, situada en la esquina de las calles Caveda y Foncalada, llegando hasta el sótano que estaba abarrotado de personas y que, al explotar, causó una espantosa matanza. Aparecieron restos humanos sin saber a qué cuerpos pertenecían.

El día 8 de Septiembre, festividad de Nuestra Señora de Covadonga, los aviones rojos se turnaron de tal forma que en todo momento había alguno sobrevolando la ciudad. Hacen explosión las bombas en las calles céntricas y en los barrios, sin preferencias ni discriminaciones. Abren profundos cráteres, derrumban las techumbres de las casas, provocan incendios. Durante trece horas seguidas, sin tregua, sobrevolaron la ciudad ametrallando a la población civil.

Después de la tortura del día 8, el jueves día 10 la ciudad se vio sometida a la acción conjunta de aviación y artillería durante doce horas. La aviación arrojó más de 500 bombas, algunas de líquido inflamable, con lo que se produjeron varios incendios. Cuando al anochecer se interrumpe la sesión de vuelos, una muchedumbre, en la que abundan las mujeres, invadió las calles de Oviedo. Multitud de personas que salen de los sótanos y refugios y forman una impresionante manifestación. A la cabeza, la Banda del Regimiento del Milán, interpretando marchas militares. Suenan vivas a España y al Ejército.  Era la respuesta del Oviedo invencible al deseo del enemigo de poner pie en la ciudad.

Compañero inseparable de la guerra, la “peste” acudía puntual a la cita: la fiebre tifoidea, vulgarmente el tifus. Las aguas contaminadas de pozos y manantiales fueron vehículos portadores de los bacilos de Eberth. Los casos de tifus se prodigaron y las muertes iban en aumento.

Después de los bombardeos padecidos durante el mes de Septiembre, en el de Octubre se reproducen de forma intensiva.  El día 4, desde las cinco de la mañana hasta el anochecer, cayeron sobre Oviedo más de 1500 disparos de cañón, a la vez que cinco aviones efectuaron doce bombardeos. La población civil pasa todo el día recluída en los sótanos y refugios. Y así hasta el  día 17 de Octubre, fecha de la liberación.

El relato de las últimas jornadas de resistencia de Oviedo, constituye uno de los hechos más heroicos de la Guerra Civil, y puede considerarse, literalmente, como una de las más asombrosas páginas de la Historia Militar.

Tras la liberación, el asedio de Oviedo duró doce meses más, hasta el día 21 de Octubre de 1937. Durante quince meses Oviedo fue objeto de bombardeos contínuos de la aviación roja, batido por los cañones que no cesaban, día y noche, morteros que hostigaban las calles. Disparos que, desde las alturas que circundan Oviedo, enfilaban sus calles y plazas, apuntando a todo lo que se movía, sin respetar que fueran mujeres, niños o ancianos.

El Hospicio, el Hospital Provincial, las Hermanitas de los Pobres, fueron objeto de los más tremendos bombardeos. No hubo casa en Oviedo en la que la metralla no dejara su huella.