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DEFENSORES DE OVIEDO

Nota de la Hermandad

Nota de la Hermandad

Queridos hermanos:

Vistos los tiempos que estamos atravesando, y que ningún Organismo Oficial nos da subvención alguna (a diferencia de las distintas asociaciones y entidades de "Memoria Histórica"), os pedimos que, en lo que podáis y sin que ello pueda perjudicar en nada vuestra economía, un apoyo económico, que podéis hacer efectivo, los que viven en la provincia de Asturias, en el Banco Herrero, cuenta nº 0081-5050-52-0001142616, y los que viven fuera de esta provincia, en el Banco Sabadell, en el mismo número de cuenta, o de la forma que estiméis más oportuna.

Tu ayuda es fundamental para la subsistencia de la Hermandad de Defensores de Oviedo.

Muchas gracias anticipadas.

Dios os guarde muchos años.

 

Fermín Alonso Sádaba

Presidente

Octubre de 2011

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (2)

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (2)

 

EL ASALTO A OVIEDO Y LA ROTURA DEL CERCO (4 a 17 de octubre) 2ª parte.

El repliegue general y la amenaza por el Oeste. Días 9 a 14

A las nueve de la mañana del día 9 otro radio enviado por el general Aranda al general Mola señalaría: «Conservo población, replegando algunas posiciones»; pero este repliegue iba a continuar durante la jornada.

En efecto, a lo largo de ella el enemigo inicia la ocupación de La Argañosa, «combatiéndose a la desesperada en las casas, que se irán incendiando o volando, a medida que penetre en ellas el enemigo». Y a las tres y cuarto de la tarde Aranda anunciará que se está atacando muy duramente San Pedro de los Arcos, tras intensa preparación artillera y en medio de un fuerte temporal de lluvia.

Penetraciones y durísimos combates, más la anterior pérdida de Canto, obligarán al General a iniciar una que ya puede llamarse retirada completa, sobre la línea El Fresno-Plaza de Toros, retirada que se lleva a cabo de noche y sin que las fuerzas sean hostilizadas.

La mayoría de los puestos están mandados por suboficiales, clases e incluso soldados rasos, y las bajas son tan cuantiosas que incluso muchos de los voluntarios que tenían que defender la segunda línea pasan a la primera. Las municiones se agotan, los hombres se encuentran extenuados por falta de relevo y la reserva de Aranda se reduce ya a una sección de Infantería y otra de la Guardia Civil, sacadas del Sector Este, que es el más débilmente atacado. No nos extrañe, pues, que Belarmino Tomás anuncie en este día 9: «Nuestras fuerzas actúan en las calles de Oviedo y la situación es francamente buena.»

La penetración, a medida que disminuyen hasta límites increíbles los efectivos de Aranda se hará más profunda y múltiple. El 10 se pasa de La Manjoya a Catalanes y El Fresno, llegándose, más al Este, al barrio de San Lázaro, todo en medio de los más cruentos combates. Esta progresión obliga a retirar, a la noche, el puesto del Cementerio, fijándose la línea en Villafría. A la vez continúa la presión por La Argañosa, Plaza de Toros y finca La Maturria.

Aviones nacionales han volado los días 7, 8 y 10, arrojando municiones y medicamentos y bombardeando las posiciones del enemigo, pero sin que por ello puedan detener su avance lento pero continuo. Y Belarmino comunicará el último día: «Todo sigue muy bien.»

El 11 remite el ataque, extendiéndose sobre las doloridas ruinas de Oviedo una cierta calma, salvo en las posiciones de Villafría, que se sostienen difícilmente a costa de grandes pérdidas. «Se aprovecha la noche para abastecer los puestos y, en previsión de nuevos ataques se empieza a consumir en el interior de la ciudad reductos de resistencia, guarnecidos por voluntarios civiles con víveres para ocho días y algunas municiones, que escasean muchísimo».

El 12 se reanuda espectacularmente la ofensiva. Grandes masas presionan desde Canto sobre San Pedro de los Arcos y desde el Cementerio sobre Viilafría, avanzando a pesar de sus pérdidas cuantiosas, que se reponen continuamente. Dentro de la defensa no hay ya un hombre en la segunda línea, habiéndose terminado la munición de las ametralladoras.

Tremenda situación. «El combate se desarrolla a muy poca distancia, a base de fuego de fusil certero y gran empleo de bombas de dinamita, fabricadas un La Vega. La defensa de Oviedo se hace por momentos desesperada. Se ordena a todos mantenerse en su puesto hasta el límite que permitan los edificios, pasándose de la guerra de trincheras a la guerra de calles. Cuando la artillería enemiga deshace una casa, sus defensores pasan a la siguiente, sin pedir relevo y procurando establecer contacto por sus flancos. Salen de las hospitales todos los heridos y enfermos leves, que marchan a los puestos para reforzarlos, según sus posibilidades».

Se va a morir defendiendo las ruinas de una ciudad, sencillamente, y a la noche de este día 12 continúa el repliegue general sobre el casco urbano. El enemigo dispone ya de un frente continuo, que va desde San Lázaro, por La Pereda, al Cristo de las Cadenas y la barriada de Buenavista.

Belarmino Tomás comunica al Ministerio que «sigue todo muy bien», mas seguidamente muestra veladamente sus temores, al referirse a unos combates «por el Oeste». ¿Cuáles son? «La acción sobre los rebeldes de Galicia –dice- es dura.» Alusión expresa a una situación grave pero silenciada hasta ahora ¿Qué ocurre allí?

Ocurre que, alimentadas las fuerzas del coronel Martín Alonso con las unidades que van llegando de África, el 9 alcanzan las Columnas de Galicia los poblados de El Soto y Santullano, y el 10 el de Valsera, situado a unos nueve kilómetros en línea recta de Oviedo. Todo transcurre en medio de las más encarnizadas luchas, pero cuando el día 12 se amplía el frente de ataque, ocupándose Gurullés y amenazándose Trubia, el peligro exterior, el que viene por la espalda de las fuerzas que asedian Oviedo, se hace patente.

Con todo, aún tendrán lugar en la martirizada ciudad durísimos combates. Así, el día 13 los ataques se centran buscando la Estación del Norte y casas vecinas y sobre la carretera de Trubia, utilizándose la artillería y la aviación para provocar grandes incendios. En todo el frente se lucha sin cesar, disminuyendo los defensores en forma tal, que la mayoría de los puestos son de doce a catorce hombres. Belarmino falta a la verdad al decir que «se está combatiendo en las principales calles de la ciudad», pero a los avances de sus fuerzas anteriores hay que añadir en ésta una nueva conquista: el barrio de La Argañosa.

La pelea alcanza, en los lugares en disputa, violencias insospechadas, que bien podríamos calificar de inverosímiles. De una casa se pasa a otra, a través de los boquetes abiertos en las medianerías, para luego continuar los terribles combates en el nuevo edificio. Demolido el cual, sepultados quizá sus defensores, se entrará en otro, donde seguirán las acciones cuerpo a cuerpo.

Pero en el que bien podemos llamar frente exterior tiene lugar en este día 13 un paso decisivo, al ocupar Martín Alonso el poblado de El Escamplero y las alturas próximas, quedando así sus vanguardias a poco más de siete kilómetros de Oviedo, y dibujándose a la vez una maniobra no por la carretera de Trubia, conforme seguramente creían unos y otros, sino bastante más al Norte, con la mirada puesta en la Sierra del Naranco.

Esta variación de la maniobra de las Columnas Gallegas tendrá graves repercusiones en el asedio. Ya el día anterior 12, las exiguas fuerzas de Aranda habían notado un cierto cambio en los mandos y unidades enemigas. «¿Por qué empezaban a estabilizarse las líneas y, en algunos casos, retrocedían las vanguardias?» Todo ocurría a pesar de lo que decían los partes triunfalistas de Madrid y las noticias dadas por la radio y prensa de Gijón sobre la ocupación de calles y edificios de la ciudad.

El 14, aprovechando Aranda una nueva remisión del ataque, hace que los puestos se enlacen lateralmente, levantándose barricadas por todas partes. La aviación propia arroja hasta 30.000 cartuchos de fusil, doce proyectiles de cañón y material de cura, lo que supone un sensible alivio. Belarmino sigue hablando de la ocupación de edificios importantes.

 

El principio del posible fin. Días 15 y 16

Las fechas que siguen amenazan con ser decisivas para la postrer defensa de Oviedo. Los días 15 y 16 las fuerzas revolucionarias, pese al peligro que les llega por retaguardia, van a llevar a cabo los últimos y más impresionantes ataques, donde la desesperación y el valor se aliarán en inverosímil unión esforzada.

El 15, carros blindados y grandes masas atacan por el Sur, hacia el convento de las Adoratrices y el de Santo Domingo, ataque que es rechazado, con pérdida de dos de aquellos vehículos, a la vez que se intenta una fuerte infiltración hacia el campo de San Francisco, ya en el corazón de la plaza, infiltración que se evita mediante un inusitado contraataque, apoyadopor el fuego de una pieza del 10,5.

El 16, hay una nueva infiltración, partiendo del barrio de San Lázaro, luchándose casa por casa con masivo empleo de la dinamita. Para parar el avance se incendia, al llegar la noche, parte del barrio, y bajo los resplandores del fuego ametrallan los defensores a sus adversarios, replegándose a la vez y consiguiendo así que el enemigo no penetre en la ciudad por esta zona. Las bajas son elevadísimas, y ello convierte en desesperada la situación del general Aranda. «La resistencia se hace imposible -dice aquel-, abarcando todo el perímetro de la ciudad, preparándose la retirada hacia los reductos interiores.» Son éstos, la Fábrica de Armas, el Cuartel de Milán y el de la Guardia Civil, con la loma Pando que los domina, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento. Las municiones se han reducido a 60.000 cartuchos y quedan útiles 500 hombres, contando los convalecientes, enfermos y heridos leves, más una cifra aproximada de 200 a 300 paisanos.

Mientras Belarmino Tomás anuncia: «Queda poco para la toma completa de Oviedo», el general Aranda, a las trece de la tarde, envía un radio a Mola, que señala: «Durante la noche [del 15 al 16] infiltraciones y ataques con dinamita han obligado a evacuar el barrio de San Lázaro, retrocediendo y defendiéndose casa por casa.» Pero donde la situación se refleja más exactamente es en estas otras palabras: «Fuerzas están agotadas y socorro es urgentísimo, pues entrando el enemigo en la población irá produciendo aislamiento reductos y destrucción población civil.»

Desde el exterior, a las once y media de la mañana, se ha enviado a Aranda esta noticia reconfortadora: «Enemigo desmoralizado abandona posiciones. Nuestras tropas avanzan. Llegaremos. »

Tampoco será fácil, pues en este día 16, en que se ocupa el poblado de Gallegos y alturas al Norte, han de ser retiradas las fuerzas de la III bandera del Tercio, totalmente diezmadas.

 

La rotura del cerco

La noche del día 16 al 17, la Columna Teijeiro,  con su base en El Escamplero, planea la maniobra para la liberación de Oviedo, que ha de tener lugar al día siguiente, de manera inexcusable, pues caso contrario la plaza inevitablemente caerá en poder del enemigo. Para ello Teijeiro divide sus fuerzas en dos Agrupaciones. Una, formada por los tabores III de Ceuta y IVde Tetuán, muy mermados y bajo el mando del comandante don Elías Gallego, debería ocupar, por sorpresa, la Sierra del Naranco. A su amparo, la otra Agrupación, constituida con fuerzas de Asalto de La Coruña y dos compañías de Voluntarios, una de Orense y otra de Puenledeume, habría de marchar directamente sobre la capital asturiana y romper su cerco.

La Agrupación Gallego inicia el 17 su progresión con éxito y sin mayores obstáculos, avanzando al amparo de la niebla, por la cañada de El Rebollar. Pero más abajo, esa niebla es tan espesa que impide la marcha de la otra Agrupación hasta las once de la mañana. A tal hora, ya con suficiente visibilidad, se efectúa una preparación de artillería sobre el poblado de Loriana, donde se ofrece fuerte resistencia. Lo propio ocurre con el pueblo de Gallegos, siendo herido al ocuparlo el capitán Pérez López, jefe de la vanguardia. Toma entonces el mando conjunto el comandante don Jacobo López García, que consigue vadear el Nora, avanzar al Norte y Sur de Loriana y apoderarse de este pueblo con escasas bajas.

Sobre Oviedo, en tanto,ya despejado el día, vuelan los aviones de León, que bombardean y ametrallan las posiciones enemigas. La presión de los sitiadores, a lo largo del día, se acusa por el Oeste y desde el barrio de San Lázaro, mas se trata de una presión no excesiva, contenida con relativo desahogo.

La llegada, en tanto, a Loriana de una compañía de regulares del IV tabor de Alhucemas y la presencia de algunas banderas nacionales en las alturas occidentales del Naranco, deciden al comandante López García a continuar su progresión lo más rápidamente posible, antes de que el adversario se rehaga. Queda en Loriana la compañía de Alhucemas, protegiendo el flanco, a la vez que se va ocupando, en saltos sucesivos, las estribaciones del Naranoo hasta el lugar de Víllamar, mientras más al Norte, las cumbres llamadas Lubrió y La Roza son ganadas una tras otra, hasta alcanzar al vértice del Paisano, el punto más elevado.

Al Sur, un prisionero hecho por la Agrupación López García confiesa que las gentes de González Peña, dispersadas y desmoralizadas, se retiran. El momento es magnífico para el salto final, que ha de darse rápidamente, pues queda poco tiempo de luz y se ignora la resistencia que se encontrará en el barrio de La Argañosa, por donde ha de pasarse. Por otra parte no se tiene comunicación con el teniente coronel Teijeiro ni con el Mando superior, pero el comandante López García recuerda que la orden del jefe de la 8ª División, comunicada a través del coronel Martín Alonso, exigía un máximo esfuerzo para enlazar con las fuerzas defensoras de la Ciudad; por todo ello decide llevar a cabo ese supremo esfuerzo y continuar el avance.

Una sección ocupa previamente la loma Pando, muy próxima

y de excepcionales condiciones defensivas, advirtiendo al jefe de aquélla que si no puede entrar un Oviedo el resto de la tropa se replegara sobre la misma loma, dando una consigna para el consiguiente conocimiento entre los soldados.

Hecho esto la Agrupación se lanza directamente sobre Oviedo, yendo en vanguardia los de Asalto. Al llegar éstos a las primeras casas de La Argañosa, son recibidos por intenso fuego, de frente y sobre su flanco derecho, lo que hace muy penoso el avance, al tener que cruzar las fuerzas los peligrosos claros existentes entre las edificaciones, batidos con armas automáticas. Hay, además, una infiltración enemiga por la línea del ferrocarril y resistencias valerosas en edificios aislados.

Tras vencerse todas estas oposiciones se llega ante la Plaza de América, cerca de la calle de Uría, cerrada con parapetos de sacos terreros. Son ya, aproximadamente, las cinco de la tarde

y la débil luz amenaza apagarse. Las fuerzas de Asalto son aquí recibidas igualmente con fuego de fusil, apagado cuando dan aquéllas gritos de ¡Viva España! y ¡Arriba España! Se pide, desde uno de los edificios en que se ha hecho fuego, que avance el jefe de las fuerzas  y el comandante López García, acompañado de dos guardias de Asalto, cruza el espacio que los separa y siendo recibido por dos oficiales que demuestran inicial desconfianza pronto desaparecida.

El general Aranda, ya al habla con el comandante López García, dispone entonces que entre la Agrupación, con las precauciones debidas, pues la oscuridad se ha hecho ya completa. El contacto entre liberadores y liberados se establece exactamente a las seis y media de la tarde. En aquellos momentos Aranda sólo disponía de unos 30 hombres útiles como reserva final. Dos horas después entraba en Oviedo el coronel Martín Alonso y el teniente coronel Teijeiro.

 

La noche de la ciudad

Cuenta Juan Antonio Cabezas, que se encontraba fuera de Oviedo, su aspecto antes de tener lugar el anterior contacto. «Al oscurecer, Oviedo parecía envuelta en un angustioso silencio. Cerró la noche y la ciudad totalmente a oscuras se convirtió en una masa de sombras que perforaba de tarde en tarde algún disparo de fusil. En puntos del cinturón, alguna ametralladora disparaba una corta ráfaga. El silencio continuaba impresionante.» Y de repente… «De pronto -sigue Cabezas- se produjo un gran jaleo de cohetes y disparos. No tenía carácter de guerra. Había empezado por La Argañosa y en la falda del Naranco, y poco después se reproducía en la plaza de América y en la calle de Uría. Los cohetes y los gritos arreciaban. Gran cantidad de luces zigzagueaban en el aire y descubrían perfiles de la ciudad. Se oían gritos históricos de mujeres que expresaban una alegría indescriptible,»

Dentro de Oviedo ya se había tenido noticia cabal de la maniobra de las fuerzas liberadora: hacia el mediodía, cuando se vieron las primeras banderas en la Sierra vecina. Luego, ya en la tarde, una explosión fue interpretada exactamente como la voladura de un polvorín de las fuerzas en retirada. Por entonces ya se veían en las varias alturas del Naranco el color de los uniformes de los soldados de regulares.

La noche cayó oscurísima, sobre una ciudad desprovista de toda luz. Pero la intuición y el deseo imperioso comenzaron a volcar en la calle gentes impacientes, siendo luego de saberse la entrada de las primeras fuerzas de López García, cuando Oviedo se convertía en un inmenso cántico de resurrección.

 

La defensa de una ciudad

El sitio de Oviedo había durado, exactamente, noventa y un días. Huelga que añadamos ningún dato sobre cómo fueron de duros, de sacrificados, de trágicos.

El asedio costó a las fuerzas defensoras unas 2.300 bajas por acciones de guerra y 400, aproximadamente, por enfermedades, lo que suponía un 81 por ciento del total de los efectivos. En la población civil se cifraron las bajas causadas por los bombardeos y los proyectiles de la artillería en unas mil, con otras tantas ocasionadas por las enfermedades.

El general Aranda ha hecho aquí algunas precisiones. Ya el 1 de septiembre las bajas sumaban unas 800; a las que, y como consecuencia de los ataques al Cementerio en los días 8 y 9, había que añadir otras 300. En los días finales, del 4 al 12 de octubre, las bajas diarias serían de 100 a 150.

No conocemos ningún balance de los daños causados en los edificios de la ciudad por el asedio, pero bien podemos decir que tal balance huelga. Pues después de haber sufrido aquellos 120.000 impactos de la artillería y 10.000 de bombas de la aviación, puede asegurarse que Oviedo había quedado totalmente destruido. Las fotografías lo acreditan sobradamente, notificando que desde la catedral al último edificio todos conocieron los zarpazos de la guerra.

A tales zarpazos se unieron toda clase de factores adversos, que iban desde el hambre y la sed a las enfermedades, la muerte, las heridas y la privación del hogar. Sin olvidar, para Aranda y sus hombres, el grave problema que significaba tener dentro de la ciudad un enemigo cierto, auténtica quinta columna ,que no se dio por vencido en ningún momento.

La defensa de Oviedo en las condiciones que de sobra conocemos fue obra, parte principalísima, de la inteligencia, serenidad, valor y dotes personales de su Mando supremo. «Al número y la acometividad ciega -escribió luego Aranda- se opuso un plan de fuego a base de numerosas ametralladoras, profundo y elástico». Al ataque simultáneo, se respondió con el máximo desgaste local y el empleo metódico de las reservas, reconstituidas rápidamente. En definitiva, «la técnica y la preparación triunfaron sobre el número y la acometividad».

En el sitio de Oviedo el factor psicológico fue un aglutinante de todos los resortes civiles y militares de una multitud.

Pérez Solís escribió que «el coronel Aranda, seguro de sí mismo y de sus tropas, era el gran optimista». Los combatientes conocían la real situación y nunca se les ocultó la verdad, pero también la necesidad de morir en sus puestos. Esta compenetración entre jefe y soldados, basada en el conocimiento de una realidad amarga y el orgullo de cumplir una misión transcendente, constituye una lección histórica que no debe olvidarse.

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (1)

Octubre 36: Oviedo a vida o muerte (1)

EL ASALTO A OVIEDO Y LA ROTURA DEL CERCO (4 a 17 de octubre)

Reorganización, unificación, militarización

El 29 de septiembre un Decreto dado en Madrid nombraba a Belarmino Tomás gobernador de Asturias y León, y a la vez presidente del Consejo Provincial del Frente Popular, también de Asturias y León. Tomás fijaba la residencia de estos organismos en Gijón, donde él se desplazaría, neutralizando así el organismo de preponderancia anarquista allí existente y unificando más o menos el poder político asturiano. Una Comisión Ejecutiva del Consejo entendería exclusivamente de asuntos de guerra, aunque González Peña seguiría siendo nominalmente Jefe de Operaciones y Comisario General.

Pero ello no sería obstáculo para que, al lado de la carga política y revolucionaria que suponía la dirección e inspiración de la guerra en Asturias, se formase el verdadero organismo de carácter militar. En efecto, por estos días aparece ya un Estado Mayor, al menos formalmente, al frente del cual se encuentra un extranjero, con grado de capitán, Teodoro Zu Putlitz. En este Estado Mayor figurarán las Secciones propias, con jefaturas de Artillería e Ingenieros. La presencia de jefes profesionales al frente de las secciones de Operaciones y de Organización dice mucho, así como la del teniente coronel Linares Aranzabe en el mando de las fuerzas que tratan de detener a las Columnas de Galicia.

A la vez se va imponiendo una organización militar regular, a base exclusiva de batallones, anuncio de las futuras Divisiones y Brigadas. Todo lo cual supondrá que también va a llegar el cambio -aunque sea inicialmente- a las fuerzas que cercan Oviedo, cambio “a mejor”, que traerá el endurecimiento del sitio. Un llamamiento de los reemplazos de 1932 y 1933 se hace regularmente, sometiendo a los reclutas al fuero castrense y la ordenanza militar.

Las fortificaciones de Oviedo

Si la fortificación de la plaza había sido en un principio totalmente sumaria, casi siempre amparando el frente de fuego sobre las edificaciones más apropiadas, el endurecimiento del cerco traerá también, fatalmente, el endurecimiento de la protección y amparo de Oviedo.

Se relegará el fuego de fusil a la defensa próxima y se desarrollará un plan de fuego de ametralladoras, empleando estas armas por parejas, al principio en construcciones urbanas y después en pozos, situando cada máquina en los extremos de una trinchera quebrada de 15 a 30 metros. Es decir, que se abandonan los edificios, cuyo valor es más aparente que real ante el fuego masivo, y se acude al correcto y vital empleo del terreno como elemento defensivo y protector, aumentándose el espesor de las cubiertas con carriles y tierra.

El trazado de las posiciones se hará generalmente a base de cunetas de 20 a 50 metros de longitud, donde se situarán de dos a cuatro ametralladoras, separadas aquéllas por intervalos de 100 a 500 metros. Las posiciones principalmente se constituirán con cunetas escalonadas, de forma que el terreno quede perfectamente compartimentado.

Pero siempre faltarán medios. «La gran escasez de alambradas limitó las defensas accesorias a algunos caballos de frisa, tendidos ante las posiciones principales», utilizándose raramente las minas y sólo contra los camiones blindados, cuando se aventuraban sobre carreteras y calles; minas «generalmente de tipo automático y excepcionalmente con mando a distancia».

Y faltarán también especialistas, esto es fuerzas de zapadores, inexistentes y sustituidas por las propias unidades de Infantería y Orden Público, aunque creándose una llamada Agrupación de Trabajadores Civiles seleccionados, la popular «Sección de Empuje», que en el período final del sitio se batiría en las posiciones más avanzadas, «sucumbiendo heroicamente en su casi totalidad».

Drama final de la vida ovetense

Escribió un día Pérez Solís: “Todo lo necesario para la vida de una población fue agotándose, más o menos lentamente».

Era verdad: la sombra de una tragedia irremediable se proyectaba cada día con los más oscuros tintes sobre la plaza asturiana, a la vez que un enemigo decidido a poseerla a toda costa iría ocupando paso a paso, día a día, edificios, calles, barrios, en medio de las más enconadas y violentas luchas sin cuartel.

La guerra y la no guerra, la vanguardia y la retaguardia, tendían a fundirse así. Drama de la vida civil o privada y drama de la vida pública o de la guerra. «Noches lúgubres –continúa Pérez Solís- aquellas de Oviedo, en tinieblas, bajo el fragor de los combates en las posiciones inmediatas y el bombardeo de los cañones enemigos». O de un incendio que devoraba manzanas enteras de casas, causando víctimas sin cuento.

Todo en medio de una espantosa escasez. Algunos artículos básicos -leche, carne, azúcar- se reservaban para niños, enfermos y heridos. La leche, condensada y natural, escasísima, se daba en Intendencia Militar, casi con cuentagotas, mediante receta facultativa. Y era conmovedor ver a las madres, impávidas, desafiando la metralla para conseguir el alimento de sus pequeñuelos. Muchas de esas madres abnegadas cayeron sobre el asfalto, apretando con la última crispación de sus dedos el bote que era la vida de sus hijitos queridos.

Pero lo peor seguía siendo «la escasez de agua, la falta de riego en las calles y de saneamiento en las alcantarillas, y el uso forzoso de agua de pozos, depósitos que no se renovaban y viejos manantiales abandonados». Todo ello acabaría desarrollando una epidemia de fiebres gástricas paratíficas de mal cariz, que degeneraron en tifus declarado.

Octubre de 1936. En Oviedo su población vive aplanada por los sufrimientos morales y materiales; aplanados pero sin abatirse ni entregarse. «En conjunto -escribió el general Aranda- la población resistía con serenidad, con buen espíritu y hasta con heroísmo, el calvario de los tres meses de privaciones, de penosos racionamientos, de molestias constantes y de peligros». Población cansada hasta el límite pero que aún sacaba fuerzas de flaqueza para reaccionar en momentos inesperados de la forma más exaltada y vibrante, como ocurrió al día siguiente de conocerse la liberación del Alcázar de Toledo.

Población mal alimentada, sedienta, enferma en gran número y que vive sin apenas ver la luz del sol. .

La preparación del gran ataque

La presencia de numerosos jefes y oficiales profesionales que están contribuyendo a infundir una cierta táctica a las unidades y mandos que cercan Oviedo, se apreciará claramente en la preparación de la ofensiva que pronto va a desencadenarse.

Gran derroche de medios.- El 23 de septiembre ha llegado a Gijón el grueso de la Flota, con abundante armamento, y las fuerzas de Infantería son ya considerables. Incluso han venido no menos de cinco batallones de Santander y Vizcaya, y el general Aranda acabará valorando los efectivos del enemigo en un total de 26.000 a 30.000 hombres.

El Frente ha sido dividido en Sectores y Subsectores. El que podríamos llamar Sector Norte, al parecer al mando de Martínez Dutor, comprende los Subsectores de Colloto, Lugones, Cayes, Naranco y Llanera. El Sector que bien podría denominarse Sur, al frente del cual está, según los indicios, Damián Fernández, cuenta con los Subsectores de Tudela-Veguín, Las Cruces y La Manjoya. Al Oeste está el Sector de Trubia-Sograndio.

La artillería del cerco, bajo el mando conjunto del capitán Manuel Espeñeira, dispone de más de 40 piezas, y la aviación, a las órdenes del teniente Hernández Franch, de suficientes aviones.

La superioridad en hombres, armas y medios de todas clases es absoluta, y llegado el momento se pondrá al servicio de una idea de maniobra muy sencilla: ataque demostrativo desde Las Cruces, seguido de otro por La Manjoya, para absorber reservas, y luego, rápidamente, el ataque principal contra la avanzadilla de La Cruz y la posición principal de la loma del Canto, y, a la vez, contra La Argañosa, buscando el mutuo enlace de ambas embestidas para adentrarse seguidamente en la ciudad por el Oeste, según ya calculara Aranda.

Sí: la ofensiva se ha preparado concienzudamente. Mucha instrucción, con abundante armamento, y la movilización de todos los servicios. Y una fecha se alza aquí, imperante, esperanzadora: la del 4 de octubre, domingo, aniversario de la Revolución de 1934. Hemos ponderado sobradamente la sugestión que ejercía sobre todos, pero ahora a esa sugestión se unirá un exigente motivo más para apoderarse en tal día de la codiciada ciudad: hay que borrar el mal efecto producido por la pérdida de Irún, San Sebastián, la frontera con Francia y toda la provincia de Guipúzcoa.

Las exiguas fueras de la defensa. Un reducto final y un cálculo de probabilidades

Pero si para Belarmino Tomás y González Peña la ocupación de Oviedo era un asunto políticamente vital, pues en ella se ponía espíritu de revancha, deseo imperativo de éxito y amor propio llevado al límite, para los generales Franco y Mola, jefe este último de todo el Frente Norte, el sostenimiento de la defensa ovetense era igualmente cuestión decisiva. Y no sólo desde el punto de vista político, sino también estratégico: pues sostener Oviedo era tanto como proteger Galicia y el Valle del Duero, y liberar del cerco a la ciudad equivalía a poder luego tener en la mano una base excelente de operaciones para, desde ella, ocupar el resto de Asturias. De aquí que ante las dolorosas circunstancias en que se encontraba el asedio, amenazado de un final adverso y quizá catastrófico, se acudiese a una medida excepcional: desviar parte de las fuerzas destinadas a la posible ocupación de Madrid hacia el Norte, para salvar a Oviedo.

Esta medida ha sido fuertemente censurada, dándose por hecha la segura ocupación de la capital de España si no hubiese tenido lugar aquel desvío. Ahora bien, en octubre de 1936 se consideraba muy probable, y más que probable casi seguro, el abandono de Madrid de sus defensores nada más asomarse por el horizonte las fuerzas que venían avanzando desde Toledo. Ello tardaría aún algunas fechas pero, en cambio, el hundimiento de la defensa de Oviedo podía ser inmediato, lo que quizá provocaría la invasión de Galicia y, sobre todo, del Valle del Duero, con resultados catastróficos. Ya se vio como los días 18 y 19 de julio se había intentado hacerlo, por medio de varias expediciones. Así, pues, salvando Oviedo se defendía algo más que una ciudad; un enorme trozo de España.

Y es que Aranda, ya general, sólo cuenta en estos días críticos y frente a la avalancha enemiga, que más que adivinada se sabe cierta, con sólo «500 defensores útiles y 100 heridos. Por lo demás, todo lo tiene pensado y previsto, y entre sus planes de corte numantino figura la fijación y preparación de una segunda línea, a la que plegarse desde la primera, línea definitiva que se defenderá hasta la vida del último soldado. La línea se ciñe al verdadero casco de la población y sus posiciones principales son éstas: Fábrica de Armas, Cuartel de Pelayo, Cuartel de la Guardia Civil, Cárcel, San Pedro de los Arcos, finca llamada La Matorria, Fábrica de electricidad de El Fresno, y conventos de Dominicas, Adoratrices y Santo Domingo.

Entre la primera y segunda línea, Aranda organizará varias posiciones de enlace y apoyo. Son el Matadero, la Fábrica de Luz del Naranco, la Plaza de Toros, el Asilo de Huérfanos, el Depósito de Aguas antiguo y la meseta de Catalanes.

El día 3, víspera de la ofensiva enemiga, Aranda envía a Mola un mensaje donde, después de hablar de los bombardeos, señala: “Podrán destruir más o menos edificios pero la defensa de Oviedo sigue tan enérgica y agresiva como el primer día”.

La ofensiva

Hasta la ocupación de la loma del Canto: 4 a 8 de octubre

La ofensiva fue precedida de un sospechoso gran silencio. «Llegó a no sentirse un tiro, ni de día ni de noche». El silencio se quebró exactamente a las cinco de la madrugada del día 4 de octubre. Fue la señal para que todas las piezas de artillería rompieran un fuego muy intenso, dirigido preferentemente a las obras de fortificación. Pronto volarían los aviones.

El primer intento de asalto se llevó a cabo sobre el Cementerio, corriéndose luego hacia el Oeste, por La Manjoya, loma Catalanes y Fábrica de El Fresno. Tomaban parle seis blindados provistos de cañón y ametralladoras, pero todas las embestidas fueron rechazadas, quedando inutilizados dos de aquellos vehículos y sufriendo ambas partes gran número de bajas.

Simultáneamente había tenido lugar el ataque principal, desde el Naranco, y sobre las avanzadillas de La Cruz -que se abandonó- y la posición Canto, que sufriría un fuego rápido y certero de varias piezas del 7,5. Sería rechazado igualmente.

Aquella noche el parte dado por Aranda a Mola hablaría de un ataque con «fuerte intervención artillera y de aviación», rechazado enérgicamente. Las piezas habían hecho más de mil disparos y los aviones –cinco-, efectuado seis bombardeos, en los que arrojaron líquidos inflamables, provocadores de algunos incendios. Las bajas propias eran ocho muertos y 76 heridos en la guarnición y cuatro muertos y dos heridos en la población civil.

El día 5 «amaneció nublado y pronto empezó a llover». Así, a la dureza de la lucha, ya denunciada, a las dificultades de todo orden para combatir y moverse, se uniría ahora un nuevo enemigo: el barro. El general Cores escribiría un día, hablando de los combates de esta jornada: «Continúa el ataque a la loma de Manjoya, defendida por 35 guardias civiles, y al caserío de Las Cruces, defendido por 45». Ambas guarniciones son anuladas, semi aisladas e inutilizadas por el fuego intenso de la artillería y camiones blindados, ordenando Aranda el repliegue de los supervivientes, que se retirarán con sus armas.

El general sería explícito y extenso en el parte enviado a Mola. Se había atacado por el Cementerio, pero además por La Argañosa y la falda del Naranco. «Nuestras fuerzas -diría Iuego- reaccionan en todas partes con gran espíritu», pero las bajas serán «unas cien», figurando entre ellas el teniente coronel Iglesias, muerto en la loma de Canto, a cuya defensa se incorporará el comandante Caballero. Durante la noche será cañoneada intensamente Oviedo.

Desde el otro bando, Belarmino Tomás se mostrará optimista. «El asunto se está poniendo muy maduro», comunica al Ministro de la Guerra.

A partir del día 6 la atención principal del Mando atacante se fijará en la loma del Canto, que considera, razonablemente, esencial para la defensa de Oviedo. Son unas pocas edificaciones endebles y varias fortificaciones no muy poderosas, guarnecidas por una compañía de Milán y unos cien guardias civiles, a los que se unirán luego dos secciones de Asalto.

Todo el día se combatirá encarnizadamente, lográndose conservar Canto pero a costa de 96 bajas, «que son repuestas durante la noche con elementos heterogéneos extraídos de los servicios auxiliares».

En las tres jornadas las pérdidas de las fuerzas de Aranda han alcanzado la cifra de 250.

En el parte dado por el General al terminar la jornada se dice: «Empiezo repliegue para poder sostener defensa», pidiendo vuele la aviación.

Cumpliendo este deseo, el día 7 volarán por primera vez sobre Oviedo aviones nacionales. La situación de Canto es ya verdaderamente desesperada. El fuego incesante, directo, va enterrando a los defensores entre los escombros, en medio de continuos ataques que causan hasta 105 bajas. ¿Con qué se repondrán? Con artilleros a pie, guardias municipales, conductores de camiones y empleados de varios servicios. Entre los muertos figura el comandante Vallespín.

Se perderá también en este día alguna posición en Buenavista y se sufrirá una violenta embestida, rechazada, por la loma de Abuli. Pero es la loma del Canto la que tiene contadas sus horas. El día 8 queda rebasada ampliamente por su flanco izquierdo, logrando penetrar en ella al anochecer fuerzas de Martínez Dutor. Se lucha cuerpo a cuerpo y es herido el comandante Caballero y heridos o muertos todos los demás jefes y oficiales. Las bajas alcanzan la cifra de 120 hombres, y ya de noche declarada, los escasos supervivientes evacúan los restos informes de la posición, retirándose sobre San Pedro de los Arcos, la Fábrica de Luz y la Cárcel.

Hay, además, en esta jornada ataques muy fuertes por el Cementerio y también, a la noche, por el Depósito de Máquinas y La Argañosa, posiciones éstas defendidas bravamente por los guardias de Asalto del teniente Rodríguez Cabezas. Sobre todos destacará, en esta jornada, el teniente Mayoral.

La pérdida de Canto, a 600 metros del comienzo de la calle Uría, corazón de Oviedo, reviste enorme trascendencia. Belarmino Tomás comunicará a Madrid: «Se han conseguido todos los objetivos. Todo va muy bien, muy bien y muy bien». Y, La Prensa, de Gijón, dirá en su número del día 9: «La jornada de ayer revistió iguales caracteres de triunfo que las anteriores. Se gana el terreno continuamente.»

Mientras, la vida dentro de la ciudad alcanza, minuto tras minuto, los más dramáticos caracteres. El continuo bombardeo ha destrozado la red de transmisiones y las conducciones de agua y luz, estando las calles prácticamente desiertas y viviendo las gentes aterrorizadas en los sótanos -ilusión protectora las más de las veces- sin apenas alimentarse.

No nos extraña, pues, que pasado el mediodía del día 8 Aranda enviase a Mola un mensaje, donde se dirá: «Cada hombre morirá en su puesto».

Decreto de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a las fuerzas defensoras de Oviedo

Decreto de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a las fuerzas defensoras de Oviedo

S. E. Generalísimo de los Ejércitos Nacionales, como resultado del juicio contradictorio instruido al efecto, y de conformidad con lo informado por la Junta Superior del Ejército, se ha dignado conceder la Cruz de San Fernando, Colectiva, a las fuerzas defensoras de la plaza de Oviedo, que tan heroicamente y con tesón digno de los hombres de España, supieron resistir un asedio de noventa días frente a un enemigo mucho más numeroso y mejor provisto de armamento y material de guerra, sin sentir ni un instante desaliento, como aquellos otros caballeros del ideal que, en las montañas asturianas, asentaron un día los cimientos de la unidad, libertad y grandeza de España.

Burgos 3 de noviembre de 1937. -Segundo Año Triunfal. -El General Secretario, Germán Gil Yuste.

 

Relación sucinta de los méritos contraidos por las fuerzas defensoras de la plaza de Oviedo.

Tomada por el Coronel Comandante Militar de Asturias la decisión de unirse al Movimiento Nacional, vista la actitud de gran número de mineros con armas que se iban congregando en la plaza de Oviedo, reunió aquél en la mañana del día 19 de Julio de 1936 a los primeros Jefes de los Cuerpos de la guarnición, a los cuales preguntó si podía contar con las fuerzas de su mando al expresado fin, y obtenida contestación afirmativa, comenzó la defensa de la plaza, para lo cual se disponía de unos quinientos hombres del Regimiento Infantería Milán número 32, poco más de doscientos del Grupo de Artillería, ochenta del Parque Automovilista de Ingenieros, veinticinco de Intendencia, quince de la Sección topográfica de Burgos, de ochocientos a novecientos de la Guardia Civil y doscientos cincuenta del Grupo de Asalto, a los que unieron en los primeros momentos unos cuatrocientos falangistas. Con tales fuerzas se ocuparon algunas posiciones importantes, ante lo cual los mineros fueron abandonando la ciudad seguidos de los vecinos de ella simpatizantes con su causa; no tardaron mucho en presentarse, armados y en actitud hostil, ante aquéllas, llegando a constituir en los primeros momentos ya una fuerza diez veces superior en número a la de los defensores de la ciudad. No obstante, éstos, bajo la admirable dirección del entonces Coronel Aranda, efectúan, a partir del 23 de julio, algunas operaciones para rectificación de líneas, municionar y reforzar algunas posiciones, proteger la retirada de destacamentos, llevar a cabo reconocimientos, y aún otras de carácter ofensivo para ocupación de distintos lugares por conveniencia para la defensa del sitio, o para desalojarlos de enemigos.

Durante los 90 días del asedio de la ciudad de Oviedo, las fuerzas que las defendían, animadas de una alto espíritu militar, resistieron heróicamente los fortísimos ataques de los sitiadores, no obstante el crecido número de bajas que sufrieron sin ceder un palmo de terreno mientras el mando no disponía el repliegue o la evacuación de una posición, y la desproporcionada extensión del frente que alcanzaba 16 kilómetros de longitud.

Singularmente desde el día 4 de octubre en que las fuerzas sitiadoras empezaron el ataque general a todos los frentes, que duró sin interrupción hasta la noche del 17 que la ciudad fué liberada por la columna que acudió en auxilio, los defensores de Oviedo, a pesar de ser escaso el número de los que quedaban y estar éstos sumamente extenuados y contadas las municiones de que disponían, resistieron los constantes bombardeos y acometidas del enemigo y se replegaron a la línea interior que el mando ordenó, con precisión y orden, economizando bajas y salvando el material, armamento y municiones, con una disciplina y un valor extraordinarios.

Día hubo durante el asedio en que los bombardeos de la aviación y artillería duraron 13 horas consecutivas, y en algunos hasta por la noche hubo de sufrir la ciudad esos ataques sin que por ello se observara el menor síntoma de desmoralización entre los atacados, cuyo alto espíritu no fueron tampoco bastante a disminuir la lógica escasez de víveres y agua, las enfermedades y la fatiga, ni las bajas que, así la población civil como la militar, sufría de continuo, dándose por el contrario casos de magnífico patriotismo, pues hasta hubo padre que, al saber la muerte de su hijo en las avanzadas, pidió insistentemente, a pesar de sus muchos años, ocupar el puesto de aquél.

Desde el más alto Jefe hasta el más humilde defensor de Oviedo, todos, compenetrados de su excelsa misión, pusieron a contribución cuanto, dentro de sus facultades y aptitudes, podían dar para que la resistencia llegase hasta el último extremo, conservando siempre su fe ciega en la nobleza de la causa que sostenían y en el imponderable valor material y espiritual de sus caudillos.

 

(B. 0. 6 Noviembre 1937 - N. 382 - Páginas 4.206-4.207)

Alfonso Iglesias

Alfonso Iglesias

En el día de San Mateo, festividad de Oviedo, un pequeño recuerdo al genial Alfonso Iglesias.

 

 

Al cabo Javier Alonso Sádaba

Al cabo Javier Alonso Sádaba

 

Al principio del asedio el mando había decidido mantener una avanzadilla en el cuartel de la Guardia Civil de Lugones, formada por un retén de treinta y cinco guardias civiles al mando de un brigada.

Su misión era el control del importante nudo de comunicaciones que hay en dicha localidad entre Oviedo, Gijón y Avilés.

A los pocos días las milicias rojas pusieron cerco al cuartel, y aunque los guardias lo defendieron con gran heroismo, se consideró que el riesgo de defender la avanzadilla era superior a la misión que cumplía, por lo que se decidió al repliegue de las fuerzas defensoras.

Para facilitar dicho repliegue se montó una operación consistente en la salida, desde Oviedo, de una columna de socorro que avanzaría por la carretera Oviedo-Lugones hasta el enlace con los sitiados en esta última localidad.

A tal fin, el día 8 de agosto, a primeras horas de la mañana, salió en dirección a Lugones una columna formada por dos compañías del Regimiento Milán, a las órdenes de los capitanes Bruzo y Sánchez Herrero. Dos compañías de la Guardia de Asalto a las órdenes de los capitanes Ibarrieta y Curiel y un acompañamiento de Artillería.

Ya a las afueras de Oviedo, la resistencia opuesta al avance de la columna fue tan considerable que, rebasada La Corredoria, a la altura del río Nora, tuvo que detenerse.

Vista la situación y para que la columna no estuviera a merced del fuego del enemigo que procedía de ambas márgenes de la carretera se decidió atrincherarse en dicho lugar y enviar un enlace con la misión de comunicar a la Guardia Civil que iniciase el repliegue para reunirse con las fuerzas que les estarían esperando.

El capitán Sánchez Herrero pidió un voluntario, y sin que terminara de expresar la petición, un cabo del Regimiento Milán, Javier Alonso Sádaba, de 17 años, dio un paso al frente y cuadrándose ante el capitán le dijo:

«¡A sus órdenes, mi capitán, yo me ofrezco para tal misión!».

El capitán lo miró y dándose cuenta de los pocos años del cabo tardó unos momentos en decidirse, pero viendo en la mirada del cabo su decisión y su arrojo le dijo:

«¡Muy bien, tú serás el que lleve la orden de repliegue al puesto de la Guardia Civil para que vengan a reunirse con la columna en este lugar!».

El cabo, cuadrándose nuevamente: «A sus órdenes, mi capitán».

A continuación, agachándose, se deslizó por la ladera derecha del río Nora. A los pocos metros, el enemigo lo vio y, con tiro cruzado, empezó la «caza del hombre». El cabo siguió avanzando aprovechando los accidentes del terreno para ofrecer el menor blanco posible al enemigo.

Mientras tanto, el capitán y el resto de las fuerzas le seguían con la mirada y cada vez que se hacía visible repetían casi al unísono.

¡Ahí está! ¡Ahí está!

En ocasiones, tardaba en aparecer y todos tristemente pensaban que había sido abatido por alguna bala enemiga. Pero no, poco después aparecía más lejos. Entonces, el júbilo de las fuerzas de la columna era casi inenarrable, y gritaban:

«¡Allí está, mi capitán, ¿no lo ve? Allí, cerca de aquel árbol!».

De esta forma nuestro cabo llegó a pocos pasos del cuartel. Los guardias civiles, al percatarse de la presencia de un intruso cerca del acuartelamiento, empiezan a disparar sobre el cabo, viéndose entre dos fuegos, repetía a gritos:

«¡No tiréis, soy un cabo del Regimiento Milán!».

Hasta que en un momento, un guardia civil pudo oír, aunque no muy claramente, lo que decía el cabo y, acercándose al jefe del puesto, le dijo:

«Mi brigada, me parece que dice que es un cabo del Regimiento Milán».

El brigada mandó que cesase un momento el fuego, para poder oír claramente lo que el intruso decía y, a tal efecto, gritó: «¡Identifícate!: ¿Quién eres?».

El cabo, al comprender que había sido oído, repitió: «Un cabo del Regimiento Milán que trae un mensaje para el jefe del puesto».

Le ordenaron que lo más cautelosamente posible y, siempre con las manos en alto, avanzara sobre el cuartel. Así lo hizo y, al entrar, se presentó al brigada y, cuadrándose, le dijo:

«Mi brigada, la columna se quedó en el puesto de La Corredoria. El mando de la misma les comunica que dejen el cuartel y se replieguen para contactar con la fuerza que les está esperando».

Una vez organizado el repliegue e inutilizadas las armas que no podían llevarse, la Guardia Civil salió tras el cabo, el cual había tomado buena nota de las veredas más propicias para el regreso, llegando sin novedad hasta las tropas que les estaban esperando.

Una vez ante su capitán, el cabo, con las manos y el rostro ensangrentados por los obstáculos que había tenido que superar hasta llegar al cuartel sitiado, llevándose la mano al gorro saludó militarmente y dijo: «Mi capitán, misión cumplida».

El capitán lo miró y lo abrazó emocionado y, después de un momento, pudo decir: «¡Gracias, muchacho, muchas gracias!».

El resto de las tropas que habían estado esperando lo abrazaban y felicitaban por aquel hecho heroico del que había sido protagonista.

El cabo Alonso Sádaba fue citado en el «Orden del día» y propuesto para la Medalla Militar Individual y para el ascenso a sargento por méritos de guerra.

La operación fue un éxito y las fuerzas sólo tuvieron una treintena de bajas, todos ellos heridos.

El cabo Alonso Sádaba no pudo lucir la Medalla Militar Individual ni los galones de sargento ya que, un mes después, el día 8 de septiembre, encontró la muerte en la batalla de San Esteban de las Cruces. Durante todo el combate el cabo había permanecido en primera línea defendiendo la posición con espíritu de verdadero héroe.

A mi hermano Javier, a los 75 años de su heroica muerte.

 

Fermín Alonso Sádaba, presidente de la Hermandad de Defensores de Oviedo

Los combates del 8 de Septiembre

Los combates del 8 de Septiembre

El día 8 de Septiembre de 1936, festividad de Nuestra Señora de Covadonga, la Santina para todos los asturianos, fue un hito que no cabe ignorar en la historia de la defensa de Oviedo. El Ejército Popular, en un durísimo ataque contra la línea nacional de San Esteban de las Cruces, en concreto, El Bosque y la cima de El Calderu, no se contenta con atacar con más de tres mil hombres las posiciones citadas, sino también, en una maniobra secundaria, La Cadellada y El Mercadín.

Al mismo tiempo, la Artillería dispara sobre la ciudad desde las alturas de la sierra del Naranco, Sograndio, Lugones y La Grandota. Pero por si esto no fuera bastante, la aviación procedente de las bases de Colunga y Carreño bombardea, a la par, las posiciones de San Esteban y la población ovetense. Se cifra en 1.500 bombas de aviación y 2.000 proyectiles de Artillería los arrojados propiamente en la ciudad y en el sector de San Esteban de las Cruces.

La población civil, aterrada, se ha hundido en los sótanos o busca refugio en los túneles del Norte y el Vasco.

Los defensores de El Bosque y el Calderu, unidos por inconsistentes trincheras, se guardan como pueden del áspero batir de la artillería. Y, cuando ésta cesa en sus disparos, para que avance la infantería, los hombres de la Guardia Civil y del Regimiento Milán 32, mandadas estas últimas por el capitán Sánchez Herrero, que guarecen el sector, entran en tensión y aguardan a que los milicianos se pongan al alcance de sus fusiles.

El teniente Castillo, de la Guardia Civil, jefe de una de las posiciones, da la orden de fuego, mientras Maderuelo, del mismo instituto, hace lo propio en El Calderu. Las ametralladoras inician la acción y su crepitar se confunde con el de los fusiles ametralladores y los fusiles. El fuego cruzado da positivos resultados y la primera oleada de asaltantes detiene su avance.

Muertos y heridos yacen en la tierra de nadie. Se lucha cuerpo a cuerpo. Cae el teniente Maderuelo y un cabo del Milán 32, ya distinguido en los combates de Lugones, Francisco Javier Alonso Sádaba. Mueren y son heridos más guardias y soldados sin ceder terreno. Los defensores logran rehacerse y se sostienen en precarias condiciones hasta que llegan dos secciones de la 189 Compañía de Asalto, a las órdenes del capitán Curiel y un pelotón de la Centuria de Refuerzo. Acude, a la vez, una batería de obuses de la plaza.

Tras otra preparación artillera, que desbarata aún más los puestos nacionales, la infantería del Frente Popular, repite sus asaltos. Cae muerto Curiel y herido el teniente Collado Vaquero. La llegada de las dos secciones de Asalto, al mando de Curiel, había contenido el avance de los rojos que, a favor de un intensísimo fuego de sus baterías, habían ocupado avanzadillas de la posición. Pero la partida era desigual, y se hacía muy necesario que llegasen refuerzos lo más pronto posible.

Para reforzar los puestos nacionales, llega otra sección de la 189 compañía de Asalto, al mando del capitán Pérez Solís.

Un extraño blindado sube lentamente desde la hoya de El Calderu. El teniente Luis Mayoral, con varios guardias de asalto, lo inmoviliza y destruye lanzándole cartuchos de dinamita a los bajos. Se trataba de una «apisonadora» blindada en la Fábrica Duro Felguera.

El combate decrece por momentos. Al atardecer, casi entre dos luces, rojos y nacionales se preocupan de recoger a sus muertos. Los heridos de uno y otro bando, han sido rescatados en medio de la lucha. Durísima misión la de los camilleros,… y heróica. Salir a cuerpo limpio en busca de un herido que pide auxilio, que es posible que se desangre, requiere un templado valor que acaso no se reconozca en su verdadera dimensión.

En total 64 bajas, entre 21 muertos y 43 heridos, por parte de los nacionales; pero los rojos no han podido tomar las posiciones.

Si el ataque es siempre un acto de fuerza, su potencia debe ser suficiente para obtener el resultado que se persigue, como dice en el «Diccionario Enciclopédico de la Guerra» dirigido por el teniente general López Muñiz, habrá que pensar que en el sangriento combate de San Esteban de las Cruces, algo falló en el Ejército Popular. Este poseía superioridad numérica aplastante. ¿Cómo se concibe que una intensa preparación artillera y una masiva fuerza de infantería — tres mil milicianos contra 250 guardias civiles y soldados del Milán 32, de 100 guardias de asalto y 18 de un pelotón de la Centuria de Refuerzos, no pudieran vencer?.

Manuel Rubio Cabeza, en su «Diccionario de la Guerra Española», señala: «En el sitio de Oviedo, el factor psicológico fue un aglutinante de todos los resortes civiles y militares de una multitud. Los combatientes conocían la situación real y nunca se les ocultó la verdad; pero también la necesidad de morir en sus puestos. Esta compenetración entre jefes y soldados basada en el conocimiento de una realidad amarga y el orgullo de cumplir una misión trascendente, constituyó una lección histórica que no debe olvidarse».

Los combates de San Esteban de la Cruces, el 8 de septiembre, y los de la Loma de El Canto, en los primeros días de octubre, constituyeron la llave del resto de la defensa. Derrumbados ambos sectores, la resistencia adquirió un tono patético. San Esteban y El Canto eran como dos altas torres que, una vez derribadas, permitieron al enemigo realizar ataques prácticamente en hirientes flechas. El coronel Aranda, refiriéndose a los combates de San Esteban de las Cruces, afirma: «CON HOMBRES ASI, OVIEDO ES INEXPUGNABLE».

 

 

 

El Hospicio y la contienda

El Hospicio y la contienda

GERARDO LOMBARDERO

Nada le fue ajeno a la contienda civil que embarcó ambas Españas durante tres largos años. Aunque para Oviedo las horas del cerco al que se vio sometido acabaron primero. Nada le fue ajeno, incluido, como no podía ser de otra manera, el Hospicio Provincial que hoy ocupa, una vez restaurado y remodelado, el hotel insignia de la capital asturiana. Este caserón, construido en el año 1777, sufrió diversas transformaciones y mejoras hasta que llegó el año 1936, en el que el tiempo se detuvo de algún modo para sus moradores. Entre éstos estaban desde luego los propios huérfanos, los acogidos por incapacidad familiar para proporcionarles alimentación y educación y, por supuesto, las monjas que atendían a los más pequeños, los maestros educadores -la mayoría republicanos y hombres de excepcional formación- y el resto de personal adscrito a la institución.

Quien me lo contó tenía la tarde del 18 de julio la edad de 13 años y se encontraba jugando en el llamado Patio de los Gatos con el resto de la pléyade infantil. Era un sábado y casi todos los muchachos que habían salido a primera hora de la mañana para dirigirse a sus lugares de trabajo volvieron cerca del mediodía. Ante la lógica extrañeza de muchos respondieron escuetamente: «Nada sabemos, dicen que ha estallado la guerra». Y claro que había comenzado, aunque en realidad las cosas no se pusieron feas hasta el día siguiente, domingo 19. Aunque aquel sábado, ante la cercanía del Gobierno Civil, los internos pudieron divisar los contingentes de mineros y veteranos de la lucha del 34 que se concentraron en las inmediaciones del Hospicio.

El primer contacto de los hospicianos con el inicio de la contienda fue el momento en el que comenzaron los paqueos. Se llamaban pacos a los francotiradores que desde tejados, azoteas o buhardillas hostigaban a unos y otros con disparos de fusil. Este tiroteo duró casi toda la jornada dominical, hasta que fue relevado por el sonido de la artillería lejana, el tableteo de las ametralladoras y las descargas incesantes de los Mauser. Pronto comenzaron a acostumbrarse entrando en una nueva rutina imposible de evitar. A las instalaciones de la «residencia», que es como a los allí internados les gustaba denominarla, en un intento de pudor o de repudio por el término hospicio, pronto comenzaron a llegar montones de uniformes y monos manchados de sangre pertenecientes a los caídos en la lucha. Ávidos de curiosidad y con cierto interés material por revisar su contenido, eran escrupulosamente registrados, encontrándose en ocasiones paquetes de tabaco -algunos parcialmente inutilizados por la sangre-, algunas monedas de menor cuantía o cajas de cerillas, incluso en contadas ocasiones algún reloj de bolsillo que había escapado a los primeros registros hospitalarios. Desechados los productos inútiles o estropeados, durante mucho tiempo, los reutilizables hicieron -lamentablemente- la delicia de los más mayores de los hospicianos.

Pasaban los días, y a los aviones republicanos de reconocimiento pronto le sucedieron los cazas y los bombardeos que trataban de doblegar la defensa de la ciudad. Sobre el tejado del edificio se habían desplegado sábanas blancas, en las que escrito en rojo destacado se podía leer al lado de la cruz del mismo color: «Atención, 500 niños». La vida como siempre continuaba para ellos su rutina diaria, sólo alterada por las frecuentes incursiones a los sótanos del edificio cuando el bombardeo era intenso, y luego la invariabilidad de la dieta diaria, que comenzó a reducirse a lentejas con arroz, garbanzos con arroz o alubias con arroz. Uno de aquellos tediosos días de guerra, un proyectil mal dirigido impactó cerca del Hospicio y abrió la fachada de un edificio cercano, donde en la planta baja había casualmente un almacén de chocolates. Ante la sorpresa inicial y el jolgorio consiguiente los chicos que pudieron tomaron por asalto las existencias, que le dieron un nuevo sabor al aburrimiento. No importó mucho a los afortunados, como reconocieron después, que la mayoría de las tabletas de tan dulce elemento estaban pasadas y algunas hasta mohosas.

Otra jornada, en cambio, fue marcada en el calendario de forma trágica. Próximo ya el mes de abril de 1937, las fuerzas defensoras de la capital habían mermado lo suficiente como para tener que buscar «voluntarios» donde fuese menester. Así que aquel día un falangista estaba enseñando a varios de los chicos el funcionamiento de un fusil, con vistas a su incorporación a los parapetos y las trincheras de la defensa. Los muchachos, mayores todos ellos de 16 años, se arremolinaban en torno suyo mientras les mostraba el modo de cargarlo con un peine de balas o el accionamiento del cerrojo para su uso. Quiso la mala suerte que un «chato», así se llamaba al avión de caza Polikarpov I-15 de fabricación soviética, que portaba cuatro ametralladoras y podía transportar ocho bombas, al regresar de un rutinario bombardeo sobre las trincheras, divisase al grupo que le pareció sospechoso. Y como aún no había gastado la munición en su totalidad, dio un amplio giro y regresó para dejar caer cerca de ellos una de sus bombas de aviación. El instructor improvisado, seguramente ducho en el combate, buscó el amparo de una de las esquinas del patio arrastrando bajo él al exiguo grupo de voluntarios, que no superaba la media docena. Quede para el recuerdo que todos se salvaron y la única baja fue el infortunado instructor.

No hubo muchos más percances, si así puede decirse de las jornadas que siguieron en medio de un asedio. Hasta que llegó el mes de abril del 37 y comenzó la diáspora de los niños que allí se albergaban. Los mayores se fueron a un caserón en Sestelo (Vegadeo), donde iniciaron una nueva rutina marcada por el verde paisaje, la educación normal en las aulas improvisadas y, para algunos, las placenteras labores de horticultura y jardinería. Aunque pasó la guerra, el Hospicio no fue ajeno de ninguna manera a la que vino posteriormente. Cuando la España franquista decidió participar en la campaña de Rusia con la división de voluntarios conocida como la División Azul, fueron muchos los que se acercaron hasta los puestos de reclutamiento para alistarse. Algunos de ellos, internos del Hospicio que habían cumplido la edad reglamentaria y que buscaban en las filas de lo que luego se llamaría División 250 de la Wehrmacht las aventuras que añoraban, una oportunidad distinta o escapar del aburrimiento de la vida diaria y monótona. Entre los ardorosos reclutas se coló un muchacho al que todos conocían como Pepetón, tal era su complexión fornida, su estatura y la barba que ya brotaba sin pudor en su rostro. Solamente había un pequeño detalle, a nuestro osado protagonista aún le faltaba algo de tiempo para cumplir un requisito: la edad exigida para alistarse. No fue ningún obstáculo, ya que su aspecto físico lo ayudó como prueba fehaciente. Quien esto les cuenta tuvo la suerte de frecuentarlo durante largos años -falleció no hace mucho- y escuchar de su boca las peripecias que en tierras de la madre Rusia le acaecieron. Que puedo decirles que fueron muchas e intensas y que supo transmitirme a mí durante las innumerables conversaciones que mantuvimos. Otras peripecias aparte, Pepetón, que estaba destinado como enlace, se vio involucrado en las operaciones del lago Ilmen, unas de las más arriesgadas que las tropas españolas encararon. Se trataba de socorrer a medio millar de alemanes copados cerca de la aldea de Vsvad. Cuando esto me narraba, siempre recordaba una yegua que para su quehacer diario le habían adjudicado y que fue alcanzada en el pecho por un proyectil artillero que acabó con su trabajosa vida. Digo trabajosa porque, entre otras lindezas, aquel invierno se llegaba normalmente a los -40 ºC por el día y hasta -53 ºC por las noches. Hay muchos de sus recuerdos que se me acumulan en la memoria, pero resumiré sólo algunos para no extenderme en exceso. Estaban indemnes en su mente las brevísimas guardias nocturnas ante el riesgo de congelación, la prohibición de tocar las partes metálicas del armamento sin guantes, pues se dejaban la piel de las manos pegadas a ellas, e incluso el chorro de orina que se erguía congelado nada más evacuar. Destacaba como digno de ser admirado que tropa y oficiales formasen en la misma cola para el rancho, que los pertrechos eran impensables para una guerra como la española y, sobre todo, lo que se llamaban las raciones K o «raciones de hierro». Para abreviar diré que estas raciones sólo se suministraban ante la inminencia de una ofensiva u operación de guerra. Contenían paquetes de cigarrillos, una tableta grande de chocolate, media botella de vodka y unas pastillas inidentificables que convenía tomar antes de que comenzase la acción. Y aunque la yegua no volvió, él sí lo hizo, para vivir una vida supongo feliz en su mayor parte.

Diario La Nueva España  31/08/2011